Cultura

Ainhoa Amestoy: "Don Friolera es un asesino empujado por la sociedad"

ENTREVISTA

David Felipe Arranz | Lunes 24 de marzo de 2025

La adaptación y dirección de Ainhoa Amestoy d’Ors de Los cuernos de don Friolera de Ramón María del Valle-Inclán en los Teatros del Canal ha resultado una auténtica epifanía. Ni los arúspices más entregados a la causa dramática y teatrera podían prever el éxito rotundo de este nuevo montaje de la madrileña, siempre a la vanguardia, como los grandes, nuestros clásicos, de los que tanto ha aprendido. Con Hablando, de Irma Correa, en el María Guerrero (2017), un monumental tour de force femenino, nos dejó sin aliento, y seguimos con devoción todo lo que ha dirigido y montado desde entonces: Amor, amor, catástrofe, de Julieta Soria; Lope y sus Doroteas, de Ignacio Amestoy, o La princesa y el granuja, de Benito Pérez Galdós. Ainhoa no se da ningún pisto, pero le sale a borbotones en la conversación la sapiencia de doctora en Ciencias del lenguaje y de la literatura con una tesis sobre Miguel Narros. Es excitante las capacidad de penetración de esta joven dramaturga y escenógrafa en la mente del autor, y eso implica paciencia, agallas y muchas horas de lectura e investigación, aunque ella no lo diga. Los filólogos, ante todo sufridos buscadores del oro de la palabra, compartimos esos secretos frente al polvorín efímero de lo fácil. Contra lo que pudiera pensarse, la fuerza de su talento no reside solo en la rara armonía que establece entre los textos y su intuición, sino en cómo se deja llevar, asumiendo el riesgo, de un genio tan ácrata y tan temido como el de Valle-Inclán. Porque Ainhoa Amestoy es una valiente, acaso una temeraria, que proviene por partida doble de una estirpe de valientes.

¿Por qué el legado de Valle-Inclán sigue generando polémica más de un siglo después de su representación? ¿Un genio ha de ser eternamente cuestionado?

Valle es un renovador de su época y de la nuestra también. Es un atrevido, un verso libre y, en este momento, salvados estos cien años que nos separan de su obra, lo podemos entender mucho mejor, porque nos ofrece un trampolín de posibilidades. Su galería de personajes maravillosos pertenecientes a todas las clases sociales y esa libertad espacial suya lo asemejan a la libertad shakespeariana; Valle, en definitiva, desborda los géneros y, por eso, la pieza del puzle valleinclaniano nos encaja mejor en nuestra época: es ahora cuando verdaderamente podemos entender y respetar a Valle-Inclán en toda su plenitud.

Entonces, ¿Valle-Inclán sería algo así como un viajero de las sensibilidades artísticas del futuro?

En cierto modo, así es. Son tantos los estímulos y sugerencias de su obra que Valle-Inclán en su esencia nos impulsa hacia un laberinto de posibilidades. Sus propuestas críticas y temáticas enlazan plenamente con las inquietudes contemporáneas. Es más, Valle-Inclán realza las posibilidades de la lengua española. Es un mapa de nuestra cultura y de nuestra sociedad, de la europea y de la mundial, porque nos sitúa en nuestra actualidad y puede ayudar a situarnos incluso en nuestra sociedad.

¿Era Valle-Inclán un genio? ¿O se fue haciendo?

Uno nace, pero también se hace. Valle-Inclán vivió en una época en la que había un fermento y un cultivo cultural, y recibió estímulos del modernismo; incluso otros autores, como Jacinto Benavente, son también gloriosos en sus inicios. Y Valle-Inclán, al no ceñirse a los gustos de los programadores ni del público de su época, se encontró completamente libre y se permitió desarrollar a capricho sus impulsos literarios, algo positivo en la vida de un creador.

“Irse de bureo”, “naturaca” y otros hallazgos y expresiones que incorpora Valle-Inclán del acervo de nuestra lengua coloquial hacen pensar que el público actual puede perder comba… ¿Cómo reacciona el público?

Hemos mantenido el texto prácticamente íntegro. La primera versión que hice de este montaje de Los cuernos de don Friolera era más pulida, porque pensé también en el público de hoy, y me dediqué a buscar esas píldoras para poder desarrollarlas más en escena y buscarles un refuerzo como espectáculo. Pero fui descubriendo que el texto es tan poderoso que iba pidiendo su sitio, y que todo lo que había restado, al probarlo a retomar, funcionaba a la perfección. Hay en Valle-Inclán un mecanismo de relojería muy ajustado que coloca las cosas en su sitio porque proviene directamente de la vida.

A veces el lenguaje vuelve, hay expresiones de El Quijote que regresan. Si ese gusto de otro tiempo por la creación de nuestra lengua nos produce una cierta melancolía, me congratula observar que con “naturaca” la gente se ríe porque ha establecido una conexión lingüística y creo que no está perdida la esperanza de ese gusto por la lengua. Y los dramaturgos tenemos que ayudar a mantener ese gusto por la palabra y por la tradición lingüística. Para mí es importante mantener la esencia de los clásicos, un gusto por la palabra y las posibilidades de lo físico. Porque a Valle-Inclán hay que decirlo y traspasar la cuarta pared.

A diferencia de lo que hacen otros dramaturgos, usted no ha microfonado al elenco. Es usted una valiente…

Lo he hecho porque el público recalca que es un gusto escuchar la palabra hablada de los actores y, microfonados, esa voz sufre una distorsión. Se pierde la naturalidad de la voz cuando se microfona a un actor y, en este caso, yo quería que se escuchara en la sala la voz pura del elenco. Sí he mantenido la microfonía de ambiente, pero es más psicológica que otra cosa. Además, he elegido a intérpretes que ya se habían enfrentado a Valle-Inclán anteriormente, porque es un autor complicado. Y esta obra, por otro lado, llevaba casi veinte años sin representarse, así que el riesgo era mayor.

¿Por qué se representa más a García Lorca que a Valle-Inclán?

Hay voces que han estado más silenciadas, como la de Valle-Inclán, por el miedo radical que nos genera, al contrario que Lorca. Yo misma he sentido miedo porque todos creen que saben cómo montar a Valle-Inclán y, en realidad, nadie lo sabe. Y creo que es el momento de romper ese miedo terrible que le tenemos, porque cuando se hace un buen trabajo dramatúrgico, puedes volar con él porque te permite transitar por múltiples caminos. Creo que nosotros mismos nos hemos puesto los límites con Valle-Inclán, pero él nos ha “llamado” a varios dramaturgos últimamente, como Eduardo Vasco con Luces de bohemia o yo misma, el Museo Reina Sofía ha programado la exposición del Esperpento. Arte popular y revolución estética, etc. Es como si Valle nos estuviese llamando a la puerta.

Entonces, verdaderamente cree que Valle-Inclán vino a buscarla…

Sí, no me cabe duda [risas]. Hay autores que una elige y otras veces ellos la eligen a una, porque Valle-Inclán no estaba a priori entre mis intereses, aunque a través de la peregrinación bohemia de “La Noche de Max Estrella” que creó Ignacio Amestoy y a la que acudía desde pequeña, estábamos llamados a encontrarnos antes o después…

¿Qué cree que quiso decir Valle-Inclán con Los cuernos de don Friolera?

Múltiples cosas, porque la obra tiene infinidad de capas; hay aspectos que nos resultan más lejanos, como el de la dictadura militar de Primo de Rivera, el militarismo, el conflicto de Marruecos o el desastre de Annual, que tuvo lugar en verano de 1921, porque Valle-Inclán tenía sus referentes concretos. Él quería hablar de su visión literario-dramática y la construye extraordinariamente bien con ese prólogo, el epílogo y el nudo central, que son los tres puntos de vista a la hora de afrontar un mismo tema. Muchas veces se ha representado solo la historia central y yo he querido representar las tres partes originales. Si pensamos, por ejemplo, en Las galas del difunto o en La hija del capitán, vemos que la estructura tiene una potencia extraordinaria y que Valle era muy consciente de esa estructura, de absoluta plenitud literaria, por otra parte. Por otra parte, el género de la tragicomedia ofrece enormes dificultades y dudas, porque caminas sobre la cuerda floja: si te vas un poco de más hacia el lado de la comedia o al de la tragedia, se te puede caer la versión. El reto aquí ha sido mantener momentos trágicos con momentos extraordinariamente cómicos. También he tenido en cuenta la crítica que hace al honor calderoniano y al dogmatismo de la tragedia española, y tantas cosas… Y, por último, destacaría lo cinematográfica que es su obra, algo fabuloso, el cambio de un espacio a otro, aspectos que he tratado de homenajear y plasmarlos en la obra, como un travelling, etc.

¿No resulta llamativo que se dé por hecho que el público no va a entender a Valle-Inclán y después nos llevemos la sorpresa de este éxito tan grande que vd. ha tenido?

Sí, a mí me deja atónita las reacciones del público, porque me gusta sentarme en el patio de butacas para escuchar durante las funciones. Y me ha sorprendido cómo respondía ante las reflexiones de don Manolito y don Estrafalario, el diálogo más largo que está al principio, y que resulta que gusta muchísimo en contra de mis previsiones. Así que el público está redescubriendo a Valle-Inclán, que a través de sus capas lo acoge todo: lo popular, la geografía ibérica, las jergas, la manera de no concretar y dar a entender el lugar en el que transcurre la acción dramática… Ahora que sugerir está tan de moda en el teatro, Valle-Inclán ya hacía eso.

También he contado con unos actores extraordinarios, como Roberto Enríquez que ha abordado el personaje ahondando en los conflictos internos del ser humano, muy en la línea de Woyzeck de Georg Büchner. También han ayudado mucho a la línea esperpéntica de la descomposición de esas 48 horas en las que transcurre la trama la escenografía de Tomás Muñoz, el vestuario de Rosa García Andújar, la iluminación de Ion Aníbal López o la música de David Velasco Bartolomé, porque también voy buscando la belleza en el escenario, precisamente en una sociedad donde algunos privilegian el feísmo en el escenario.

¿Qué ha aprendido de Valle-Inclán? ¿Ha desentrañado ya su misterio?

Tengo que decir que me he sentido libre, porque Valle-Inclán nos hace sentirnos libres a dramaturgos, actores y público. Pero he podido dominar, controlar los caballos valleinclanescos: todas y cada una de las frases que dicen los personajes de esta representación se entienden, lo dice el público a la salida, que ha sido capaz de seguir al genio. Hemos realizado un profundo trabajo que nos ha dado suficiente libertad, he desentrañado, efectivamente, parte de las posibilidades que ofrece, porque la obra es una auténtica locura que va del guiñol al melodrama, de este a lo existencial o al teatro de formas, porque Valle-Inclán lo permite todo si se juega con sus cartas. Por otro lado, no creo que Friolera enloquezca en el sentido real del término: Friolera es un asesino empujado por la sociedad. En el fondo, es una dinámica a la que nos hemos ido habituando hoy en día, sobre todo gracias a las redes sociales.

¿Sería posible un Valle-Inclán ahora mismo, tan libre, con el momento de censura que estamos viviendo?

Estamos en un momento de censura y diría más bien que de autocensura bastante potente. Vivimos en una paradoja, porque tenemos la mejor formación, los mejores másteres, doctorados, referencias, pero ese acceso tan libre tiene que estar más presente en la vida artística, ese poso de referencias culturales tiene que ser más real para que surja la chispa de la genialidad expresiva en toda su libertad.

TEMAS RELACIONADOS: