Sin embargo, en Oriente Medio, las cosas suelen ser algo más complicadas.
Por lo pronto, junto a las lealtades políticas y religiosas, hay que tener en cuenta las lealtades tribales y la conveniencia política. Los Asad siguen contando con apoyo entre los alauíes de la costa y las montañas, que a su vez se ven marginados en el nuevo orden político sirio. Sin el apoyo ruso e iraní, resultan ser los grandes perdedores de la guerra. El pasado miércoles se publicaron informaciones -algo confusas- de una emboscada tendida por lo que algunos medios de comunicación han llamado «leales a Asad» soslayando que, a estas alturas del proceso, el expresidente huido, que dejó el poder y se escapó a Rusia, ha perdido ascendiente incluso entre los suyos. Lo poco que se ha publicado parece revelar que se trataría, más bien, de un intento de vertebrar un frente alauita en torno a la región montañosa de la costa con las ciudades de Latakia, Homs y Hama como plazas fuertes. Hace ya años se habló de un «Alauistán», un territorio propio, como salida para la principal minoría religiosa siria. La victoria de los rebeldes yihadistas dejó aquel plan definitivamente arrinconado (aunque nunca había tenido grandes apoyos).
La represión de ese conato de rebelión contra Al Charaa ha sido despiadada. Unidades armadas han emprendido una cacería de alauítas, cristianos y drusos que ha dejado, de momento, más de mil víctimas civiles y ha llevado a que los peores presagios en torno al Al Charaa se hayan tenido por cumplidos: de moderación, nada. Ha bastado menos de una semana para que el espejismo de la reconciliación nacional se desvaneciese ante los ojos de los pocos que creyeron en él.
Los patriarcas de las Iglesias en Siria -el griego ortodoxo, el maronita y el greco-católico melquita- han denunciado en un comunicado que «en los últimos días, Siria ha sido testigo de una peligrosa escalada de violencia, brutalidad y asesinatos, que ha dado como resultado ataques contra civiles inocentes, entre ellos mujeres y niños. Los hogares han sido violados, su santidad despreciada y las propiedades saqueadas, escenas que reflejan crudamente el inmenso sufrimiento soportado por el pueblo sirio». Los líderes religiosos añaden en su comunicado que «condenan enérgicamente todo acto que amenace la paz civil, denuncian y condenan las matanzas de civiles inocentes, y piden el fin inmediato de estos actos horrendos, que se oponen directamente a todos los valores humanos y morales».
Esta violencia desatada contra los alauitas, los cristianos y los drusos llega en un momento particularmente delicado dentro de la transición siria. Este mes debía comenzar a funcionar un gobierno de transición que, se suponía, iba a ser amplio e «inclusivo». Al Charaa había pergeñado un periodo de aproximadamente tres a cinco años para la estabilización del país, lo que incluiría la reconstrucción de las infraestructuras básicas (agua, suministro eléctrico), la unificación de todo el territorio, que ahora se reparten distintas facciones apoyadas desde el extranjero, y la refundación del Estado mediante instituciones y nuevos cuadros de funcionarios. La violencia desatada contra las minorías permite augurar que, en ese pretendido nuevo orden, esas minorías no han de albergar muchas esperanzas de participar en los equilibrios de poder.
En realidad, la matanza de cristianos, alauítas y drusos serviría a un doble propósito: debilitar a las minorías y crear un nuevo enemigo -los«leales a Asad»- que sirva para reorientar las promesas de una transición hacia una excepcionalidad que consolide un régimen yihadista sunní en Siria. Las minorías religiosas, en particular los cristianos, afrontan un destino terrible frente al que la Unión Europea guarda un silencio ominoso y cómplice.