“¡Ay, el lenguaje: yo pensaba que era pobre, me dijeron que no era pobre sino necesitado; luego me dijeron que resultaba autodestructivo pensar que era necesitado: yo era desheredado; después me dijeron que desvalido era excesivo, que era un desventajado. Sigo sin tener un céntimo, pero tengo mucho vocabulario!
“Personajes, que no presonajes, Sancho”. “Dijo Sancho a su amo: Señor, ya yo tengo relucida a que me deje ir vuestra merced a donde quisiere llevarme. –Reducida, has de decir, Sancho, dijo don Quijote, que no relucida. –Una o dos veces, respondió Sancho, si mal no me acuerdo, he suplicado a vuestra merced que no me enmiende los vocablos, si es que entiende lo que quiero decir en ellos, y que cuando no los entienda, diga: ‘Sancho, o diablo, no te entiendo’, y entonces podrá enmendarme, que yo soy tan fócil. –No te entiendo, Sancho -dijo luego don Quijote-, pues no sé qué quiere decir soy tan fócil. –Tan fócil quiere decir, respondió Sancho, que soy tan así. -Menos te entiendo agora, replicó don Quijote. –Pues si no me puede entender, respondió Sancho, no sé cómo lo diga; no sé más y Dios sea conmigo. –Ya, ya caigo, respondió don Quijote, en ello; tú quieres decir que eres tan dócil, blando y mañero, que tomarás lo que yo te dijere, y pasarás por lo que te enseñare. –Aceptaré yo, dijo Sancho, que desde el principio me caló y me entendió; sino que quiso turbarme, por oírme decir otras doscientas patochadas...[1]”.
La vida no está para que nos ocurra lo que al confesor: “me acuso, padre, de haber matado a un hombre”, a lo que el confesor adormilado pregunta: “¿cuántas veces, hijo?”. Tampoco está para la pedantería amanerada de la Sorbona, capital de la grafomanía. Nada de eso. En la bruna nocturnidad de un cielo limpio, Teofrasto, que en griego quiere decir el de la “divina fabla”, nos recordaba hace milenios que la lectoescritura es la experiencia del peligro, pues experiencia es haber pasado pericula. En el transcurso de la historia de la humanidad sólo un muy reducido número de humanos supieron vivir consagrándose a la contemplación y a la creación como valores autónomos, y sólo esa ínfima minoría buscó el sentido de la vida y su transformación creando mejores valores. Si la aristocracia del estudio (no la nobiliaria parásita) se basa en el orgullo, la democracia cazurra en la hostilidad contra toda aristocracia del espíritui. El problema es que esa misma aristocracia tiende a degenerar y a agotarse en su elistismo, igual que existe un cristianismo burgués en cuyas tiendas de lujo Dios se ha vuelto muy «decorativo».
Hombre sin lecturas, mundo a oscuras. Los libros nacen de la madera del árbol de la vida, son exuberantes, dicen más de cuanto podemos leer en ellos, ni siquiera juntando todos los idiomas de la Tierra habría palabras bastantes para expresar tanto. No ha nacido aún suficiente poeta para cantarlo y contarlo. Serían precisas todas las vidas de todos los poetas unidos un solo punto generacional para acercarse un poco al derroche de sinfonía que sale de las entrañas de la Tierra, y que con su vaho llega hasta lo alto. Tomen y lean. Yo les digo que los libros son las abejas que llevan el polen de una inteligencia a otra. Faros erigidos en el mar del tiempo los libros son, abejas también que portan el polen de una inteligencia a otra, por eso estamos en un desierto cuando ninguna mirada nos hace señas de inteligencia.
Los molinos de la sabiduría muelen despacio. El libro te permite un diálogo tranquilo y un soliloquio sereno, dando entrada a eventuales diálogos con ángeles y con las cloacas. Él siempre te espera ahí del salón en el ángulo oscuro para que retomes o reinterpretes o cuestiones su discurso, no cabe pensar dialogante más franciscano, más modesto, más silente ni más agradecido. Él te brinda la posibilidad de que tú lo leas de distinto modo, de que digas, desdigas, contradigas, o calles. Puedes estar toda una vida dialogando con él sin pasar página, él no tiene prisa. Aunque le plagies, no te delatará, porque te sabe y te siente suyo sin posesividad; hecho para ti, gusta descansar en ti. El libro te recuerda aquel pasado en que lo leíste con ojos menos castigados por las dioptrías y da continuidad a esas horas mágicas de tu infancia en que trepabas por sus ramas con el vigor inusitado del ayer. Tú eres tú y tus lecturas. No existe locuacidad mayor que la mudez de nuestras bibliotecas, ríos de palabras hacia ese lugar donde siempre es más lejos y donde nunca es eclipse. El libro, en los días tan honrado, y en las canas tan anciano, y en las noches tan generoso y en las postrimerías tan experimentado. Él continúa ofreciéndote aún hoy los tres estilos medievales: el humilde, el mediocre y el alto, acógete a cualquiera de esos escalones, o a los tres, pues los tres son transitables con distinto grado de provecho por tu pupila. El libro es ínsula de utopía, jardín sagrado donde late lo sublime, aunque detrás del negocio editorial se levanten monumentos de hierro y palabras, impere el toque de corneta y el fierro de las oligarquías, se inventen máquinas y sistemas filosóficos tontos, se expendan artilugios para generar orgasmos mecánicos y se publiciten euforias de pura retórica utilizadas como instrumentos quirúrgicos o como agujas de acupuntura para ejercer la dominación. El libro es la sangre del escritor como el teatro es la de Charles Chaplin. A su afirmación “este es mi sitio, el lugar al que pertenezco”, Claire Bloom replicó: “creí que odiabas el teatro”, respondiendo Chaplin: “también odio la visión de la sangre, pero la llevo en mis venas”. De todas formas, las editoriales necesitan supervivir, y el escritor es un ser humano, aunque algunos se crean divinos.
Werner Jäger nos enseñaba que “lo que resalta en los primeros filósofos es su consagración incondicional a la lectura y al estudio, al conocimiento y profundización del ser. La sosegada indiferencia de aquellos investigadores por las cosas que parecían importantes al resto de los hombres, como el dinero, los honores, e incluso la casa y la familia; su aparente ceguera para los propios intereses y su indiferencia ante las emociones en la plaza pública dio lugar a conocidas anécdotas: el filósofo era el extravagante y algo misterioso pero digno de estima, que se levantaba por encima de la sociedad de los hombres o se separa deliberadamente de ella para consagrarse a sus estudios. Es ingenuo como un niño, torpe y poco práctico y existe fuera de las condiciones del espacio y del tiempo. El sabio Tales, abstraído por la observación de un fenómeno celeste, cae en un pozo y su criada se burla de él porque quiere saber las cosas del cielo y no ve lo que hay bajo sus pies. Pitágoras, al serle preguntado por qué vive, responde: para estudiar el cielo y las estrellas. Anaxágoras, acusado de no cuidar de su familia ni de su patria, señala con la mano hacia el cielo para decir: allí está mi patria. Común a todos es esta incomprensible consagración al conocimiento del cosmos, a la meteorología, como se decía todavía entonces en un sentido más amplio y profundo, es decir, a la ciencia de las cosas de lo alto. La conducta y las aspiraciones de los filósofos son excesivas y extravagantes en el sentir del pueblo, y la creencia popular de los griegos es que aquellos hombres sutiles y cavilosos son desgraciados porque son perittói, palabra intraducible y mucho más profunda que perito o experto en cualquier sentido, referida a la hybris o soberbia, pues el filósofo traspasa los límites trazados al espíritu humano por envidiar a los dioses”. Sólo me permito discrepar en una cosa: los filósofos, que no son dioses, actúan a veces como los dioses, especialmente en esto que afirma Homero: en que “los molinos de los dioses muelen despacio”. El pensamiento es una tortuga (tartarougos) que avanza como un asno, pero sostiene con su humilde estudio y su abnegación nada menos que al Tártaro. El primer libro de alto bordo no se escribe repicando y estando a la vez en la procesión, sino nocte dieque incubando. De sudor están hechas sus termas cuando aspiran de lo oscuro a lo luminoso.
El lecho y la mesa, enseña Anatole France, son dos muebles que hay que tener en muy alta estima. ¡Un lecho, y no un revolcadero! ¡Y un libro con planteamiento, trama y desenlace! La lectura de un libro requiere concentración, el orden de la prosa supone, si no la hipótesis, al menos la sintaxis. El orden de su imaginería se basa en la parataxis, yuxtaposición sin relación de causa a efecto ni antes ni después, lo tecnológico sustituye hoy a lo genealógico.
1. Don Quijote de la Mancha, II, VII.