Si alguien me preguntase cuáles son los siete países más importantes de la Humanidad después del ocaso del mundo grecorromano, sin duda alguna que al confeccionar esa lista metería a Turquía en cuarto o quinto lugar. Turquía, además de una gran potencia de la actualidad – a pesar de su crisis económica coyuntural y exógena – ha sido el solar en donde se han desarrollado las más grandes civilizaciones del Mundo, hetitas, persas aqueménidas, griegos, romanos, bizantinos, sasánidas, selyúcidas, otomanos y, finalmente, claro, la nueva Turquía que puso en marcha la gran luminaria de Mustafá Kemal Ataturk, por cuyos principios y reformas siguen jurando hoy todos los miembros de la Gran Asamblea Nacional, todos los altos cargos de la Administración del Estado y el propio presidente de esta gran República laica. Cuando nuestro genial Berceo balbuceaba un castellano muy rudimentario para levantar sus soberbios “Milagros de Nuestra Señora”, toda una hiperdulía con estructura literaria feudal, ya Mevlânâ, en la deslumbrante Konia selyúcida, con la cúpula dorada de su mezquita, dictaba a Hüsameddin Celebi el imponente Mesnevî con sus 25.618 versos organizados en pareados con rima “a-a”, “b-b”, “c-c”, etc., propio del estilo prosódico del “mesnevî”, que pudo inspirar a Dante la Divina Comedia. La Divina Comedia, como obra literaria, ha influido en el cristianismo lo mismo que el Mesnevî de Mevlânâ, en el Islam. Por otro lado, Mevlânâ “domesticó” el Islam y lo hizo una doctrina amable y abierta a las demás religiones, extremo que continúa en la Turquía actual. El gran Lessing rememoraba aquella gran Turquía tolerante en su Natán el sabio. Escritores turcos de todos los tiempos como Ahmedi, Alí Sir Neval, Karacaoglan, Sinasi, Ziya Pasa, Orham Pamuk o Elif Shafak, además de esa maravillosa literatura popular que son los Cuentos de Nasreddin Hoca, mezcla de fábula en prosa y literatura picaresca oriental, que contiene sin duda la gran sabiduría y experiencia histórica del pueblo turco, y que sin epifonemas o moralejas de Perogrullo nos obligan a pensar sonriendo, nos prueban la importancia insoslayable de Turquía en la cultura universal. Ya no digo nada de la música, arquitectura, cine, etc. del genio anatolio, que engrandece este gran país y lo hace efectivamente Sublime.
Viene toda esta entrada de laudes a la democracia turca porque me escaman mucho los desórdenes y protestas que se producen contra Recep Tayyip Erdogan en las calles de Estambul ( eis tên pólin ), por el hecho de haber sido detenido su oponente político Ekrem Imamoglu, alcalde de Estambul, a quien se acusa de colaborar con terrorismo, y no tener una carrera superior que le permita no sólo ser diputado y poderse presentar como candidato a la República turca, sino tan siquiera participar en las elecciones para poder elegir al presidente de dicha República, según el Artículo 101 de la Constitución de su país. Me mosquea mucho porque hace poco más de ocho años, en 2016, siendo presidente de los EEUU Barak Obama, hubo un serio intento de golpe de Estado desde las Fuerzas Armadas, que, aunque fracasó, supuso más de cien muertos entre el bando golpista y el bando leal a la Constitución. Afirmó entonces Tayyip Erdogan que el golpe se había gestado por turcos desde EEUU, pero con la connivencia y apoyo del gobierno americano.
Es cierto que hay cosas en la Constitución turca que nos pueden chocar, como que sólo los mayores de 40 años y con carreras superiores pueden elegir al Presidente de la República, o que todos los derechos democráticos expuestos en esta Constitución pueden quedar sin efecto debido a un muy evanescente concepto de “moral pública”, concepto este que se extiende por todo el texto constitucional. Pero estos hechos se relacionan con las costumbres vernáculas y la mundivisión de la civilización turca, que es musulmana, y en nada empañan la esencia de una verdadera democracia. En Turquía, a diferencia nuestra, existe una verdadera separación de los tres poderes del Estado, no existen, a diferencia nuestra, tribunales especiales o extraordinarios y ningún ciudadano puede separarse de su jurisdicción ordinaria, los sindicatos y los partidos políticos se forman sin autorización previa, y lo único que se les prohíbe, a diferencia nuestra, es la secesión y los deseos de dictadura, ningún partido, a diferencia nuestra, puede ser subvencionado ni ayudado económicamente desde el extranjero, el Ombudsman es elegido por dos tercios como mínimo de la Gran Asamblea Nacional, los delincuentes, a diferencia nuestra, no pueden ser candidatos, no se puede ser miembro, también a diferencia nuestra, del gobierno – poder Ejecutivo - y ser miembro de la Gran Asamblea Nacional – poder legislativo -, el Tribunal Supremo puede cesar al Presidente de la República. Por otro lado, percibimos una gran influencia del pensamiento de Benjamin Constant en esta Constitución: si la Asamblea Nacional decide acabar con el Presidente de la República, éste disolverá la Asamblea y convocará elecciones tanto a la Asamblea como a la Presidencia. Lo mismo ocurre si el Presidente quiere disolver la Asamblea, también deberá él mismo sufrir un proceso electoral. Esto es, ningún poder ( Legislativo y Ejecutivo ) puede disolver a otro sin disolverse a sí mismo. El Poder Judicial es independiente, y la cooptación es el sistema utilizado en la promoción de los jueces.
¿Qué autoridad moral tiene entonces la Europa de Ursula von der Leyen, la Sultana de Bruselas-Luxemburgo-Estrasburgo, que saca de la palestra política mediante palafreneros togados a Calin Georgescu en Rumanía, a Marine Le Pen en Francia, y que, quizás, también aplauda el atentado contra Robert Fico en los hermosos Tatra, para dar lecciones de infame moralina woke a la gran República laica de Atatürk?
Que la flauta turca o ney nos enseñe la naturaleza del amor.
“Es el fuego del amor lo que ha vuelto demente al Ney,/ y es el deseo de amor lo que hace fermentar el vino./ El Ney es un amigo para aquellos que pierden a sus compañeros,/ nuestros pechos también están perforados como las divisiones del Ney./ ¿Quién ha visto jamás un antídoto y un veneno como el Ney?/ ¿Quién ha visto jamás un amigo consolador como el Ney? El Ney cuenta historias de los caminos y las espirales peligrosas,/ las historias de amor de Majnun y sus sangrientas luchas./ Quien conoce estos sentimientos es insensible,/ solo un oído puede ser amigo de una lengua que habla./ Nuestras penas han hecho que nuestros días se desvíen,/ mientras que los días han seguido al tiempo para convertirnos en su presa./ Si los días pasan, no te preocupes, déjalos pasar,/ Oh Tú, el Único Piadoso, prolonga tu estancia conmigo./ Si no eres como pez en el agua, pronto te cansas,/ si no tienes pan de cada día, el tiempo te es indeseado./ Para un hombre inferior, la etapa de un hombre perfecto es demasiado alta,/ así que abrevia la historia y dile "adiós".” (Mevlânâ)