El escritor Paris E. Moskowitz ha desarrollado recientemente el concepto de burbuja amable en el boletín de Mental Health para referirse al ocio que nos devuelve la alegría de vivir y pone como ejemplo la película Erin Brockovich, basada en hechos reales, en la que una inmensa Julia Roberts da vida a una humilde abogada que pone las peras al cuarto a las autoridades del sur de California por contaminar las aguas subterráneas. Una buena película o un drama verosímil realizado por artistas podrían convertirse en un espacio para la resistencia, igual que lo fueron en otro tiempo las barricadas o incluso el burladero en el coso taurino. El curso actual de los acontecimientos puede empitonarnos en cuanto bajamos la guardia, qué duda cabe.
Y ciertamente el señor Moskowitz tiene razón, porque hay un colapso excitante-sedante que nos ha hecho saltar por los aires los circuitos neuronales y necesitamos ese remanso de quietud que ya solo la ficción nos proporciona, puesto que los gobernantes son incapaces de cuidar de la paz social, visto lo visto. Es decir, que necesitamos cada vez más del estado de bienestar de toda la vida, porque hace tiempo que ha dejado de estar presente. Algunos, sí, lo hemos encontrado en los museos, el teatro, la literatura, el cine o incluso la docencia, pero no debería ser algo tan preciado que escasee al punto de tener que afanarse en atesorarlo o tener que venir un gurú de los Estados Unidos a explicarnos que hay que volver urgentemente a esos espacios luminosos. Qué acervo de sensaciones, qué genealogía de estímulos, qué larga experiencia de ocio edificante… Y todo este material original y creativo nos proporciona inmediatamente una sensación de liviandad profundísima, lo cual podría parecer contradictorio, pero no lo es. Es preferible quedarse en el arte como lo es quedarse en la cama los domingos por la mañana escuchando a Mozart, de modo que este elogio de lo (aparentemente) liviano podría ser ese borboteo suave, roto a veces, inopinadamente, por los colegas de la prensa, pendientes del último exabrupto del político de turno. Siempre he dicho que el periodismo declarativo de sus señorías es lesivo, contaminante… un cáncer, vaya.
En la entrega de los que amamos la cultura hay un sentimiento de gratitud que algunos juzgan excesivo, pero en realidad es como acudir al psicólogo con garantías de curación, una suerte de mansa terapia frente a la tragedia de lo mediocre. La de la cultura es una militancia voluntaria frente al aburrimiento de la red social, la retransmisión en directo de la última ocurrencia del CEO o el plasta que reclama nuestra atención y que nos deja más vacíos que la cáscara de un plátano después de dos horas. La cultura, incluso en su representación más liviana, está cargada de pasado, preñada de historias y presta a abrirse en la confidencia, la memoria viva y la alegría de vivir. Los que trabajamos a pie de obra cultural, junto a los autores, escuchamos sus palabras y disfrutamos con el regalo de sus creaciones, tenemos la conciencia secreta de que es la parte más hermosa del periodismo. Hablábamos hace poco del oficio en todos los foros como se habla de un muerto o de la juventud perdida, pero no es cierto. Lo que teníamos era la nostalgia clandestina de la sed de cultura, aquellos días en que no éramos nosotros, sino nuestro propio mito potenciado, elevado por la acción cultural. Ante el gran hachazo de la vida, la cultura transforma el dolor en un triunfo, esa burbuja amable que obra el milagro emocional del bienestar sin anestesia ni pastillas para dormir. Se lo garantizo.