Cultura

"La importancia de los premios literarios está en las dotaciones económicas"

ANTONIO TOCORNAL

José Manuel López Marañón | Miércoles 16 de abril de 2025

Antonio Tocornal ha publicado las novelas La noche en que pude haber visto tocar a Dizzy Gillespie (XXII Premio de Novela «Vargas Llosa» 2017), Bajamares (XIX Premio de Novela «Diputación de Córdoba» 2018), Pájaros en un cielo de estaño (Premio «Valencia» de Narrativa en Castellano Alfons el Magnànim 2020) y Malasanta (XLI Premio de Novela «Felipe Trigo» 2021 y finalista del «Premio Andalucía de la Crítica 2022»). Con su primer libro de relatos, Cadillac Ranch (Editorial Sloper, 2023), ha ganado el «Premio Andalucía de la Crítica 2023» y también el «XXI Premio Setenil 2024» al mejor libro de relatos publicado en España en 2023.


Árida viene también de ganar un premio, en este caso de novela corta, el «Francisco Ayala». Que una obra literaria de Antonio Tocornal reciba uno o más galardones, como puede leerse en el currículo de arriba, es algo consustancial a su carrera. Por la abundancia de premios literarios que actualmente existe en nuestro país hay quienes opinan que recibirlos dejó de ser un impulso importante para promocionar la obra vencedora…


¿Qué han significado para el autor y su trayectoria profesional que novelas y libros de relatos suyos resulten premiados sin excepción?


Ante todo, muchas gracias por el interés en Árida y muchas gracias a aquellos que tengan interés en leer esta entrevista. La importancia de los premios está en las dotaciones económicas, ya que me ayudan a financiar el tiempo que necesito para leer y escribir, y me da la libertad de poder seguir haciéndolo sin preocuparme por los condicionantes del mercado o por imposiciones editoriales. No hay más. No creo que me hayan servido demasiado para impulsar mi trayectoria —de hecho ni siquiera creo tener una trayectoria relevante—, si bien es verdad que gracias a los premios he ido publicando algunos libros y eso ha creado una pequeña comunidad de lectores muy fieles a los que estoy muy agradecido.


Sucede a veces con novelas de no demasiada extensión. Están bien, pero dejan con ganas de más; al autor o autora quizá pudo faltarle ambición. No ha sido el caso de Árida. Como La perla, El túnel, El extranjero o La sonata a Kreutzer –algunas obras maestras de lo breve– creo que su sexto libro publicado dura lo que tiene que durar para desarrollar su argumento a plenitud.


He terminado exhaustamente feliz tras acongojarme con las últimas palabras de la guardesa. Igual de feliz –y angustiado– que con otras obras suyas.


Por otra parte, en un festival literario al que asistí un juntapalabras peroró muy solemnemente y con aires de infalibilidad sobre la extensión que, para él, debía tener una novela. El punto de partida era ridículo ya de por sí. Pero insistió en cómo las novelas de más de 250 páginas (su editorial nunca las sobrepasa) carecen hoy de interés y, por supuesto, de salida comercial. Gustó. Fue muy ovacionado.


Al hilo de todo esto le pediría para EL IMPARCIAL, desde la experiencia que da a Antonio Tocornal haber transitado por géneros diferentes, algún comentario sobre el tamaño de los libros.

Primero de todo, un desmentido: no creo que sea cierto que las novelas de más de doscientas cincuenta páginas no tienen salida comercial; de hecho, creo que son las que más salida comercial tienen, porque son las que vemos en las librerías de los aeropuertos u olvidadas en las tumbonas de los hoteles de playa. Sin pretender generalizar, depende a menudo de si buscamos libros de esparcimiento o alta literatura. Yo pienso que la mayoría de las historias, si están bien contadas, cuidando la precisión, no necesitan más de doscientas páginas; es una extensión en la que yo me encuentro cómodo. Entiendo que haya autores que necesiten más, normalmente porque el peso o la complejidad de la trama lo exigen, y sobre todo cuando hablamos de novela de género en las que la trama es fundamental, y los libros de esparcimiento son siempre de género, si bien hay muchos ejemplos de libros de alta literatura que superan las quinientas páginas. Yo intento huir de escribir con exceso de trama; prefiero darle más peso al estilo, por lo que no necesito extenderme demasiado. No creo que se trate tanto de cuál es la extensión máxima que un libro debería tener, sino de asegurarse de que cada una de sus páginas —de sus frases, incluso— sea absolutamente necesaria; que estén libres de paja. Creo que rellenar una novela con material superfluo o innecesario —e incluso un cuento de ocho páginas— es una falta de respeto hacia el tiempo del lector y una falta de compromiso del propio autor con la búsqueda de la excelencia.


Árida es una narración opresiva, leyéndola se respira el insano aire del secarral que azota como un castigo de fuego a esa aldea maldita. Seca como un latigazo, y donde el humor o alguna digresión que pudiera suavizar su grave tono brillan por su ausencia, estamos ante una obra que parece haber sido redactada sin resuello, en momentos urgentes de extrema alarma.


¿Puede definirse a Árida como respuesta en clave apocalíptica al desquiciado presente que estamos viviendo; una respuesta asimismo anticipadora del futuro que, inexorable, nos aguarda a la vuelta de la esquina?


Árida se ha leído ya de muchas maneras: en clave ecologista, en clave feminista, como una crítica al caciquismo y a la opresión a la que los poderosos someten a los humildes… Está bien que sea así; eso significa que es una obra abierta y que cada lector la amolda con su lectura a su propia necesidad de recibir un mensaje que refuerce sus convicciones o que las matice. Yo no concibo la literatura como un ejercicio de militancia, si bien hay temas de los que es imposible distanciarse o escribir sin tomar partido. Digamos que mi principal militancia no es otra que estética. Aunque pueda parecer una frivolidad, yo creo que la estética y el arte sin más justificación que su propia existencia es también un posicionamiento político. Árida no ha sido escrita con una voluntad de denuncia política o social; es más sencillo —y a la vez más complejo— que todo eso: es el intento de crear un mundo, un territorio en el que ubicar unas voces que cuentan el nuestro desde el trasmundo, es decir, desde lo que haya más allá de la muerte, sea lo que sea. Crear mundos posibles —aunque sean peores que el real— nos ayuda a sobrevivir en este y a comprender qué sentido tiene que formemos parte de él de forma temporal.


Una prosa precisa, la palabra pulida y en lugar exacto, asoma de nuevo ahora en este género de la novela corta que usted aborda con éxito. En mi reseña de Árida identifico su labor literaria con la de un orfebre. En vez de trabajar con metales preciosos cincela usted el lenguaje con el mismo esmero y paciencia, pero nunca cayendo en el manierismo de la filigrana. Disfruto enormemente con los argumentos de sus historias, pero a igual nivel de excelencia sitúo su forma de contarlas.


¿Incomoda a Antonio Tocornal que lo definan como el gran estilista que es?


Gracias. ¿Por qué habrían de incomodarme los halagos? Yo no creo que el estilo lo sea todo, pero cuanto más peso tenga con respecto a la trama más acerca la narrativa a la poesía sin necesidad de convertirla en eso que se da en llamar «prosa poética». Ya dije antes y he dicho muchas veces que el exceso de trama ahoga la novela. Para mí, la búsqueda de un estilo cuidado y preciso que al mismo tiempo mantenga al autor en la sombra, que no lo convierta en protagonista y no se vea que hay alarde, es la mejor manera de contar una historia: la manera más exitosa de que el lector se pierda en las páginas y se olvide que está leyendo ficción. Es decir, el éxito del estilo no consiste en mostrar la calidad de la prosa del autor, sino en mostrar la precisión de la voz del personaje narrador sin que el autor se deje ver. Yo aspiro a que cuando un lector lea un libro mío conviva con los personajes, se emocione con ellos y se olvide de que detrás hay un escritor.


Los cinco personajes de Árida (un caminante, un arriero, un soldado, una niña y una fugitiva) que en peculiares peregrinaciones se dirigen a Árida, representan cinco caras de la más absoluta desgracia. Cuesta imaginar experiencias más dramáticas que las padecidas o destinos más inclementes como a los que están abocados estos tres hombres y dos mujeres creados desde el desgarro más existencial.


A ninguno le fue bien: son perdedores natos abocados a un castigo (¿justo? ¿Injusto?) cayéndoles encima como una losa. Por otra parte, el rico de la aldea –el dueño de la Casa Grande–, tras levantar un palacio para su mujer conoce después las calamidades que genera la locura.


Desde la pobreza o desde la riqueza, desde unas vidas abarrotadas de dificultades e incertidumbre, o desde otra, placentera y colmada de refinados caprichos… ¿La existencia humana viene igualmente condenada al padecimiento como de concluyente manera desvela Árida?


Lo que está claro es que la felicidad —como contraposición al padecimiento que usted menciona— es una quimera. A lo más que podemos aspirar es a vivir algunos momentos felices. Estamos acostumbrados a que la publicidad, el cine, la televisión, las redes, nos quieran vender la idea de que tenemos que ser por fuerza felices todo el tiempo y mostrarlo para que todo el mundo se entere: poseyendo cosas, haciendo viajes exóticos, siendo guapos y despertando deseo sexual en los demás, formando una familia perfecta…, y lo que consiguen es el efecto contrario: la frustración permanente; que suframos por no poder alcanzar ciertas metas. Si nos fijamos en nuestro entorno, la insatisfacción, la depresión, es algo que afecta por igual a todas las clases sociales. Creo que para equilibrar el padecimiento que nos produce la escasez de momentos felices tenemos que explorar otras herramientas como son la búsqueda de la belleza a través del arte, o el aprender a no necesitar demasiadas cosas materiales. A menudo lo más precioso que podemos tener es tiempo de calidad y libre de circunstancias que nos provoquen ansiedad. Recuerde el argumento del cuento «La camisa del hombre feliz», de Tólstoi: el remedio para curar la enfermedad del zar era llevarle la camisa de un hombre feliz, pero tras mucho buscar, el único hombre feliz que los emisarios encontraron en el reino era tan pobre que no poseía una camisa.


La voz narrativa más importante de Árida corresponde a la guardesa. Apareciendo en cinco de los once capítulos de la novela y contando desde la primera persona en plural –desde el «nosotros»– esta anciana, acompañada por su perro, tiene las claves de lo que ha pasado en la aldea, qué la llevó a su estado de postración. Y, mientras nos lo detalla, espera la llegada de quienes se van acercando a ella…


A un personaje como resulta ser este, de tanta enjundia como simbolismo, cada lector lo interpreta según su criterio. No voy a dar mi opinión, pero estaría bien que Antonio Tocornal nos hable de cómo ha creado a la guardesa y que dé alguna pista para mejor abarcar su trascendental papel en Árida.


La guardesa tiene la responsabilidad de coser las historias de los otros cinco personajes además de darle una pátina al relato, gracias a su voz, que dé la idea de que el tiempo se ha detenido. Curiosamente, la frase inicial de la novela, «En este lugar no hay pájaros», se me apareció en sueños durante una breve siesta y la anoté sin saber por qué. En los días sucesivos, comencé a preguntarme cosas como: ¿qué lugar es ese en el que no hay pájaros?, ¿y por qué razón no los hay?, ¿y quién me está diciendo que no los hay?, ¿y por qué esa información es relevante?, ¿por qué necesita contarlo? Al intentar responder esas preguntas, se fue formando la voz de la guardesa y su personaje se fue perfilando desde la nada como sucedía en las cubetas de revelado de la fotografía analógica, si bien fue un proceso largo e intuitivo. Luego, una vez que esa voz estaba clara en mi mente, me limité a dejarla hablar, y a los pocos meses, cuando llevaba un buen número de páginas, me di cuenta de que en realidad lo que estaba escribiendo era una novela, porque al principio no existió esa voluntad; al principio escribía al dictado de la guardesa sin conocer sus propósitos, casi de forma automática. A veces suceden milagros como ese, y cuando uno se da cuenta de que ha asistido a uno o ha sido partícipe de uno, es cuando cobra sentido el ejercicio de la literatura por muchos sinsabores que conlleve.

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