Opinión

Silencio, se rueda

TRIBUNA

Luis Bravo | Domingo 13 de abril de 2025

Lo cierto es que a la realidad le gusta más el artificio que a un tonto un lápiz. Se entrega deseosa a la comparación con alguna obra de arte, con algún escenario de película, aunque eso suponga dejar de existir y ser reconocida solamente por la sustracción del recuerdo mismo. Es el precio a pagar, qué remedio, pese al fondo de infelicidad que acarrea. Por otra parte, quedándonos con el ámbito cinematográfico, al visitante le permite reconocer un pasado, un mundo que nunca conoció. En el caso de la escritora Milena Busquets, un episodio crucial de su vida y el literario que lo acompañó cuando se hizo en forma de libro. Ahí, la realidad se pliega sin ningún impedimento ante el imparable deseo de recordar, y a su vez, retomando las deudas pendientes.

Era una noticia sabida que la adaptación de su novela de tintes biográficos También esto pasará, un éxito de crítica y público y de ventas y traducciones en el extranjero, sucedería, porque era esa clase de libros que son jugosas piezas para la gran pantalla, aunque en el camino pudieran perderse entre miles de decisiones productoras. Así lo empieza a contar Busquets en La dulce existencia, un personal cuaderno de rodaje llevado durante el susodicho con la particularidad de que ella ha elegido permanecer detrás de los focos, entrando y saliendo del set, merodeando como la indecisión provoca ante la página en blanco. Llegado el instante, tras varias visitas, afirma tener claro que escribirá de todo eso. Del dicho al hecho siempre pueden ocurrir infinidad de pormenores que disuadan o empujen a revitalizar ese ímpetu, pero en esta ocasión las tenía todas consigo. Lo que se estaba recreando era demasiado importante para hacer la vista gorda, pese a que Busquets, en su estado de decisión más cómico, toma la de no leer nunca el guion, y apurando, la de ni siquiera ver el resultado final. Mejor, le comentan algunos. Mejor, y esto es cierto, para la rienda suelta de su literatura.

La dulce existencia es la constatación de las mejores armas de Busquets, de sus últimos libros que poseen un marcado tono confesional, muy francés, conjuntado con ese charme barcelonés que a muchos podrá irritar, motivos no les sobrarán, pero que conviene disfrutar por el delicado hedonismo que transmite y maneja. Están todos los elementos para no faltar a la cita: el carácter que mezcla el ser despendolada con una seriedad y raciocinio inusitados, como de ráfaga helada que interrumpe la diversión; los ex, los ligues, figuras móviles con sus sombras proyectadas o solapadas unas sobre otras; Cadaqués como pueblo costero idealizado pero con sus destellos de inmovilidad, con sus achaques de paraíso perdido; los hijos, demostración absoluta de su cariño y su puesta de pies en la tierra gracias al cinismo del que son capaces; su madre, el tiempo que siempre se pide, se diga o no, para recobrarla a su lado.

Es un alivio que se publiquen libros de este tipo, retales de otros y bocetos de siguientes. Su pasar de formato de diario a cuaderno de rodaje y a capítulo suelto de novela, es prueba y desafío a los corsés que muchas propuestas parecen temer todavía, no siendo este ejemplo el de ningún alarde estilístico; únicamente la necesidad de dejar por escrito cuán vitales fueron algunos momentos y la comunión que podemos volver a sentir con ellos, hacia ellos. Como la secuencia que se narra —en su novela y la película— del lanzamiento de una alpargata en un restaurante entre los protagonistas, una secuencia bastante subyugante para el lector atento, como la baldosa proustiana que se mueve al pisarla y dispara los recuerdos, visitarlos de nuevo harán que se conviertan en una experiencia admirable.