Martín Juaristi | Sábado 29 de noviembre de 2008
20 de septiembre de 2008. 44 personas mueren en un incendio producido durante un espectáculo de fuegos artificiales en la discoteca Dance King de Longgang, distrito de Shenzhen. Poco después, diversos funcionarios locales como el vicealcalde del distrito, el director de la brigada de bomberos o el director del comité de vecinos son depuestos e investigados, y se ordena el cierre de gran parte de las discotecas de la ciudad, mientras que las restantes reducen notablemente su aforo.
Al menos entre los expatriados, muchos atribuían la inmediatez y la magnitud de las reacciones a la presencia de cinco residentes hongkoneses entre las víctimas. Así, las autoridades habrían actuado movidas por el proverbial impulso chino de salvar las apariencias, más que por la enormidad de la tragedia.
Las motivaciones de las autoridades no tendrían mayor relevancia si sus acciones sirvieran para mejorar la situación, pero se hacen cuestionables cuando termina sucediendo lo contrario.
Este fue el caso de no pocas discotecas clausuradas de Shenzhen, que mantenían cerrada la puerta principal, pero hacían pasar a la clientela por la puerta trasera, u otras salas más pequeñas y peor acondicionadas, como cierto local ubicado en el piso 25 de un rascacielos, que multiplicaron el número de sus parroquianos a costa del cierre de otras más populares. En una ciudad china, donde el número de locales es muy inferior al de cualquier ciudad española, es imposible que estas infracciones pasen desapercibidas a las autoridades.
Dos meses después del incendio, algunas discotecas empiezan a reabrirse tras haber realizado las reformas necesarias para cumplir con la normativa, y cabe desear que, con el final de este periodo de transición, la situación mejore. Sin embargo, quienes mantienen que aquí preocupa más la imagen que la seguridad de los ciudadanos han visto confirmado su recelo.
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