Opinión

Alrededores de Salesas

TRIBUNA

Luis Bravo | Domingo 06 de abril de 2025

Es posible que las amistades puedan pensarse como una gama cromática que va desde los tonos más intensos a los más apagados, de los más neutros a los más centelleantes. Como añadido, que dichos tonos no sean determinantes, que cada uno tenga la posibilidad de escoger contradictoriamente lo que le hacen sentir; que los más apagados supongan un chute de energía y los contrarios un refugio ante la variedad de estímulos diarios. Con las amistades sucede igual. Ciertas personas proyectan su imagen al mundo —esmerándose y perfeccionando su máscara o no, siendo así de naturales— y quienes eligen conocerlas mejor se encuentran con una faceta completamente diferente. Es algo que enriquecerá esa comprensión mutua frente a quienes no y les despiste ese vaivén de caracteres. Uno lo ha considerado otras veces, también por escrito: las amistades son para toda la vida, independientemente de si terminan, incluso asegurándose en cada uno por esa ruptura.

La nueva novela de Santiago Isla tiene una especial fijación por esos matices superficiales que representan a cualquier relación amistosa, a cualquier relación que se precie. Su protagonista, Gabriel, es arquitecto de profesión, para más inri, por lo que su mirada está delimitada por su oficio y un estar en el mundo que refuerza ese detenimiento introspectivo. Él está ligado al barrio en el que vive y al que vive con su amiga Sofía Peláez, y esta es una de las bazas de El hombre de mi vida, pues, a partir de su frívolo título, nos permite desmitificar las cotas más altas de la sofisticación y el esmero que ponen algunos en aparentar, en esa pose aristocrática que no deja de ser la clásica rémora de hidalguía a la que tantos siguen siendo propensos, para mayor fortuna, irónicamente, de quienes saben observarla y dejarla por escrito, ocurriendo de este modo en estas páginas. ‘Soy consciente de lo que tienen de opereta nuestras vidas’, dice al comienzo; ‘[…] Quizás es que soy el único habitante del barrio verdaderamente reflexivo, que se plantea sus actos y su manera de ser, analizándolos de manera obsesiva. Alguna vez he acariciado ese pensamiento con soberbia. Luego lo he descartado, y con razón. Simplemente, las almas como la mía tendemos a la soledad y vemos el mundo con una distancia incómoda, paralizante’, admite para ir adentrándonos en esa finura que oscila entre lo medianamente trágico y lo cómicamente patético.

En El hombre de mi vida, Isla nos retira la carcasa delantera del barrio de Salesas, de sus locales y personajes que lo pueblan, para ofrecernos el funcionamiento y su intríngulis más cotilla, capitaneados por la incombustible Sofía Peláez, casi una Lina Morgan chic. El espacio atrae sobre sí todas las acciones, todas se recorren como una espiral que devuelve a las mismas tres calles, la misma plaza diminuta y los eternos deseos de aspiración e incomprensión que aprietan sin ahogar a la pareja, turnándose entre la seguridad y la permisibilidad de cometer el error que sea necesario para volver y entonar el abrasivo y reconfortante ‘Te lo dije’. Malévolo y sensible, describe el protagonista a un conocido suyo, y es ciertamente adecuado el par de adjetivos para extenderlos por entero a la prosa de la novela.

Nos entendemos. Creemos tener las instrucciones de uso de la persona que nos es más querida, presuponiendo que la otra parte siente lo mismo por nosotros. ‘Los amigos son lo que verdaderamente somos’, escribe Isla, y en el vals de claroscuros entre uno y otro surgen los elementos que nos rebasan la paciencia pero al mismo tiempo echamos de menos si nos faltan; las distintas tonalidades que se nos transparentan y constituyen la vida, la de cualquiera, en tensión por lo extraordinario y el fugaz artificio.