Opinión

China y USA

TRIBUNA

Fernando Muñoz | Sábado 12 de abril de 2025

Democracia se distingue de liberalismo porque sus definiciones se establecen sobre criterios distintos. Liberal es un régimen político en el que el poder del Estado tiene fijados límites infranqueables. En un régimen liberal se defiende una esfera de vida privada liberada de las exigencias políticas, del abrazo asfixiante del Estado. Democrático es un régimen en que el cuerpo electoral elige periódicamente al que ha de investir el poder ejecutivo del Estado y se asume un poder dividido cada una de cuyas partes sirve de contrapeso a las otras. Que ese juego de equilibrios sea fantástico o efectivo es ya otra cosa.

Si se admite esta distinción será fácil comprender que un régimen liberal puede no ser democrático o que un régimen democrático puede no ser liberal. Es tan habitual reunir democracia con liberalismo que la expresión “democracia liberal” les resulta a muchos una expresión redundante o enfática. Hace tiempo la líder de entonces de los liberales españoles pedía que nos dejáramos de zarandajas porque, a su juicio, no había más democracia que la liberal y las llamadas democracias populares u orgánicas eran únicamente dictaduras disfrazadas. La misma señora, me atrevo a apostar, consentiría pese a todo en que la actual democracia española es una democracia totalitaria. Ortega en un artículo magistral hablaba de “democracia morbosa”. Ignoro si consentiría también con la posibilidad de una dictadura liberal. ¿No respondería a semejante figura la conocida dictablanda?

A mí no me cabe la menor duda de que la oligarquía dominante hace tiempo que demolió toda resistencia al poder omnímodo del Estado de manera que estoy convencido de vivir en un régimen totalitario que es, al menos formalmente, democrático. Al margen de la condición de nuestro cuerpo electoral.

Ir con flores a Ho Chi Minh y extasiarse ante el modelo político-económico chino es apropiado al régimen en vigor. El régimen chino parece especialmente bien adaptado a la extremada política actual y es posible que la oligarquía al mando en Occidente quiera mimetizar su forma. Se trataría de pasar del totalitarismo democrático a un totalitarismo sectario o de partido. Asimilar a la oposición o extinguirla, integrarla en el partido total o excluirla – permítanme que evite mayor determinación – es la condición previa a semejante transformación.

Acaso fantasean nuestros próceres con la institución en Europa del régimen del crédito social y con las posibilidades tecnológicas de constitución y gestión integral de las conciencias. No es mucho fantasear, a la vista de lo avanzado de su programa de abolición de la familia y de absorción de toda vida antropológica por el Estado. Acaso sorprenda a algunos que los liberales de nuestro tiempo trabajen en la misma dirección y prometan, por ejemplo, que las viviendas pronto carecerán de cocinas porque las empresas habrán asumido su función, podríamos añadir que carecerán de alcoba por la misma razón. Les separa de los demócratas totales su preferencia por el mercado, frente al Estado. Sabemos ya que es una dicotomía engañosa y que Estado y Mercado son el haz y el envés de la misma sociedad moderna, racional y progresista. De ahí que sea engañosa la alternativa que se nos ofrece entre la República Popular China y los Estados Unidos de Norteamérica.

Sólo encuentro alternativa en la defensa de una esfera privada, inalcanzable por un Estado débil e idealmente inexistente, pero una esfera privada que no sea el mero escenario de la sociedad civil o burguesa, reducida a la actividad económica en un mercado de individuos abstractos que establecen contratos en defensa de intereses egoístas. La alternativa real se encontraría en la construcción de una esfera no privada sino comunitaria, en la que los acuerdos reales tuvieran como horizonte el bien común. Esto podría sonar a chino a nuestros gobernantes, pero debería sonarles a latín.