Opinión

Vivir del aire

LETRAS, CEROS Y UNOS

David Fueyo | Jueves 10 de abril de 2025

Hay una vieja idea latente sobre la cultura, se la cuento: dicen que los pintores, los escritores, los músicos, es decir, los artistas, vivimos del aire. Que la inspiración nos alimenta, que con un par de aplausos ya quedamos satisfechos; que con esos aplausos vamos al supermercado y compramos pan, aceite y carne: un litro de leche son diez aplausos, una lata de mejillones son veinte. Como si la creatividad tuviera un estómago distinto. Como si pagar facturas con talento fuera posible.

Hace unos días me pidieron que redactara cinco folios para un dossier temático. Un encargo teóricamente bonito, con vocación de dejar huella. No era una propuesta política, sino una candidatura cultural de cierto prestigio. A otro escritor le podría parecer un halago a pesar de lo poco relevante que hay para contar en referencia a ella, la verdad. Pensé en qué especie de atentado textual perpetraría en cinco folios y encontré un pequeño hilo del que tirar. Acepté, pero añadí algo esencial: mi tarifa. La estipulada por la asociación de escritores a la que pertenezco y que la vez pertenece a la Asociación Colegial de Escritores de España, esa brújula que nos recuerda que escribir no es un hobby, sino un oficio.

La respuesta fue una mezcla de sorpresa y decepción, casi como si hubiese traicionado la hermandad invisible del "hazlo por amor al arte". Como si pedir una remuneración justa fuera un gesto antipático. El encargado de este “ilusionante proyecto” creo que elegirá a otro para tan noble labor, a otro o a Gémini, que dicen que escribe bien y no cobra.

Lo curioso es que, días antes, desde el otro lado —una iniciativa contraria, casi rival de la anterior— alguien me había hecho una propuesta similar pero sin número de folios ni más cortapisas. En ese caso, sin dudar, ofrecí mi trabajo sin coste. La paradoja es que aquella vez sí lo sentí como un acto simbólico, un gesto militante, un sí rotundo a una causa con la que tengo un vínculo emocional y que, además, tiene el delicioso sabor de lo imposible, de lo alocado, de lo ilusionante de verdad. ¡Adelante! Pero en la otra ocasión, la de los cinco folios, no: me estaban pidiendo trabajo profesional. Y el trabajo, como bien sabemos, se debe pagar.

Esto no es un caso aislado. Recuerdo a un amigo músico al que invitaron a tocar en una jornada “benéfica”. Todo bien, hasta que le dijeron que no había presupuesto, pero que habría “visibilidad”. Como si su alquiler aceptase visibilidad como moneda, mientras que, casualidad, otros profesionales (alquiler de escenarios, de sonido, los de los WC portátiles, seguridad, etc. sí cobraban). O el amigo pintor al que le pidieron una portada “chula y alusiva al texto” para un proyecto editorial… sin presupuesto pero con promesas de futuras colaboraciones. Spoiler: nunca llegaron; es más, lo que llegó fue el insulto rastrero y ruin una vez que, tras tres portadas por el papo, le pidió 60€ por la reproducción de un cuadro hecho ex profeso para la novela.

Hay una resistencia sorda a reconocer que la cultura cuesta. No es sólo tiempo, es técnica, experiencia, horas de ensayo, años de estudio, materiales, herramientas, cuerpo, cabeza, y sí: alma. Pero incluso el alma, cuando se convierte en producto cultural, necesita alimento sólido y líquido, y cobijo, y gasolina, y pagar la ITV y la conexión a internet y, bueno, qué les voy a contar…

No se trata de mercantilizar cada poema o cobrar cada párrafo como si fuera una barra de pan. Se trata de dignidad. De saber que cuando alguien nos pide cinco folios —bien escritos, con voz, con peso— no está pidiendo un favor, sino contratando una mirada que le servirá para glosar su proyecto, para hacerlo pomposo, para conseguir un fin lucrativo que parece una obligación.

Vivir del aire está bien si uno es viento. Pero quienes escribimos también comemos, vamos al gimnasio, criamos hijas, pagamos la luz y el gas. No pedimos más que eso: que se nos considere trabajadores. Que se nos vea no sólo como artistas, sino como personas que, por oficio y por derecho, también cobramos.

Como decía Ramón Gómez de la Serna, “cuando el arte se da gratis, lo que se paga es el desprecio”, pero, por lo visto, sale más barato el desprecio que decir un simple “gracias”. Pero tranquilos, seguiremos los de siempre, los “envenenados de literatura” como decía mi querido Gerardo Lombardero. Mientras los necios, desde las casas de sus papis, seguirán pidiendo portadas “molonas” para su basura impresa, haciendo pensar que los creadores vivimos, literalmente, del aire.