Opinión

Kénôsis

TRIBUNA

Martín-Miguel Rubio Esteban | Viernes 28 de marzo de 2025
La Semana Santa, ya cercana, rememora la kénôsis de Nuestro Señor Jesús. El término kénôsis, como concepto teológico, nace de la carta de San Pablo a los Filipenses: “Tened los mismos sentimientos que tuvo Cristo Jesús, quien, existiendo en forma de Dios (en morphêi Theoû), no consideró como botín (harpagmòn) ser igual a Dios, antes se vació a sí mismo (heautón ekénôsen), tomado la forma de siervo y haciéndose semejante a los hombres; y en la condición de hombre se humilló (etapeínôsen), hecho obediente (hypêkoos) hasta la muerte, y muerte en cruz” (Fil. 2, 5-8). Efectivamente, la Semana Santa rememora ese vaciamiento (kénôsis) de la naturaleza divina de Jesús. Estaremos los próximos días en el gran misterio de la kénôsis de Cristo ante la cruz. Jesús se vacía de su naturaleza divina, que lo hacía omnipotente y santo, quedando sólo su naturaleza humana, frágil y susceptible de pecado, para llegar a ser el Cordero inmolado. Sólo así pudo redimirnos a todos los hombres. En realidad, la kénôsis de Jesús ya comienza en su encarnación y en su nacimiento, pero culmina por completo en su Pasión y Muerte. Pero aunque limitada, antes de la Pasión su naturaleza divina estaba todavía aún en parte operativa: camina sobre las aguas, hace todo tipo de milagros, desaparece de los lugares, dialoga con Moisés y Elías, etc. Pero en su sacrificio en la cruz, Dios está ya aparentemente oculto, que diría el miles Christi San Ignacio de Loyola en sus Ejercicios Espirituales – Ejercicio y Ejército tienen la misma raíz -, y Jesús sólo queda en su condición de hombre obediente (hypêkoos) que sufre y muere. Jesús es el perfecto paradigma de la obediencia al Padre. El hombre, esclavo del pecado, aunque desde el fondo de él mismo, aspire a obedecer a Dios, es incapaz de hacerlo. Para llegar a ello, para que halle “la ley en el fondo de su ser” (Jer. 31, 33) es preciso que Dios envíe a su siervo. “Así como por la desobediencia de uno solo la multitud fue constituida pecadora, así por la obediencia de uno solo la multitud será constituida justa” (Rom. 5, 19). La obediencia de Jesucristo es nuestra salvación y por ella nos es dado volver a la obediencia a Dios. La vida de Jesucristo fue, desde “su entrada en el mundo” (Heb. 10, 5) y “hasta la muerte de cruz” (Flp. 2, 8), obediencia, es decir, adhesión a Dios a través de una serie de intermediarios: personajes, acontecimientos, instituciones, Escrituras de su pueblo, autoridades humanas. Venido “para hacer no su voluntad, sino la voluntad del que le ha enviado” (Jn 6, 38; Mt 26,39), pasa toda la vida en los deberes normales de la obediencia a los padres (Lc. 2, 51), a las autoridades legítimas (Mt, 17, 27). En su pasión llega al colmo su obediencia, al entregarse sin resistir a poderes inhumanos e injustos, “haciendo a través de todos estos sufrimientos la experiencia de la obediencia” (Heb. 5, 8), haciendo de su muerte el sacrificio más precioso a Dios, el de la obediencia. La kénôsis era necesaria, imprescindible, para la redención del hombre, porque sólo sin la naturaleza divina podía Jesuscristo ser la víctima humana, sólo humana, que expiara los pecados de todos los hombres. Que los verdugos lo despojasen de sus ropas y lo dejasen desnudo no era nada, en comparación de lo que Él se había despojado, de lo que Él había renunciado por amor, de su misma naturaleza divina, hasta la Resurrección o anástasis. Sin embargo, nosotros, que sólo poseemos pura vanagloria, inanis gloria o “kenodoxía” – San Pablo juega con la raíz keno-, que indica vacío, en el mismo capítulo en que aparece el vaciamiento o kénôsis de Jesuscristo -, nosotros, puro vacío con unos pocos de átomos, nos aferramos a nuestras puras fantasías de dinero, casas, vestidos, reputación social, triunfos políticos, poder, fuerza, belleza, etc., cuando Jesús en la pasión se ha desprendido por amor a nosotros de la divinidad, que es la única realidad segura, la omnipotente seguridad del ser no contingente. Nosotros nos aferramos a vacíos coloreados de ilusiones efímeras, y Jesús se desprende del poder por encima de todo poder. Y lo que es ya escandaloso es que nuestro mezquino aferramiento a nuestro botín (harpagmón) -miseria atraviesa a todos los hombres. Hasta las órdenes religiosas, prelaturas o asociaciones aparentemente cristianas, desoyendo a Cristo – “obedecer” tanto en latín - oboedire – como en griego – hypakoúô – deriva de los verbos que significan oír, audire y akoúô – se resisten a despojarse de sus más mezquinos privilegios y poder sobre la Iglesia, hasta desear la muerte del Papa si ven en él un peligro de perder su cuestionado poder – y el Evangelio nos señala que el demonio da el poder a quien quiere -. Además, la autoridad entre los hombres es inherente a un cargo y no tiene nada que ver con el carácter del ocupante o la calidad de sus acciones. La suprema generosidad de la kénôsis de Jesucristo no es imitada por el hombre, que precisamente en su despojamiento sólo se iría a desprender de una fantasía. Y para San Agustín la fantasía es el reino de Satanás, al que le damos lo único que vale sólo por un aire de fantasía. El hombre, como decía Ortega, es un dios de ocasión. Deprime la defensa numantina de las riquezas y los privilegios de organizaciones que se tienen por partes de la Iglesia, cuando el fundador de la Iglesia se despojó de lo más grande que el universo puede contemplar para redimirnos. No hace falta ser un Karl Rahner, un Albert Schweitzer, un Hans Urs von Balthasar, un Hans Küng o un Joseph Ratzinger, para saber por propia experiencia que el verdadero amor nos exige un total despojamiento de lo que tenemos y somos a favor del ser amado. Los héroes del amor de la gran Literatura Universal nos los constatan una y otra vez. Como criaturas salidas de las manos de un Dios de Amor vemos en la propia kénôsis la liberación de lo que no somos, fantasmas con los que nos ha ido cargando el demonio, y, por otra parte, nos encontramos con lo que realmente somos, con nosotros mismos, en un proceso de autoanagnórisis que va del sufrimiento a la dicha. Ojalá en esta Semana Santa imitemos en esa nuestra pequeñez que señalaba Tomás de Kempis aquella kénôsis autoimpuesta del Maestro de los maestros.