¿Qué hay de nuevo en aforismos?, se preguntan, nuevos y brillantes, los buenos lectores. En el siglo XXI hemos asistido a un fenómeno en el que cualquiera que se dedique a emborronar papeles con letras, es considerado escritor. En el sobrevivir de cada día muchos lectores del mundo saben leer de todo, pero no saben leer las obras de un rango especial, superior al de las demás. Hay dos tipos de aforismos, aparte de los audaces y los pésimos, los que nos seducen y nos despiertan sosteniéndonos mentalmente, y los que nos dejan indiferentes con el semblante de la dulce nada. Ricardo Virtanen pertenece claramente a los autores que escriben aforismos del primer tipo.
Madrileño de origen finlandés, publicó su primer libro de género breve en 2007: Pompas y circunstancias. Ahora, casi veinte años y muchos libros después nos entrega El vigilante de la luna (Thémata). Sus aforismos están hechos de pinceladas propicias y memorables suspendidas en el aire. Sus aforismos están hechos de rosas fugitivas suspendidas en el aire, tranquilas y joviales. Escribe como una hormiga industriosa, en avance continuo. Su proyecto, no obstante, no desaparece una vez terminado, sino que permanece. La modernidad está presente, esplendorosa, mezclada con la historia.
Muchos aforismos caben en un aforismo. Así comienza el libro: “Lo fugitivo es la rosa que no olvidamos mientras vivimos”. Duele pensar que el tiempo de hoy, reluciente como si lo hubieran pulido y abrillantado, está iluminado con un mortecino resplandor.
Hay un Ricardo Virtanen poeta que trae viejos y nudosos árboles, vastas laderas triangulares: “Una brizna de temblor anida prisionera en lo más hondo de mi ánimo, pero florece”. Destacan las frases que nos hablan de senderos que él mismo ha batido, entre el polvo y la lluvia, de ruinas que remueven hasta el fondo del alma: “Entre las ruinas de mi inteligencia aún quedan pétalos que te recuerdan”.
Ricardo Virtanen no teme darles a sus textos aire de haiku, que hablen de esperar, respirar, pasear, vigilar, soñar despierto. Me limito a citar cuatro: “¿Cómo saben esos perros que ladran a lo lejos que estoy solo?”, “Brío de lumbre, tu recuerdo rozándome”, “Una hoguera no deja de ser ─como nuestra vida─ una luz que envejece”, “Una raíz me ilumina: la soledad de mis antepasados”.
Son varios los apuntes que nos hablan de las aves ─“En las ascuas del ánimo habita un ave al que no le podemos poner nombre ni sombra”, “Los pájaros vuelan alto y lejos, como queriendo rodear los pensamientos de los humanos”─ con el mismo encanto que algunos versos de Alberto Caeiro (“El ave pasa y olvida, y así debe ser (…) ¡Pasa, ave, pasa, y enséñame a pasar!”).
La apuesta de Virtanen, el lirismo que proyecta hacia el futuro, proviene de las profundidades misteriosas de la biblioteca. Posee laberintos de los que es mejor no salir. Que los jóvenes, valientes como leones, sigan a Virtanen. Lo puro a veces sufre extraños ataques de nostalgia. El dolor y la soledad están hombro contra hombro: “La fragilidad con que rompo una ramita con los dedos es la fragilidad con que estás en el mundo”, “La serenidad de un corazón abandonado”.
Virtanen escribe como si el último día fuera el último día. Un aforismo tomado al azar: “¿Estáis seguros de que después de todo aún nos queda la eternidad?”. En El vigilante de la luna no dejaremos de encontrar emocionantes maravillas. Para mí Virtanen es uno de los mejores aforistas actuales.