La creación poética surge siempre de un impulso humano, de una fuerza interior que busca expresar una sensación, un pensamiento, un deseo, un temor, algo que el autor quiere comprender o delimitar. Tras extraer esa emoción o intuición abstracta, la modela y contempla su resultado. Esos trozos de creación forman parte de la anatomía del poeta, constituyen elementos autobiográficos.
Existen muchas maneras de hacer poesía, de formular desde el arte lo que puede representar una identidad propia y personal mediante un lenguaje más o menos convencional o aceptado. Berlioz hizo con su Sinfonía fantástica una auténtica partitura autobiográfica; Dalí experimentó desde el inconsciente para generar, a través de un sistema ideado por él mismo —el método-paranoico crítico— un constante autorretrato pictórico de corte onírico y surrealista; Fellini habló de sí mismo en muchas de sus películas desbordantes y barrocas, habitadas también por los sueños.
En el ámbito de la lírica tampoco podía faltar esa forma de creación autorreferencial. Uno de los libros recientes más completos en lo que a testimonio biográfico se refiere lleva por título La sangre música (RIL Editores). Su autor, el madrileño Antonio Daganzo (1976), ha tenido en la poesía su forja principal como escritor. Siete poemarios previos y dos posteriores a éste lo avalan —alguno incluso merecedor de galardón, como Juventud todavía (publicado por Vitrubio en 2015, Premio de la Crítica de Madrid y Premio “Sarmiento” de Valladolid en 2017)—. No obstante, también ha encontrado la fortuna en los ámbitos novelístico —por su primera novela, Carrión (Vitrubio, 2017), obtuvo el Premio de Narrativa “Miguel Delibes” de Valladolid (2018)— y ensayístico. Esta última faceta se encuentra plenamente volcada en el estudio y divulgación de la música clásica. Sirvan como ejemplo sus libros Clásicos a contratiempo (Vitrubio, 2014) y Música, delicias del asombro (Ondina Ediciones, 2023). Es precisamente la música —en su sentido más terapéutico y simbólico— protagonista del libro que aquí nos convoca, siempre con “M” mayúscula, destacando su importancia.
La sangre Música se constituye en un poemario de cinco cantos, cada uno dedicado a una parte vital clave para comprender el presente del poeta. La música, con todo lo que representa como sonoridad armónica, define el espíritu luminoso de quien compone cada uno de estos extensos cantos. Quienes conocemos a Daganzo sabemos de su claridad espiritual hecha bonhomía en el trato afable hacia los demás. No es casualidad esta personalidad tan positiva, pues para llegar a este punto presente tuvo que superar duras pruebas vitales. Pudiendo haberse decantado por un desapego hacia el mundo tras tantas dificultades, el escritor optó muy acertadamente por guiar a su identidad hacia el lado amable de las cosas. Algo que sin duda le ha fortalecido, junto con ese cúmulo de experiencias. Todas ellas quedan volcadas en este libro, sabiéndose que una obra completa y compleja, de calidad incuestionable, se conforma con los mimbres de un cúmulo de vivencias no siempre fáciles.
Fue Daganzo un niño al que la vida le llevó por derroteros distintos al del resto de personas de su edad. Un cuadro clínico de alergia infantil unida al asma le apartó de cualquier día a día normal, conminándole a una soledad que acrecentó el ser hijo único, y de la que salió indemne y reforzado. Esto le llevó a conformar un mundo interior bien rico y sensible que le guió de forma natural hacia las artes literarias y musicales. La necesidad de conocer el mundo a través de los libros, el contacto social limitado, el sacrificio de los progenitores en pos de su cuidado, la posterior recuperación con el desengaño de amistades, los primeros contactos con el amor y su dolor y desengaño y, por supuesto, la supervivencia y renacer personal como ejemplo de lucha y tesón caben en este libro, preñado de belleza.
Ya en el Preludio aparecen en forma de síntesis los elementos más importantes de esta biografía. Su inicio percibe la vida como sombría en distintos momentos existenciales. Una visión pesimista tanto desde dentro —anímica, psicológica— como desde fuera —las circunstancias orteguianas—. Ese misterio se describe como una angustia representada en la Naturaleza doliente: “Qué tentación lo oscuro: se parece a una esfera. / Y el acabado cauce adormecido / anuda viento y agua, / como un árbol / en mitad de las noches resignándose, / callado sobre el llanto de las hojas, / surcando su misterio de pechos y raíces”. A pesar de esos amenazantes “lobos” que simbolizan incluso la hiriente nostalgia, siempre agridulce (“Sí, / son los aullidos, / los más lentos y dulces, / porque hay miedos felices como el primer amor”), perviven momentos pasados felices cuya rememoración se hace necesaria para la supervivencia: “¿Imagináis vivir sin los azules / de la mañana fresca en que os miraron, / en que os supisteis vuestros / de tan suyos?”
A través de la niñez llegan los primeros aprendizajes, tan necesarios, en una vida que acaba de empezar y que se trata inútilmente de comprender en su milagro: “La fervorosa infancia, / la dolorosa incluso, / esclarece el misterio de vivir / sin que jamás importe / la vela temblorosa que lo alumbra / ni tampoco el latido revelado”. El poeta presenta entonces una idea que surgirá insistente a lo largo del poemario: la necesidad de romper el silencio para avanzar y no acabar devorado por el mundo o por uno mismo: “Pero no hay que callar. / Nunca será el silencio la respuesta”. La música, que brota de dentro, sanguínea, representa la mejor forma de vencer la mudez y la negritud, resurgiendo como ave fénix: “Escuchad con la sangre / este idioma que todo lo interpreta / y lo trasciende / y nos devuelve el alma que perdimos. // Comprendamos por fin: / se llama Música”.
Con el Canto Primero se vuelve a la idea de esa Derrota del silencio. En su comienzo, el poeta no recuerda el momento en que este hecho aconteció exactamente dentro de su biografía: “¿Cuándo abatí el silencio? / Permitidme la duda […] // Debió de ser noviembre / o marzo”. El protagonista recuerda su existencia por aquel entonces entre amigos: “Existíamos torpes / de paseos absurdos con bufanda / a la hora de la siesta, / a la hora en que las calles retorcían / aquellos rojos autobuses, / los primeros por cuestas y resabios / de un pueblo indomeñable”. Algunos parecían languidecer (“se arrastraban / por desidia, / hasta la fácil trampa del amor del igual”) mientras otros, entre los que se encontraba el narrador, no se rendían (“Era nuestro destino cierto / superarnos, / cantarnos”). Surge entonces el Eros y se desea a través de la poesía (“El amor escondido se veía / allí, / tras las metáforas”). Cuando éste se materializa, los amigos no advierten al protagonista de su truncado desenlace, algo que les reprocha: “¿Por qué no me avisasteis? / ¿Esperabais la ruina de mi noche?” La imagen de la ruina personal es impactante y se manifiesta de forma previa cuando el poeta menciona su infancia problemática: “mi niñez enferma / —asesino del pan, quemazón de los labios— / me supisteis ruinoso”. El amor se describe a través de la música como un modo de potenciar su hermosura: “los oboes reunidos que os miraron”; también: “Ella, / la de la voz de viola parda, / las sin oboes ni azul”. La sangre, que en anteriores ocasiones era en su poder luminosa, se torna negra ante el desencanto amoroso y la traición de las amistades: “Qué oscura, / qué sangre tan oscura / la del destino equivocado. // Mis traidores, me abandonasteis a mi suerte”. Es entonces cuando retorna la esperanza de la recuperación y ese fin del silencio: “Y me erigí en pura llama, / de escrita llama. / Y os levanté a vosotros como el fuego testigo”. Así, alecciona a esos amigos con su ejemplo: “Pero abatí el silencio. // Cuando os falte la voz […] recordadlo. / Aprenderéis así / cómo aguardar la Música”.
El Canto segundo: desafíos del aire, tiene como protagonista una nueva superación, en este caso la enfermedad en los pulmones. Penetra al fin un “aire hermoso” y “súbito como un verbo” y queda atrás aquel “mar de Levante” y “pequeño”, como de juguete, al que los padres llevaban al niño por ser más amable para su salud; en su lugar surge el norte, la Galicia de los “ancestros callados, longevos y lentísimos”. Ellos representan “ese otro mar, bravío, océano indescifrable, / Atlántico de espaldas voladoras”. El abuelo, “constructor de puentes por hispánicas cuencas”, vuelve con su nieto: “renace en los fracasos de mis venas / como el Tambre perdura en esta ría”. Uno y otro se alzan empujados por el aire (“¿Acaso el amor puede / dar más cielo?”) y su sonido, reunidos por la misma sangre y bajo la misma Música.
El fundador secreto supone el Canto tercero y nos conduce al tiempo previo de las citadas conquistas. Se trata del “tiempo de colmar la duda”, la que el poeta aún ve “labrada en pánico”: “tras el rostro sufrido de mi madre / cuando un golpe de tos me cruza el pecho”. Se narran así una época de estrecha relación paternofilial, de cuidados por parte de unos padres preocupados por la quebradiza salud de su único hijo: “gestos de un cariño asediado, / azuzado por el dolor, / por mis silencios roncos. […] Ellos acecharían, / quizá creyéndose malditos, / transparencias posibles de su sangre en mi ánimo, / pidiéndome perdón por tanta herencia errada, / pidiendo a mi pecho y su bufanda sucia / de invierno montaraz / misericordia. / Ellos eran, / entonces, / enfermeros de luz”. Será en ese tiempo cuando vaya germinando en el protagonista la idea de hallar en la poesía esa herramienta con la que “convertir la duda en la más ardorosa fundación, / en un abismo donde cantarlo todo, / donde crearlo todo”.
El Canto cuarto: cantar de los galanes sirve de puente al anterior, pues ese “júbilo” resultado de la derrota del silencio —la superación de la enfermedad— viene acompañado de la poética como sanación: “el cuerpo, / aquel superviviente cuerpo mío del dolor, / se empeñó en la escritura / y me quiso cantar”. Una poesía que “ha de doler como la luz primera en los ojos nacidos”. Así, el renacer que parecía imposible (“pero broté de toda roca. / Surgí a la piel en busca de la piel”) vino acompañado de una nueva oportunidad para la amistad. Esos “galanes” se convierten en compañeros de andanzas en aquel nuevo tiempo, acompañantes en un mundo por descubrir. Con ellos, el “yo” se convierte en plural: “Vosotros, / mis testigos, / qué nosotros entonces, cuánta vida, / qué nosotros en tromba, / los galanes”. El amor busca hacerse paso para estos jóvenes: “Si la mujer lo abraza, / si lo ilusiona, / si, / mas como agitan, / cómo tañen los galanes difíciles / el amor en las venas”. Al amor sentimental se une el de la amistad en este hermoso canto donde la música cierra nuevamente todo su conjunto: “Adelanto los brazos, / las manos riendo al horizonte: / una guitarra suena. // Sabed ya, mis galanes, / que así quiere la Música”.
El quinto y último canto lleva por título Toda la sangre Música. Con ello se viene a corroborar la importancia de la música como lenguaje, aquel que “desde el silencio clama” en su sabiduría y brotando de dentro, a cada golpe en el pecho, colmando el corazón. Las amistades persisten, ya en nuevo escenario: “¿Quién nos hubiera dicho / que el esquivo Madrid, la nuez vacía antaño, / acabaría siendo el eco imprescindible / de todas nuestras ansias, / de nuestro firme caminar? […] // Aquí siento el abrazo de una ciudad entera”. Ese “nublado alumno vencedor del silencio” siente su pasado albergado con el de la ciudad para dejarlo atrás y escribir y trabajar, desde el presente, “en la hermosura, / en el arte de la luz, / el del misterio que nos canta”.
El final del poemario supone, como observamos, haber “ganado el alba”. Nos convertimos como lectores en testigos de este éxito. Es aquí donde el cantar se hace de gesta, de superación personal. Un hito, un triunfo, con unos versos últimos poderosos: “Y al fin nos lo decimos con todas nuestras noches: / sobre el alma galopa / fuego de sangre sabia. / Toda la sangre Música”.