Asistimos, con los ojos en pasmo y el pulso temblón, a otro golpe de mar y viento furioso en la nueva edición de Las pirañas (Malas Tierras, 2025). Sale Miguel Sánchez-Ostiz, sonriente y recién peinado, de morideros de ocasión no demasiado lejanos a sus pensiones donde la risa hacía crujir las escaleras de madera. Escapa Sánchez-Ostiz de enfermedades letales con muchos ojos delante que parpadean como si aplaudiesen. Asistimos, de facto, al gran año Sánchez-Ostiz, con la próxima publicación venidera de su tocho de poesía completa (mil páginas) bajo título juguetón: La hora del cuco. Escapa Sánchez-Ostiz de todas las buhardillas sarcásticas donde chisporrotean en el fogaril los leños mientras el antiguo reloj de pesas marca pausadamente las horas contadas que nos quedan y aprietan el culo.
Treinta y dos años de la hazaña, primera edición en Seix-Barral a cargo del Gimferrer de la melena de músico que la Cuca le rebanó a soplete, con su sombrero hongo y abrigo-nevera lleno de libros mangados. Treinta y dos años de aquel puro que encendió Rafael Conte en un orinal de güisqui jameson antes de contarles a todos los musos que mascaban y trincaban por el morro del periódico ocasional: “Ostiz es un excelente escritor: poseedor de un estilo único, hermoso, personal”. Treinta y dos años desde que Carmen Martin Gaite brindase por el natalicio de un escritor total, rupturista, pintor de palabras, enemigo a muerte de la habitual prosa incolora e insípida que tantas legañas y zurrapas acumula al pasar la página. Treinta y dos años de un hito, un mito, un volcán, un tesoro y talismán.
Perico de Alejandría –héroe de Las pirañas- gasta saliva, lenguaje lujoso, vida a la intemperie, suelas de muchas calles, lengua traviesa, verba caliente. El largo monólogo va contra los fastos de los habituales: quienes trepan impunemente por la cucaña, puro al morro y vaso lleno, mientras otros se mueren de hambre salada y platos tiesos. Las mordidas socialistas de la gente guapa azotaban entonces a juntaletras mendicantes e impecunes. La canción en lo privado no iba en sintonía con los micrófonos abiertos de lo público. La desfachatez, entonces, era puro bochorno para los conocedores a fondo del tendido. Felices años ochenta, pirañeo por doquier, forma de vida española, capital del reino con sus puteros y tabernones, donde todos se bajaban la bragueta gratis en el Palace encendido. La literatura de Sánchez-Ostiz es moral, por eso reparte hostias negras gratis, y el pasar la cuenta ha sido su quijote y estertor de casi difunto, bello grillo afónico: “Con cierta incredulidad melancólica, recuerdo la feroz borrasca que se armó en mi ciudad cuando la novela fue leída por unos y otros que reconocieron sus propias vidas como si se miraran por el ojo de la cerradura”. Todos quisieron colgar ya a don Tancredo.
Las rondas de noche, vinosas y oscuras, en Las pirañas consiguieron enterrar a buena parte de sus enemigos, muertos con su propio veneno, el de la envidia y el resentimiento, el de querer morder la bolsa y la vida, con y sin mandíbula. Las pirañas comen personas. Nosotros o ellos. El viejo arte de disparar a discreción, a todo lo vivo, a todo lo que se mueve, a todo lo mejor y superior. Lo dicen bien los editores: testimonio de una época, sí, pero, todavía más, cloacas ponzoñosas de un país. Aquel falso progresismo era una máquina de comer billetes. El palo en las ruedas, cómo no, llegó hasta las mieles del Premio Nacional de Narrativa, que Ostiz acarició pero no pudo ser, Las pirañas es el buche lleno de los demás y las dudas de uno mismo sobre si participar o no del banquete a lo bestia, donde se pulen hasta los huesos para metérselos por el naso como papilla. Enigma personal y escaparate social; distancia, desde el burladero, y esperanza porque llegue la lejía y el cubo enorme de la basura.
El ventarrón del idioma, el apetito por el idioma, viene de Cela, del Siglo de Oro, de la Picaresca, de Cèline, de todos los escritores bravos que no dudaron a la hora de mojar la pluma y empeñar el pellejo. Aún hoy, un joven periodista como Daniel Ramírez, lo ha cantado ciego de vino en El Español: “Las pirañas son un puñetazo, un quedarse sin aire, una abstracción para quien lee, una bajada a los infiernos antes de dormir, en el metro, o en cualquier otro sitio”. Ostiz iba por libre, a su bola y a su aire, y cuando empezó a dibujarse en el cuadro nacional el pergeño de la quita y la trola, dio un paso atrás, y dijo esto no va conmigo. Así siguió con sus renglones torcidos solo para sí mismo por los bares mientras la lluvia tabaleaba, arañaba o chisporroteaba en los cristales sucios, y el tabernero llegaba pronto a la mesa con la misma frente lloviznada de sudor. Así siguió de obrero de las letras por su cuenta y riesgo: una voz honesta para sus herederos y el botón mismo de la camisa.
Las pirañas es un ladrillo que se resiste al silencio por el que solo pasa el tiempo. Ese ruido quejado lleno de moscas al que se acercan muchos tipos perdularios y cejijuntos, todos chuscos, que vienen de la sombras a zancos largos, con y sin botín. ¿Qué hay de lo mío? Aquí tenemos la novela entera sobre dicha pregunta nacional desde los ochenta a Ábalos. La palabra le quema a Ostiz en la garganta. Oscuridad pesada, plomiza. Cuervos que ríen apagadamente antes de vomitar a gatas para comenzar otro festivo bacanal. Barras muy gastadas de tanto chupete. Perdularios que ríen con la boca y la barriga. Los fríos de mucho nombre famoso que también viene al trinque y al desmenuce. Rumor de enjambre del agua junto al pozo o sol del trabajo honrado de los demás. Mucho puro al morro como un pozo de estiércol o como una costra destacando sobre el cuero brillante del rostro. Hambre en los ojos, hambre de metal y billetes, mucha y loca.
Las pirañas es la defensa contra los que vienen a por lo que no es suyo ni lo fue nunca. Así brillan los ojos del narrador, claritos como vino reposado, con la misma lucecita oscilante y dorada del albariño que levanto ahora en la mesa por Sánchez-Ostiz: valor y honor, vida y moral, ética y trabajo. Todo se oye en Las pirañas: canciones de bebedores, palmas de abstemios, golfantes con cátedra, guitarristas a la husma de señoritos juerguistas, palmeros a la hosca de putas gubernamentales, las gracias y los recados, las amistades a deshora y el cubateo, el trino y el brindis mientras todos se levantan y descamisan para enseñar a otros el pecho del gallo lampiño y graso. Las pirañas: ese lago de borrachera entre charcos de tinto y colillas, momento entero de la mala sangre, los embudos contra las toñas más cerriles, todos sentados mientras dejan flotar arriba el globo de la panza, el viaje del vaso de la mano hasta el rostro y entornar así los ojos como un chino mandarín o gorrino calentito e inocente.
Debemos entrar en Las pirañas sacudidos por el monzón: los siete pecados tabaleados sobre el velador mientras todos empinan el codo, los piños garreros y sarrosos, la lentitud modorrosa del rebaño, las fuentes gloriosas de jamón y las canas asomando como lagartijas, los huevos fritos como soles y las alabanzas a las propinas, las zurras y los baldados, la ciudad enlucida por la luna, las piernas zambas y los pies de alpargata, rucias las barbas por el alpiste, aires del pecado y ojos morados y torcidos por el pasote, adobe a palos, broncas con espuelas, el naipe inesperado del traidor, la hora de las sospechas y los duendes, virguerías con todo el cogollo entre los dedos. Arde el mar en Las pirañas que contrató Gimferrer con sobredosis de juanolas para la voz baja: hambre y sed interminables de los mal mamados, eructos tristes y arrugados, pedos de garrafón y bataneo de colchones con liendres, lo largas que nos parecen las calles y noches cortas, arte de pajareo y trapisondas, mucho ojo opaco, lelo, cuco, sabio, sonámbulo, letal.