No hay duda de que la carta en que Joseph Oughourlian fija las funciones que le corresponden como presidente de la empresa editora del diario El País habrá sido objeto de comentario y discusión entre sus principales destinatarios, la redacción del periódico. Que el presidente de Prisa se dirige a la redacción, tanto o antes que al lector, queda expreso en el propio y meditado título “Mi compromiso con El PAÍS: libertad editorial e independencia”. Obviamente, hay también un destinatario forzado a leerla, Pedro Sánchez y sus clones de la Moncloa. El mensaje tiene, por tanto, tres destinatarios simultáneos, las redacciones de Prisa, pues los periodistas de la SER no pueden no darse implícitamente por aludidos, el lector del periódico, que no entenderá bien a que vienen estas prisas de Oughourlian, y los marionetas monclovitas que, habituados a reproducir la voz de su amo, han ido urdiendo una farsa con ayuda de redacciones convertidas en voceros de partido. El guiñol de PRISA-Moncloa urde una maniobra para controlar, en nombre de la libertad de expresión, la libertad informativa de nuestro país. Un país al que Prisa simula prestar su potencia informativa mientras hábilmente traiciona a sus audiencias a diario.
El lector avisado no necesitará muchos detalles sobre la maniobra de Moncloa cuya secreto esconde, una vez más tratándose de Sánchez, engañar a la opinión aparentando defender la libertad para cercenarla. Exactamente es lo que han venido haciendo durante años los medios informativos de esta gran iniciativa editorial: “líder de la prensa en el mundo de habla hispana”. Prisa lo es a pesar de las dificultades que ha sufrido durante años, que la llevaron a desprenderse paulatinamente de gran parte de su patrimonio editorial para poder afrontar la debilidad económica de la corporación.
La carta narra la trayectoria del grupo con algunas imprecisiones calculadas. No fue con “el inolvidable Jesús de Polanco con quien todos estamos en deuda”, sino con Manuel Fraga Iribarne y la familia Ortega, promotores iniciales del proyecto. No es baladí incluir el nombre de Ortega, porque Prisa se ha servido del prestigio del filósofo para impostar la magnitud de su diseño y revestirse como heredero de la impresionante aventura intelectual de Ortega y Gasset al servicio del liberalismo europeo descrita recientemente por Ignacio Blanco en un libro titulado Nací en una rotativa. Ortega Spotorno presidió El País durante ocho años, hasta que, en 1984, Jesús de Polanco fundó Prisa que agrupaba varias empresas editoras. Imposible entrar en detalles sobre las maniobras de Polanco, al servicio del Partido Socialista, ya descritas en El negocio del poder de Jesús Cacho. Maniobras a las que respondieron las de Aznar para sobrevivir al acoso de Prisa cuando ganó las elecciones en 1996.
Es necesaria esta observación para comprender el alcance de las sutilezas de la carta de Oughourlian dirigida a las redacciones, aunque publicada en forma de artículo en El País. Lo hace justamente al ser objeto del chantaje gubernamental para que este diario, y la cainita Ser, sigan prestándose al juego de intercambiar su servidumbre para ser el vocero beneficiario de la Moncloa. En la carta vestida de artículo, el presidente no se remonta a 1984 sino a 1976. Importante matiz, porque entonces su predecesor era Ortega Spotorno, hijo del filósofo, no Jesús de Polanco. Pero fijar la tradición en Polanco sirve al signatario de excusa para acusar a Aznar de emprender “una auténtica cruzada contra Prisa”. Astutamente Oughourlian esconde que se trataba más de una autodefensa que de un ataque, como también esconde que fue Rajoy, el PP, a través de su vicepresidenta, quien salvó a Prisa cuando más ineludible era la quiebra.
La precisión tiene interés porque manifiesta la astucia retórica del firmante. Hay cosas que no podría escribir tan rotundamente si nadie le hubiera asesorado. Y no puede ser casualidad que, en un texto calculado hasta en estos matices, el único nombre propio que aparece junto a Polanco sea el de Juan Luis Cebrián y no los de Ortega y Gasset, Ortega Spotorno y Fraga Iribarne. ¿Podría tener algo de verdad lo que alguien de la redacción dijera hace unos días “solo falta que venga Cebrián”?. Cebrián escribe ahora en The Objective, no hace falta que vaya, basta que asesore. Y también basta aconsejar al asesorado para degustar el placer de servir la venganza en frío.
Pero lo que importa es lo que el presidente dice y a quien. Levanta la voz frente a la Moncloa equiparando a Sánchez con Franco en el momento de máxima exaltación gubernamental de la memoria colectiva contra el franquismo. No puede haber mayo insulto sin levantar la voz. Pero la levanta dirigiéndose a su redacción, apelando a lsu conciencia profesional, a los valores indudables a que se debe todo periodista, incitando a cumplir las norma de deontología que nadie que se llame socialdemócrata liberal europeo puede cuestionar. Esas normas que cínicamente exhibe la línea editorial del periódico para ocultar cómo las contradice al prestarse hábilmente a servir al juego de desesperada resiliencia de la Moncloa.
Oughourlian ha diseñado un espejo donde puedan verse reflejadas las inmundicias de una redacción corrompida al verse obligada a infringirlas diariamente. No desempeña el papel de Katharine Graham en el Washington Post respaldando a la redacción a resistir la presión del poder político, el único con potencia efectiva para doblegar la dignidad de un periodista. Al contrario, se reviste de periodista para pedir a la redacción que ejerza su tarea con la dignidad que exige su compromiso con el lector en una sociedad abierta en la que la prensa, como he oído decir a Luis María Anson durante tantos años, ha de representar el contrapoder frente al único poder capaz de arrodillarla para que le preste pleitesía. El periodismo adultera su función social cuando facilita que un gobierno y un partido, donde cada ministro o cada diputado ejerce de clon, para que su presidente pueda perpetuarse en la poltrona.
Vuelvo a Ortega y Gasset a quien el periódico utiliza para adulterar a diario su función. Los actuales legatarios de El País también traicionan su memoria al afiliarse a su principal enemigo intelectual: “señores progresistas o, como Nietzsche diría, señores filisteos de la cultura: he ahí lo terrible, que el espíritu sea susceptible de convertirse en fuerza bruta”, para concluir que el “progresismo el más nocivo estupefaciente para los hombres occidentales”. A esta oportunista caricatura de la democracia liberal se han venido rindiendo El País y la Ser día a día hasta conseguir excluir a Cebrian, Savater y tantos otros escritores, de izquierda claro, pero al fin, demócratas y no títeres del poder.