Opinión

Jaque a la educación

LETRAS, CEROS Y UNOS

David Fueyo | Martes 11 de marzo de 2025

La educación es, en esencia, una partida de ajedrez. No, no me he dado una vuelta por la tienda de Mr. Wonderful; solo quería comenzar con lo que los jóvenes llaman un “facto” y que, paradójicamente, en la RAE se indica que este es ya un término en desuso. Si uno observa el sistema educativo español actual, este parece ser un camino rectilíneo en el que, no saliéndose demasiado de la línea marcada y, por supuesto, pagando, puedes llegar a la titulación que quieras. Sí, igual que si fuera un autobús que te lleva de un punto A hacia un punto B. Si pagas más puedes ir más cómodo y rápido. Si te sales de la línea todo va a ir en contra. En la corriente de lo establecido se está mejor, ¿para qué complicarse la vida?

Dicen los subversivos que con la educación ha teorizado algo parecido a una medusa empapada en vino peleón. Los currículums escolares carecen de saberes esenciales básicos medibles (la ortografía, la geometría, el cálculo mental, la experimentación biológica y con máquinas y aparatos) y abundan de otros emocionales y relativos (el-la alumno-a valora, respeta, tiene conciencia de…) Se habla de pensamiento crítico sin dar herramientas para alcanzar el mismo. Se recorta en literatura, la filosofía es inexistente en las primeras etapas educativas, la religión no trata temas referentes al humanismo y al profesorado no se le dota de herramientas clave y efectivas para la resolución de conflictos; y mientras, los “sabios” ya jubilados peroran en podcast y conferencias de alto caché planteando soluciones que no implementaron en su tiempo de gobernantes y que quedan muy bien para tirarse el moco en los copetines, pero que para quienes pisan el barro de la educación en el día a día les sirven para muy poco.

En mi infancia tuve la suerte de tener a alguien que me enseñó, entre otras cosas, a jugar al ajedrez. La relación duró muy poco tiempo, ya que yo era un niño y él un anciano, pero de esta persona me quedan algunas frases a las que recurro frecuentemente; por ejemplo que “de toda derrota se aprende” o que “si no se arriesga nunca se gana”. Por supuesto que en el currículo actual no hay ni rastro de este deporte y que, si en un colegio se aprende a jugar, es mediante una actividad extraescolar o bajo cuenta y riesgo del docente que se aventura a hacer cosas diferentes, es decir, que se sale de la línea marcada.

Para mí el ajedrez es el único deporte donde la memoria de las jugadas se convierte en mitología. Unos hablan del gol de Maradona contra Inglaterra o del de Tito Pompei frente al Mérida; pero cuando empiezas en esto te suena lo de la "Inmortal" de Adolf Anderssen en 1851, donde sacrificó piezas con audacia hasta un mate brillante; la "Ópera de Morphy", una exhibición de genio táctico; o la famosa sexta partida entre Spassky y Fischer en Reikiavik 1972, donde la Guerra Fría se jugó en cuarenta movimientos épicos. Estas partidas son lecciones de estrategia que encarnan el ingenio y la presión intelectual que deseamos para la educación y que, curiosamente, no requieren de la tecnología o la IA para ser desarrolladas. Por cierto, revisen en Youtube el gol de Pompei, que es una obra de arte.

El ajedrez ha sido recomendado desde hace siglos por educadores como herramienta para mejorar la concentración, la resolución de problemas y el pensamiento lógico. Piaget, ese mito, ese ídolo de todo opositor de educación, ese clásico al que todo el mundo le suena, pero que nadie ha leído, hablaría de la capacidad del niño para desarrollar el pensamiento lógico-operacional, mientras que otro clásico de primero de magisterio, Vygotsky, vería en los sesenta y cuatro escaques una oportunidad para el aprendizaje mediado por la interacción. Si jugar enseña a prever consecuencias, la escuela debería imitar al ajedrez: un poco de memorización, más estrategia, menos respuestas fijas, más movimientos posibles, más aplicación en la vida real… espera, llamémosle más “desarrollo competencial”, que así nos lo compran.

El ajedrez, también, ha sido un referente en la literatura. Stefan Zweig, en Novela de ajedrez, retrata la obsesión en una partida que se juega en la mente. Borges habla de la existencia como un tablero donde "Dios mueve al jugador, y éste, la pieza". La metáfora es poderosa: ¿somos jugadores o peones en la educación? Wittgenstein comparaba el lenguaje con un juego de ajedrez, donde el significado depende de las reglas y el contexto. El Quijote también habla del ajedrez. Cervantes pone en boca de Sancho mientras el caballero y su escudero cenan bajo la luz de las estrellas en un anodino páramo manchego, estas palabras: “Brava comparación, aunque no tan nueva, que yo no la haya oído muchas y diversas veces, como aquella del juego del ajedrez, que mientras dura el juego, cada pieza tiene su particular oficio; y en acabándose el juego, todas se mezclan, juntan y barajan, y dan con ellas en una bolsa, que es como dar con la vida en la sepultura". Pura filosofía.

El ajedrez es un faro que nos obliga a darnos cuenta de que lo importante no es ganar rápido, sino aprender. La educación debe asumir esa lección: formar jugadores reflexivos, no autómatas; enseñar a pensar, no a repetir; fomentar la estrategia, no la obediencia ciega. Solo así podremos decir como facto que hemos hecho jaque mate a la ignorancia.