Sábado 29 de noviembre de 2008
El verdadero rostro de la crisis comienza a mostrarse. Y no es nada agradable. Va más allá del paro, que es su arista más desagradable. Este viernes hemos sabido que, por sexto mes consecutivo, España es el país de la Unión Europea que alcanza la mayor tasa de paro, que en octubre es ya del 12,8 por ciento, muy lejos del 7,7 de la media europea, y más lejos aún de las principales economías europeas. Hombres, mujeres, jóvenes… en cualquier rúbrica España registra los peores datos.
Es evidente que algo no funciona y resulta exigible pensar qué es. Nuestro mercado laboral es el más rígido de los países desarrollados; ahora que estamos en plena campaña del Gobierno para borrar hasta el último vestigio de Franco, éste, no obstante, se empeña en mantener el torpe paternalismo que caracterizó aquel régimen autoritario en el mercado de trabajo. Y el gobierno Zapatero lo hace en contra de la historia, de sus propias tradiciones, de la lógica económica, de la realidad española y del interés de nuestra sociedad.
Este es el mismo Gobierno que ha aumentado notablemente el salario mínimo, es decir, ese nivel de salarios por debajo del cual prohíbe a empresarios y trabajadores alcanzar acuerdos voluntarios. Esta medida, absolutamente alejada de cualquier lógica económica e injusta como cualquier medida que impide a dos partes llegar a un voluntario entendimiento, resulta especialmente dolosa. Pues expulsa del mercado a aquellas personas que no pueden generar en ese momento una renta que alcance el mínimo marcado por la ley, algo que afecta especialmente a las personas con poca formación y experiencia; es decir, principalmente a los jóvenes y los inmigrantes.
Los jóvenes pierden experiencia y, con ella, habilidades que son claves para su desarrollo profesional. No sólo dejan de ganar el tiempo en que el Gobierno les deja fuera del mercado, sino que al retrasar su desarrollo profesional se merman sus futuros ingresos, según nos revelan los numerosos estudios que en diversos países se han hecho al respecto.
Con ser ello preocupante, el caso de los inmigrantes llama a la alarma. Muchos de los que se han integrado en masa en nuestro mercado lo han hecho en la construcción, precisamente el sector más castigado por la crisis económica. Muchos de ellos, pese a que llevan una vida ordenada, están en una situación ilegal. La cuenta al alza de los meses en paro es un incentivo peligroso. Cuando el trabajo escasea y la necesidad aprieta, las actividades al margen de la ley se vuelven opciones difíciles de resistir, valga ello para inmigrantes y nacionales. Mas cuando una persona está ya fuera de la ley –como es el caso de la situación de muchos inmigrantes sin papeles, es más fácil caer en comportamientos que van en contra de ella. El previsible aumento del crimen entre inmigrantes alimentará, además, la lacra moral de la xenofobia. Son varios los analistas que apuntan en el mismo sentido. Se trata de situaciones previsibles que deberían hacer reflexionar al Gobierno.
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