Opinión

El publicista como ideólogo

TRIBUNA

Gastón Segura | Domingo 13 de abril de 2025

Desde hace unos veinte años barajo, de cuando en cuando, la pregunta: ¿un sistema de gobierno concebido durante la Ilustración es capaz de digerir la nueva era digital o acaso lo fulminará? Me surgió simplemente mirando cómo los transeúntes de la calle manejaban el teléfono móvil con la mayor desenvoltura. Además, ya me constaba que los ordenadores personales habían superado el ámbito laboral para ir asentándose como un nuevo y singularísimo electrodoméstico, y en algunos hogares disponían de, al menos, un par, más algún portátil.

Por el contrario, nuestro sistema de gobierno, la democracia representativa, había sido trazado durante la expansión de la llamada Galaxia Gutenberg por Marshal McLuhan, cuya aspiración y, a la vez, sustento era la alfabetización de todos los hombres hasta convertirlos en ciudadanos libres; en consecuencia, el fomento y la práctica de la lectura eran inherentes a este tipo de gobierno, en tanto su ejercicio, al exigir la traducción de las grafías para su comprensión, imponía un mínimo sosiego y un necesario cavilar. Sin embargo; este otro nuevo paisaje de telefoneadores callejeros, incrementado vertiginosamente desde la llegada de los smartphones hasta permear la intimidad, donde ha germinado incluso dependencias morbosas, ha mutado aquella Galaxia Gutenberg en una Galaxia Digital. Y uno de los síntomas más notables de este novísimo periodo es precisamente la veloz disminución de la lectura de los diarios; hábito —la adquisición de información con exigencias de veracidad— casi imprescindible para cualquier ciudadano, consciente de su poder decisorio en una sociedad democrática.

Y aunque esta nueva circunstancia hubiese sido vaticinada por Martin Heidegger en su célebre conferencia «La época de la imagen del mundo» (1938), donde pronosticó un porvenir sometido a la tecnología, no me suponía el menor consuelo, cuando su consecuencia, en palabras de Jean Baudrillard, ha sido tornar la realidad en mero simulacro. Bastaría con que observásemos la proliferación de los avatares y otras invenciones virtuales como las criptomonedas o la más monumental y regidora de todas: el mercado financiero mundial, basado en especulaciones y expectativas sobre valores fluctuantes, para captar cómo se disipa el topos llamado realidad y cómo la existencia va deviniendo en una mera representación. De ahí que sea muy significativo escuchar con suma frecuencia el uso del término relato —con cuanto de ficción conlleva— suplantando las voces de exposición o de explicación. Paralelamente, las aplicaciones o plataformas de comunicación instaladas en los smartphones, alentadoras del mensaje breve, han restringido, por su constante uso, el campo lingüístico de sus practicantes, cuya notoria consecuencia es la esclerotización de la habilidad para argumentar; corolario: se va imponiendo, como tajante sustituta de todo razonamiento, la escueta aserción. ¿Y quienes si no los publicistas son los más capacitados en el alumbramiento de la frase corta eficaz —el slogan— y en la mostración de un mundo tan falso como placentero —el spot—?

Es más, su presencia como prescriptores no tanto de la apetencia —la campaña de ventas— sino hasta del lenguaje y los juicios cotidianos se siente incluso antes de la implantación de esta nueva Galaxia Digital; reparen, por ejemplo, en la divulgación desde hace lustros entre la prensa y los políticos —y luego, naturalmente, entre los ciudadanos— de una voz propia de su jerga profesional: impacto; después prolongada en verbo, impactar, y hasta en feo calificativo, impactante, postergador de otros muchos y contradictorios (estremecedor, sobrecogedor, abrumador, sorprendente, entusiasmante…). Una difusión constatadora de la simbiosis de los publicistas con los otros dos oficios —políticos y periodistas— tan fundamentales, por otra parte, para nuestro sistema de gobierno. Al punto que los políticos, durante las campañas, precisaban y precisan de las certeras orientaciones de los publicistas para persuadir a la muchedumbre a través de los mass media. Y por esta vinculación, tan semejante a la de Mefistófeles y Fausto, descubrieron ambos —publicista y político— en cuán obsoletas habían devenido las ideologías y en cuán formidable para sus embaucadores propósitos era un reciente e imprevisto fenómeno: la mella causada por las aplicaciones digitales en la capacidad de razonamiento del elector, encima embotado por la avalancha de mensajes —sean verosímiles o no— depositados diariamente en su imprescindible teléfono móvil y donde podían intervenir a conveniencia.

Y si por un momento admitiésemos la célebre sentencia de McLuhan «el medio es el mensaje»; y el mensaje —o sea, el slogan— no es más que un simulacro ocasional para obtener el favor de las urnas; entonces, ¿cómo no deducir que el propio político —el medio— es otro simulacro? Esto aclararía el advenimiento de figuras como Donald Trump —adiestrado para el manejo del simulacro durante sus años de showman televisivo— allá, y más acá, de Pedro Sánchez, quien carente de esas habilidades, utiliza la propagación de consignas galvanizadoras de la opinión pública que duran desde tres a quince días, sin importarle si incurren en estruendosas falsedades, pues su pretensión es disimular constantemente la incapacidad injerta en su gobierno por su forzado origen; aun cuando el recurso permanente a estos burdos mensajes ha acabado desvelando lo grotesco del empeño. Algo sumamente dañino para el imaginario pacto social donde descansa nuestro sistema; y sin esa ilusión admitida por los ciudadanos, la democracia representativa queda en el entredicho y al borde de su desplome. Lo fatídico de tal amenaza máxime cuando, para sucederla, no se ha pensado todavía un sistema capaz de asimilar la Galaxia Digital sin menguar derechos— atañe a las cómodas libertades disfrutadas hoy por todos, que resultarían sepultadas durante ese calamitoso derrumbe.