Opinión

Las Ventas en el banquillo

Pedro J. Cáceres | Domingo 30 de noviembre de 2008
De aquellos lodos estos barros. Hace años que la Comunidad de Madrid está en el ojo del huracán, y en los tribunales, en la resolución de adjudicación de los sucesivos concursos para gestionar la plaza de toros de Las Ventas.

El último azote ha sido citar como imputado, a requerimiento del querellante y el fiscal, al director gerente del Centro de Asuntos Taurinos como sospechoso, al menos, de colaboración en falsedad de documento público, en la querella que por tal motivo se interpuso a instancias de Simón Casas contra el adjudicatario J.A. Martínez Uranga por su declaración de experiencia profesional para licitar a dicho coso.

La letra pequeña del informe del fiscal parece querer ir más allá y derivar responsabilidades de irregularidad que condujeron a una adjudicación injusta a sabiendas, y cuya figura jurídica tiene nombre explícito.

Para no enfangarnos en datos, recordemos que se trata del concurso de 2006 para los dos ejercicios siguientes, ya consumados, y para el venidero, puesto que la Comunidad ha otorgado la prórroga solicitada por el empresario y que ahora es nuevo caballo de batalla por razones tan lógicas como obvias.

En aquella ocasión la resolución del concurso fue favorable a Martínez Uranga por 1.28 puntos, siendo la piedra angular el capítulo de experiencia puesto que, según las baremaciones, antes de dicho capítulo, Casas ganaba en todos los apartados con un global de poco menos de 9 puntos a la oferta del empresario vasco.

Hacían falta, por tanto, 10 puntos en el capítulo citado para obtener la adjudicación; con el precedente, en contra, de la anterior licitación, 2004, en que en tal sentido Casas sacó 3.75 puntos en diferencia favorable respecto de Uranga.

En base a una serie de “olvidos” –confesados-, en la licitación del 2004 Uranga acredita unos 47 años de experiencia, que se doblan, en tan solo dos temporadas, en el documento objeto de proceso y que forma parte de la oferta para el concurso impugnado.

Uranga fue llamado a declarar para salir imputado. Lo hizo la mesa de contratación. Mas tarde declaran, entre otros, Luis Alviz, en su día gerente por designación municipal de la plaza de Cáceres, antes de 2006, fecha en que expide certificado como tal de colaboración en tal gestión del sr. Uranga sale, igualmente imputado. Misma situación que la del representante, Fernando Madruga Real, del Condominio Plaza de Toros de la Glorieta de Salamanca en cuya gestión se alternan la familia Chopera.

Otras presuntas irregularidades confundiendo colaboración o asesoramiento personal con gestión se detectan en plazas como Badajoz, propiedad del empresario y que arrienda desde hace tiempo a José Cutiño; y cosos como el de Cuenca y Tarragona entre otros, cuya gestión es personal y nominativa al fallecido hermano de M. Uranga, Javier.

Compaerce, como testigo, el gerente del centro Gómez Ballesteros, al que la mesa de contratación deja al pie de los caballos, cargando toda responsabilidad sobre él en cuanto a informes y verificación de certificados, de forma que sale imputado y citado de nuevo a declarar, como tal en el próximo mes de diciembre.

Hasta aquí la síntesis de lo que se cuece, en fase de instrucción, en un juzgado madrileño.

El caso pinta mal; peor, después de conocer por un portavoz del gobierno regional que la Comunidad está ávida de esclarecer los hechos por entenderse víctima. Aunque da el “abrazo del oso” a Ballesteros cuando se pregunta por su imputación aduciendo que “él recibe y examino los documentos, pero no los presenta”.

Y la reflexión

¿No hay una responsabilidad institucional “in vigilando” e “in negligendo”?

¿No llovía sobre mojado con el referente del concurso anterior y otros?

La clave la puede tener, quien, conociendo el paño, bautizó al gerente como “El botones sacarino”.

Conociéndole, y sin poner la mano en el fuego, es incapaz, por prudente, de tomar decisiones –por irrelevantes que sean- por sí mismo. Hombre de lealtad servicial; y nunca hacia el empresario: descártese la prevaricación voluntaria.

De disciplina militar y por lo tanto con sumisión convicta a la jerarquía; a la cadena de mando.

A partir de ahora, de apellido “cabeza” y de nombre “turco”. La contraseña “me comí el marrón”.

¡Al tiempo! Si no le vemos en la Asamblea, por supuesto, sin voz pero sí con el voto cautivo de la disciplina de partido.

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