Opinión

Éticas comedidas

TRIBUNA

David Porcel | Martes 11 de marzo de 2025

Darwin no acabó con el mito de Adán y Eva sino con la literalidad del relato. La razón instrumental no acabó con los mitos sino con su oralidad. ¿Qué hay entonces detrás de cuentos ancestrales que siguen vivos en éxitos taquilleros como El rey León o tantos ritos y fiestas de nuestra geografía? Hay un momento en la representación de Adán y Eva en que parece que el Dios se vuelve un dios alucinado, y es que en pocos pasajes ha pasado de ser creador y dispensador a pasear por el jardín tomando el fresco y, como cualquier padre preocupado por sus hijos, tener que atender a las reacciones de sus criaturas para descubrir sus pequeñas grandes fechorías. Es un Dios mucho más vulnerable, desconfiado, que poco tiempo antes había mandado prohibir tomar del árbol del conocimiento situado en medio del jardín. Lo había señalizado prohibiéndolo, seguramente, con gesto amoroso, en un vano intento de que sus criaturas se alejaran del fruto y no lo ingirieran. ¡Pero es así que ocurre lo más inesperado! “Entonces la mujer cayó en la cuenta de que el árbol tentaba el apetito, era una delicia de ver y deseable para tener acierto. Cogió fruta del árbol, comió y se la alargó a su marido, que comió con ella. Se les abrieron los ojos a los dos, y descubrieron que estaban desnudos; entrelazaron hojas de higuera y se las ciñeron.” ¡Qué escena más fundamental!

Es el momento de la gran violencia por el que Adán y Eva son arrancados del paraíso. ¿O no habían sido hasta entonces frutos del gran jardín? Tras la digestión una improvisada fuerza irrumpe abriendo ojos, arrancando hojas de árboles sagrados y entrelazándolas juntos, acumulando despojos que de otra manera no hubieran tenido lugar. Los ojos se les abrieron y hubieron de mantenerlos ya para siempre abiertos, por lo que necesitaron dormir para soñar. Ahora deben cuidarse de guardar sus heces y no desparramar demasiado su semen. Uno se vuelve cómplice del otro, apareciendo la mentira y el secretismo. Una vez transformados no hay conocimiento que pueda librarnos de la consciencia del bien y del mal. No hay conocimiento que pueda librarnos de que nos preocupe la muerte, de ser violentos o de la vergüenza de sentirnos desnudos. No hay conocimiento que pueda librarnos de sentir miedo o de la incomprensión y rechazo del otro. Por el conocimiento del bien y del mal nace el ocultamiento, pero también la persecución, el castigo y el crimen. Privados aún de consciencia, Adán y Eva se aproximaron tentados hasta el fruto, y oliéndolo mordieron de él, abriéndoseles los ojos y el mundo de una manera enteramente distinta.

Con el deslumbrante relato de Adán y Eva la consciencia aparece pesando, cargando, acompañada de tener que ocultarse, excitarse, recibir la cuchillada o arrancar hojas de árboles sagrados, y así es como empezamos a imaginarnos mundos proyectados y a referir a nosotros todo cuanto acontece. ¿No es la consciencia el más constante de los delirios? Miramos el mundo con el prisma de lo que queremos que sea. Proyectamos sobre él nuestras ilusiones, hacemos de él campos de juego, lo combatimos introduciendo nuevos principios, hacemos que sea lo que creemos que debería ser. El ser humano introduce sus propios planes en la naturaleza, los inserta en ella con su visión y luego vuelve a extraerlos de allí. Al actuar así vivimos proyectivamente, fuera de sí, y nos medimos por la alegría de nuestros juegos o la precisión de nuestros juguetes. ¿Y qué hay de aquella otra medida que no admite retirada? ¿Qué hay de aquella otra medida frente a la que no cabe combate? Me refiero a la medida que sufrieron los primeros hombres con su corazón pesado, herido, arrancado, abocado a vivir fuera del jardín umbilical.

A veces deberíamos parar la representación, cesar en nuestro empeño combativo, dejar que la vida, simplemente, sea. Caminar sintiendo el peso de nuestros pasos, amar viviendo más cerca las cosas, comulgar experimentando el cuerpo transformado. Ahí se iguala la vida del emperador con la del mendigo de Nueva York o la del pobre carretero de El caballo de Turín. Cuando paramos y cesamos en nuestra lucha individual, cuando nos sentamos a reponer fuerzas y nos decidimos a continuar viviendo con lo puesto, esas diferencias que tanto significaban en los escenarios de la existencia se borran, ya no se tienen en cuenta. Fuimos todos arrancados, y podríamos no practicar las éticas del bien y de la justicia, y no hacer del mundo un lugar a imagen y semejanza de nuestras ilusiones. Más bien, conscientes ahora del peso y gravedad de la existencia, de lo incompartible e incorregible, aspirar consentidamente a «lo bien que podemos estar», que no es poco.