El Hongo es una roca trágica. Emergiendo de las aguas turquesas de la célebre playa Balandra (por muchos considerada como la mejor de todo México), esta estructura fungiforme lleva milenios desafiando al viento, la lluvia o las mareas, y aún hoy resiste al mero destino. Cuando el escritor Eduardo Rojas (La Paz, 1970) regresó a la Balandra, mucho después de haber correteado de niño por sus inmaculadas arenas blancas, jugado entre sus mangles o buceado a través de sus arrecifes, se topó con un Hongo que parecía el mismo, pero no lo era. Averiguaría entonces que no fue el sino inevitable, sino un grupo de turistas quien, años atrás, pusiera repentino fin a la vida del ícono natural de Baja California Sur al subirse imprudentemente a su sombrero. Fue la mano del hombre la que rompió su estoica resistencia, aunque afortunadamente también la ‘resucitaría’, en cierta forma. Pero jamás sería el mismo.
Como sucede con El Hongo de la Balandra, la historia de Napoleón Chicomóztoc, principal personaje de la última novela del escritor pacense, es profundamente trágica. Nació también condenado, en su caso por la locura, y al igual que la roca, nunca dejó de luchar. Hasta que un día "salió a buscar la lluvia" y lo único que quedó de él fue una bicicleta enterrada en la arena de un estero… Y apenas nada (Drácena, 2024) tiene bastante de biografía y mucho de poético. Se sitúa en el lugar ficticio de Los Arenales (también en Baja California) y, como reconoce su propio autor, está inspirada en un conocido que pasó por una enfermedad mental.
Podríamos decir que es esta una pequeña gran historia en torno a la figura de un loco desgraciado que trae de cabeza a cuantos le rodean. Sin embargo, eso sería simplificarla en extremo y reducirla casi al absurdo. La novela se estructura en torno a capítulos brevísimos, más cercanos al poemario que a la narrativa, escritos en una suerte de prosa poética poderosa que combina frases muy cortas con un lenguaje popular que teletransporta al lector a esas remotas latitudes. Pero que nadie se lleve a engaño. Bajo esa aparente sencillez, se esconde una profunda reflexión sobre la pérdida y el tiempo; ese tiempo ya pasado que, aunque "siempre jala para adelante", nos hace regresar cíclicamente a nuestra memoria.
Tu libro se titula Y apenas nada. La nada es un concepto engañoso, porque a veces, incluso aunque pensemos que estamos vacíos o sin nada a lo que aferrarnos, ese propio pensamiento puede esconder algo en su interior…
Claro. Esa es la angustia filosófica que nos da a todos también. Si ya pensé en la nada y ya la nombro, deja de ser nada automáticamente. Es algo. Somos nada y somos todo. Hay un principio y un final. Tenemos dos certezas: el nacimiento y la muerte; y lo que queda en medio es como un vacío que asfixia la existencia.
¿De dónde vino la idea para una obra tan particular?
Siempre quise escribir una historia sobre mi pueblo en Baja California Sur. Es una historia dura para mí porque sí tiene que ver con alguien que conocí, que también sufrió una enfermedad mental. Cuando volví a mi pueblo para curar ciertos dolores emocionales, pensé en usar como pretexto un hecho tan sencillo como que alguien desaparezca, sirva para expresar cómo el tiempo se vuelve circular. Me di cuenta de que lo que estaba contando era una crónica involuntaria, y al mismo tiempo, una historia sobre el dolor del no regreso, como si todos los personajes fueran abandonados y estuvieran esperando…
Llama la atención el formato, con esos breves capítulos, dispuestos casi como poemas en una suerte de prosa poética y realista, pegada a la tierra, o mejor dicho, a la arena…
La memoria está cargada de una poesía muy callada que te impide expresar con claridad los sentimientos del pasado y descubrí que no podía explayarme con una prosa muy larga, frases complejas o una narración demasiado explicativa. Así que sólo me salían estampas. La prosa se debe adecuar al tema y no al revés. Tratando de encontrar nuevas maneras de contar todo eso, di con una biografía de Kandinsky en la que cuenta cómo llegó a la abstracción. Dice que en un momento se percató de que tenía que retirar de la pintura el motivo y dedicarse sólo a lo sensible y a la composición. Ahí me di cuenta de que tenía que quitar a la historia toda la carga de la trama. No podía contarla de forma convencional, tenía que ser una cosa mucho más musical y visual. Los capítulos más largos no funcionarían.
También destaca el uso del tiempo, que viene y va, en un ordenado desorden cronológico…
Son como espirales cronológicas que se van encimando unas a otras porque parten de un pasado, de un final, que no es el último porque es el principio del final. La propuesta es que no haya final. Que el final sea al principio del libro, cuando el protagonista se va en una bicicleta. Al final sólo queda la espera.
El personaje principal del libro tiene nombre de emperador y apellido de leyenda mexica (Chicomóztoc, el lugar de las siete cuevas, que representan los siete linajes o tribus originarias que salieron de Aztlán para fundar sus ciudades y culturas). ¿Por qué?
Fue uno de esos caprichos y juegos que hace uno, porque si no las hacemos así sería un poco aburrido escribir. Lo de Napoleón viene porque en México suelen decir que alguien se pone el sombrero de Napoleón para referirse a que se volvió loco. Y el apellido, efectivamente, proviene de esa leyenda y está cargado de misticismo porque es imaginario, pero a la vez implica también la espera de un retorno al origen. También quería que fuera el único personaje con dos nombres y que fuera difícil de pronunciar, que se saliese del ritmo y de la armonía.
En un momento de la obra se dice: "Tiene que llover para que se haga verdad" ¿Por qué Napoleón ansía tanto la lluvia?
Es el deseo perenne de que suceda algo insólito. En Baja California Sur llueve muy poco. Eso que se cuenta es cierto, la gente a veces salía a perseguir la lluvia porque ésta a veces estaba tras los cerros. Es un anhelo persistente porque, en su locura, todo lo empieza a relacionar con el hecho más inverosímil del desierto, que es la lluvia. Cuando nace su hijo llueve; cuando se va su mujer, llueve; cuando lo encierran en el psiquiátrico… Él cree que es un ciclo que se tiene que cumplir…
"Todo el que atraviesa un desierto es porque quiere llegar a otro sitio"
Como elemento opuesto, el desierto: "Hasta en el desierto más seco acaba por llover algún día". Y también: "Nada dura en el desierto, sólo las espinas que son como deseos vueltos tierra"…
Mi padre, por su trabajo, pasaba mucho tiempo en el desierto y ahí descubrí su riqueza. Cualquiera pensaría que el desierto es un lugar tranquilo, pero yo no he visto sitio más ruidoso para dormir. Se oyen los coyotes y hay una vida nocturna maravillosa. Su cielo me produce una ansiedad curiosísima porque es tan azul que parece que te va a caer encima. Después de venirme a Galicia descubrí lo contrario: el agua, porque yo me vine al sitio más lluvioso de todo el mundo (risas). Todo el que atraviesa un desierto es porque quiere llegar a otro sitio. El desierto, como en Lawrence de Arabia, es sólo un evento que se te ha cruzado en el camino y está plagado de caminantes, no de residentes. Todo al final es polvo, como en la vida. Hay un determinismo en el medio ambiente, que condiciona las acciones y ciertas maneras de ser, que a veces pasan desapercibidas en este mundo donde parece que todos tenemos que ser como iguales.
Al antihéroe trágico del libro le sucede algo que quizá nos ocurre, aunque en menor medida, a todos: no conoce a su padre y apenas a su hijo… ¿Valoramos lo suficiente a quienes nos rodean?
Depende quien sea el que te rodea. Lo que me interesaba tratar era cómo reconstruimos a los que no conocimos. Le damos un valor por necesidad a esas personas porque maleamos los recuerdos para que nos den un aliento en el presente. Como decía Shalámov, "la humanidad tiende a recordar las cosas buenas y olvidar las malas para sobrevivir". Lo que creo es que, más que a quienes nos rodean, lo que a veces no apreciamos es la existencia. Nos quejamos de las cosas cuando han pasado. Eso es una estupidez muy grande. Somos una sociedad muy caprichosa y mimada. Si no sabemos apreciar la existencia, cómo vamos a saber apreciar a la gente que está a nuestro alrededor. Es una enfermedad actual, de esta rapidez ‘pseudoinformada’ en que vivimos.
"Han convertido las ciudades en escaparates para selfis"
¿Cuánta gente muere cada año haciéndose selfis subida a trenes, montañas o rascacielos?
Si no lo mata el tren al caerse, te da ganas de ir y matarlo tú, por tarado. Nos han querido dejar como huérfanos que necesitan constantemente la aceptación del otro, cuando al final a todos les importa una mierda porque todos se miran al ombligo. Han convertido las ciudades en escaparates para selfis.
El libro exuda un cierto determinismo trágico y zozobrante. Napoleón parece condenado desde el principio, en su caso por la locura. ¿Hay tragedias inevitables? ¿Hay hombres malditos?
Siempre he escrito historias trágicas en las que se anuncia el final, al estilo griego. Creo que la tragedia radica en que el final lo sabemos. Lo que pasa es que no sabemos cuándo ni cómo, lo que genera la expectativa más maravillosa que es la vida. Como seres trágicos lo que queremos es creer que, en cierta manera, vamos a poder romper la tragedia. Sabemos del final y también de la existencia, que cada vez nos exige más sacrificios, como la vejez. Uno no puede huir de la tragedia, no se puede eludir. El personaje de la novela que más trata de romper su sino es el propio Napoleón Chicomóztoc, el único que se va, que trata de quitarse ese peso del destino.
Su madre, la Lobina, es la única que nunca pierde la fe. ¿Es el amor maternal el más puro?
Pues es el más real. No sé si puro o impuro.
Por otro lado, su mejor amigo, El Plebe, termina casi como él, aunque en este caso, devorado por el miedo; ese que Napoleón le hizo olvidar, pero que regresó mucho más poderoso una vez se separaron… El miedo nunca se va si no lo enfrentamos, ¿verdad?
El miedo te persigue. Es un fantasma que te come. El miedo es de las cosas que más te limitan y hay que aprender a vencerlo.
"El miedo sólo se vence con la experiencia, pero activa, no pasiva"
¿Cómo?
Pues no lo sé. Mirando hacia adelante, con acción más que con razón. Tú lo ves con los niños, cuando tienen miedo a la noche. Por más que les expliques que en la noche no pasa nada, hay algo que pertenece al punto de lo mágico. El miedo sólo se vence con la experiencia, pero activa, no pasiva. El miedo lleva al Plebe a estar como alcoholizado, porque él encuentra un pilar que es esa mujer que él quiso.
Pero en cuanto se queda solo, el miedo vuelve multiplicado…
Vuelve eso, más el miedo a un fracaso que fue. Como se dice en la novela: "No fuimos ni la mitad de lo que dijimos que seríamos".
El más famoso Napoleón fue desterrado en dos ocasiones a sendas islas: primero a Elba, entre Córcega e Italia, de la que volvería; y finalmente a Santa Elena, donde terminaría sus días. Este Napoleón, en cambio, ya ha nacido, podría decirse que condenado. ¿Supondrá su inesperada partida también su salvación?
Yo creo que sí. Es muy mesiánico en cierta forma. Se va, pero vuelve de otra manera.