Opinión

Nosotros y El odio

LETRAS, CEROS Y UNOS

David Fueyo | Viernes 28 de marzo de 2025

Teníamos que hablar de ello, por mucho asco que sintamos, y lo haré no como escritor, porque es verdad que libros hay muchos, quizás demasiados, sino apelando a la filosofía. El debate sobre la libertad de expresión es un campo minado donde colisionan principios fundamentales: el derecho a decirlo todo y el derecho a no ser ultrajado. La literatura, como forma de expresión, ha sido históricamente un territorio donde se exploran los márgenes de lo decible, pero ¿hasta dónde? El odio de Luisgé Martín reabre esta cuestión al tratar sobre la figura de José Bretón, el ser que asesinó a sus hijos en cobarde y execrable acto de crueldad y venganza contra su esposa.

Se ha dicho que toda historia merece ser contada, pero no queda claro si toda historia debería ser publicada como legado para el futuro. La línea entre el interés literario y el sensacionalismo es difusa. En este caso, la elección de Bretón como protagonista genera un rechazo visceral, porque su crimen, demasiado reciente y demasiado atroz, todavía sangra en la memoria colectiva. Martín, al asumir el reto de escribir sobre el odio extremo, nos obliga a plantearnos si la literatura puede abordar cualquier tema sin consecuencias éticas, máxime cuando no se avisa a la víctima de que esta publicación puede salar heridas muy recientes.

Desde una perspectiva filosófica, la libertad de expresión no es un derecho absoluto. Como argumentaba John Stuart Mill, la libertad de uno termina donde empieza el daño al otro. En este caso, la elección de Bretón como protagonista genera un rechazo visceral, ya que su crimen, demasiado reciente y atroz, aún está presente en la memoria colectiva. Hay quienes creen que la literatura debe incomodar, que su función es enfrentarnos con lo más oscuro del ser humano para evitar que esto se repita. Cenamos con desgracias en el telediario. Los programas de mediodía llenan horas con sucesos en los que parecen recrearse para llegar al horario acordado para la publicidad. Pero también hay quienes sostienen que ciertos límites deben imponerse cuando el dolor de las víctimas se hace también de toda una sociedad y sigue vigente.

A lo largo de la historia, hemos sido testigos de numerosas obras literarias que han sido censuradas o prohibidas por tocar temas considerados demasiado escabrosos o sensibles. Lolita ha sido objeto de prohibiciones y rechazos en diversos países, debido a su tratamiento de temas tabú como el abuso infantil. A lo largo de los años, el libro ha abierto debates sobre si es posible separar la genialidad creativa del contenido moralmente cuestionable, y si una obra puede ser valorada por su arte sin ser juzgada exclusivamente por sus temas. ¿Qué decir de A sangre fría? Más recientemente tenemos El dolor de los demás, publicado también en Anagrama y que trata de otro crimen y posterior suicidio sucedido hace treinta años; sin embargo no encuentro, en este caso, malas críticas, sino piropos y loas a la sensibilidad del autor por adentrarse naufragando en el dolor de otros. Es cierto que no hay voceros del asesino en esta obra, pero el dolor de los demás también es un dolor sordo e intenso, pero quizás más íntimo.

El odio nos coloca en una encrucijada: si la literatura es un espacio de libertad y subversión, debemos aceptar que existan libros que exploren la maldad en su forma más pura. Pero si creemos que hay historias que nunca deberían contarse, entonces la ética también debe dictar sus reglas en la literatura.

La polarización social actual ha intensificado la reacción frente a este tipo de obras. La censura, más difusa que nunca, se ejerce a través de las redes sociales y los grupos de presión, que evalúan constantemente lo que es "aceptable”.

El libro, cuya distribución está detenida por orden judicial debido a la petición de la madre de los dos niños asesinados, plantea un dilema fundamental: ¿nos importa más la libertad de expresión o la víctima? ¿Somos capaces de tener empatía con el dolor ajeno, o nos interesa más urgar en la mente del asesino por morbo o con fines criminológicos o psicológicos?, ¿el tiempo dará la razón a quienes están a favor de su publicación?, ¿alguien cuestiona hoy en día la moralidad de A sangre fría?

Había que hablar de ello y, como buen poscrítico, tenía que poner las cartas sobre la mesa para sembrar dudas en quienes lo tienen todo claro desde un principio. Quizá el mayor interés de todo esto sea que nos obliga a enfrentar el dilema de hasta dónde estamos dispuestos a aceptar que la literatura trate todos los temas, nos agraden o no. Quizá la verdadera pregunta no sea si El odio debería existir, sino qué dice de nosotros como sociedad que exista.