Opinión

Vargas Llosa: ¿Y Sartre?

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Carlos Ramírez | Miércoles 16 de abril de 2025

En diciembre de 2023, el escritor peruano-español Mario Vargas Llosa anunció el fin de su etapa creativa, pero notificó que solo le quedaba ajustar cuentas con Jean-Paul Sartre, el intelectual francés que marcó el campo de batalla de la reflexión cultural en los últimos cien años.

Este dato puede considerarse como el hecho que imprimió la reflexión intelectual de Vargas Llosa desde el inicio de los años sesenta en que comenzó a participar de manera directa en el debate intelectual y político de Perú y del mundo occidental. De 1962 a 2025, el marco cultural ideológico y político de Vargas Llosa se debatió, como reconoció en uno de sus primeros libros que recogieron sus textos de reflexión, “entre Sartre y Camus”.

Vargas Llosa comenzó siendo sartreano y quedó deslumbrado con el modelo del compromiso intelectual con la realidad, pero en 1968-1970 se vio inmerso en un conflicto de su militancia intelectual con la revolución cubana y la exigencia de la burocracia castrista para obligarlo asumir la temática del Comandante: en 1968 ocurrió la primera fase del caso Padilla como intelectual reprimido por la revolución, en 1969 Castro le mandó a Vargas Llosa, Julio Cortázar y Carlos Fuentes el mensaje de que literatura debía ser correlativa de los discursos de Fidel y el Che Guevara y en 1970 estalló la ruptura con dos cartas promovidas por Vargas Losa entre la comunidad intelectual progresista y de izquierda de Europa de América Latina para acusar a Cuba de represión intelectual libre y ahí rompió no solo con el modelo cubano.

De 1970 a 1975, Vargas Llosa entró en el limbo ideológico e intelectual que pareció en momentos deprimirlo, pero la tabla de salvación la encontró en una revisión de Camus para regresarle a los autores intelectuales la iniciativa de reflexión que le había arrebatado el compromiso y las diferentes revoluciones. Vargas Llosa escribió un texto que creo que debe ser considerado el esencial de su pensamiento político, social y filosófico: “Albert Camus y la moral de los límites", publicado, entre otras, por la revista Plural No. 51 de Octavio Paz en México en diciembre de 1975.

Lo que le llamó nuevamente la atención a Vargas Llosa de Camus no fue su conservadurismo, ni su reflexión en modo mediterráneo que evitaba el compromiso con los extremos en pugna revolucionaria-contrarrevolucionaria, sino en que los límites deberían ser marcados por la moral como compromiso personal frente a la realidad y no como un valor conservador que la derecha y la ultraderecha habían desprestigiado. Se trataba la moral que inclusive seguía el modelo intermedio mediterráneo de Camus (Crónicas Argelinas, Alianza Editorial, página 15) y se metía, sin decirlo, en el modelo binario de Max Weber de la ética de la responsabilidad vis a vis la ética de la convicción.

El ensayo de Vargas Llosa se encontró con un mundo en declinación filosófica y proyectado en prácticas revolucionarias por la ola democrática que destruyó dictaduras autoritarias. Una de las frases determinantes del texto sigue vigente: El intelectual “sabe que la libertad es la condición primera de su existencia: conservar su independencia y recordar al poder a cada instante y por todos los medios a su alcance la moral de los límites”.

En 1973, con el ambiente caldeado por Padilla y Edwards y su choque con el autoritarismo de la revolución cubana, Vargas Llosa delineó, como era muy dado en su reflexión intelectual, la categoría del crítico de la realidad pero externo de esa realidad: el francotirador tranquilo, al reseñar el libro Persona non grata (1973) del chileno Jorge Edwards --quizá su prototipo de intelectual íntegro--.

En sus constantes juegos intelectuales de contradecirse a sí mismo para fortalecer convicciones, Vargas Llosa pasó de francotirador tranquilo a batallar directo en las trincheras del poder: en 1990 aceptó la candidatura presidencial de un grupo liberal peruano, pero cometió el error político de los intelectuales: moverse en la ética, y fue aplastado por el político populista Alberto Fujimori, quien resultó ser lo que Vargas Llosa predijo: un dictador. Pero la vida da muchas vueltas y en las elecciones presidenciales de 2021, Vargas Llosa no pudo explicar con realismo su apoyo a Keiko Fujimori, que encabezaba el mismo proyecto de su padre, pero frente a la dictadura populista de Pedro Castillo.

A finales del 2023, Vargas Llosa anunció el fin de su ciclo creativo como novelista y dijo que solo le quedaba el pendiente escribir sobre Sartre, pero dejando algunas pistas que desconcertaron a sus seguidores porque Sartre siempre ha sido el Sartre que todos conocemos como intelectual que sacrifica su libertad de pensamiento en aras de la realidad que quiere cambiar. Al charlar con un viejo librero en un puesto a la orilla del Sena, Vargas Llosa se resistió a creer la argumentación de que ahora nadie leía a Sartre, en un artículo publicado en El País dejó entrever su nueva fascinación por el francés y anunció que su último-último libro, después de la novela Les dedico mi silencio (Alfaguara 2023) vendría su reflexión terminal sobre Sartre, pero dejando un guiño de que el filósofo del compromiso y del existencialismo debía seguir leyéndose.

Es muy temprano para saber qué textos quedaron pendientes en el ordenador de Vargas Llosa o en su escritorio de algunas de sus casas en Perú y Madrid, pero ojalá pronto se despeje la incógnita: su reflexión profunda sobre el compromiso del intelecto más allá del contenido realista de sus obras, con lo cual también dirimiría sus tres importantes debates que habrá que releer: con Oscar Collazos en la revista Marcha en 1969, el encontronazo con Fidel Castro en 1970 por el caso Padilla y el muy interesante pero breve intercambio de artículos con Mario Benedetti en El País en 1984 sobre creación y revolución,

Queda, como conclusión, una pregunta juguetona como muchas de las que solía hacer Vargas Llosa: ¿de la moral de los límites con Camus al límite de la moral con Sartre?


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