Supongo que la mayor parte de las civilizaciones, desde luego sí las civilizaciones mediterráneas, como la romana, la griega o la judía, han tenido su período anual de arrepentimiento, parangonable a la Cuaresma cristiana. En la antigua Roma el último mes del año era precisamente Februarius, de “februa”, palabra religiosa que tiene que ver con el significado de “purificaciones”. De ese modo se comenzaba el año ( Marzo fue el primer mes hasta que los romanos fueron derrotados por Viriato ) con el alma aseada. Durante los días de la Plynteria, en Atenas, en el mes de Thargelión (mayo/junio), días en que se lavaban las ropas de la diosa Atenea y se cerraba su templo para no verla desnuda, se realizaban también purificaciones. La purificación presuponía la conciencia de haber cometido acciones malas, y la actividad de la purificación misma presuponía el arrepentimiento. Lo mollar de la Cuaresma es el arrepentimiento, no el ayuno. De nada vale que doña Cuaresma se ponga en los huesos, si no toma conciencia de sus errores. El ayuno, si algo vale, sería para sentir lo que sienten los que ayunan por obligación, no voluntariamente, pero sólo el arrepentimiento nos abre la posibilidad de conocernos a nosotros mismos. También Demócrito veía en el ayuno una forma, un ejercicio, askêsis, para domesticar el alma y llegar al pleno control del thymós, corazón y principio vital. El arrepentimiento y el ayuno como condiciones para el autocontrol.
Demócrito de Abdera, uno de los pocos grandes filósofos del Mundo Antiguo que defendía con pasión el sistema político de la Democracia, junto a su paisano Protágoras, veía en el arrepentimiento la acción espiritual más importante del hombre para ser feliz y honrado ( “euthýmos” ), conceptos que en Demócrito casi vienen a ser iguales.
Según Demócrito, «el arrepentimiento de las acciones vergonzosas es la salvación de la vida» (fragmento 43, en la colección de fragmentos democriteos que nos dejó el erudito neoplatónico macedón Estobeo), y junto al fragmento B 60 - «es mejor examinar las faltas propias que las ajenas»-, Demócrito nos sugiere que lo que los hombres aprenden de sus propios errores y fallos, a través del arrepentimiento y la reflexión, puede hacer que sus vidas sean más felices y seguras.
Este arrepentimiento se puede llevar a cabo de dos maneras: en primer lugar, fortaleciendo las facultades de autocontrol del hombre, su capacidad para triunfar sobre el thymós ( corazón primordial del hombre que hay que educar ) (Demócrito observa que «el olvido de las propias malas acciones genera insolencia», fragmento 196), y en segundo lugar, fortaleciendo el compromiso del hombre de comportarse honorable y justamente por sus propias razones, de acuerdo a sus propios valores. La caracterización que hace Demócrito del yo autónomo que puede apreciar y asegurar su propio bienestar depende de una interpretación de la physis del hombre que trasciende la concepción de Antifonte, para quien la phýsis era la única verdad y la nómos o ley un artificio. Y es que para Demócrito la phýsis del hombre también es social, y su comportamiento debe asimismo ser apropiado con el orden social justo y democrático. Al igual que Sócrates y Platón, Demócrito trató de revisar la concepción del «bien social”, liberándolo de la jerarquía tradicional, con la introducción de cualidades personales accesibles a todos como fuentes de bienestar y orden. Estas cualidades debían considerarse ahora independientes de la posición social, el poder o las circunstancias. En un fragmento, Demócrito afirma que "uno debe abstenerse de actos ilícitos no por miedo, sino porque es necesario" (fragmento 41). Lo que es necesario (tò déon) se distingue del miedo y se prefiere al miedo como motivación, porque el miedo depende de las expectativas sobre la forma en que los demás responderán a una acción, mientras que tò déon, lo necesario o conveniente, se basa en la evaluación que el individuo hace de sus propios intereses, los de su alma. Esto último, la consideración interna de cada uno, es evidentemente una motivación más fiable, que probablemente guiará la conducta del hombre de un modo más apropiado y racional. El fragmento 41 implica la existencia de una explicación que mostraría que, de hecho, a todo hombre le conviene no actuar mal. El énfasis que Demócrito pone en la intención es también un intento de sugerir que es la firme comprensión de un individuo de lo que es "bueno", y no meramente sus acciones, lo que revela su virtud: "El bien no es sólo abstenerse de la injusticia, sino ni siquiera pensar en ella". El punto de Demócrito no es que las consecuencias no importen moralmente, ni que un acto no intencional no sea censurable. Las condiciones correspondientes del alma pueden ser buenas o malas, según cada uno eduque su alma – thymós -, porque el alma se puede educar con buenos hábitos, y si la educamos bien descubrimos la euthymía o felicidad.
Demócrito sostenía que «Quien ignora la justicia y no ha llevado a cabo lo que su moral interna le exige, todas sus experiencias le resultan desagradables cuando se las recuerdan, y siente miedo y se reprocha a sí mismo». Al conocerse a uno mismo con el arrepentimiento, se llega a sentir la influencia de la autoestima. Además, la atención al alma y a su equilibrio, que impone la teoría atomista del arrepentimiento, requiere esa autoconciencia que genera la motivación interna del alma para hacer lo que sea correcto. El hombre se impone a sí mismo una ley que sólo él ha promulgado. Este acto de autolegislación es una expresión de la libertad del hombre, no porque exprese, como en el sistema ético de Kant, la autonomía de la naturaleza racional del hombre, que obedece a la ley moral simplemente porque "es" la ley moral y por ninguna otra razón, sino porque encarna los propios propósitos del hombre, su búsqueda de su propio bien. Al reflexionar en la cuaresma sobre sus propios actos y experiencias, el hombre llega a apreciar que las exigencias de una conducta justa no son externas; son exigencias que el hombre está dispuesto a plantearse a sí mismo. El énfasis de Demócrito en la capacidad del hombre para ser afortunado si mantiene un alma buena, sea cual sea su fortuna, lo acerca a la ética cristiana. El orden interno del alma es esencial para la imposición del orden del mundo y el triunfo de la alegría de vivir. El hombre debe enfrentarse al mundo tal como es. Los hombres buenos son felices.