Opinión

La guerra de los sexos: inceles, divulgadores y otras especies

ESCRITO AL RASO

David Felipe Arranz | Lunes 21 de abril de 2025

Dice el viejo refrán que cuando el diablo no tiene qué hacer, mata moscas con el rabo. Tras leer varias entrevistas acerca del fenómeno incel, la libertad sexual, el orgullo de sentirse puta o zorra o la última ocurrencia de una periodista que dice que acabar sola con los gatos es un “planazo”, solo nos queda admitir por las manifestaciones que la guerra de los sexos, invento de algún sociólogo con ínfulas publicitarias, es un hecho en España. Y que hay un odio, un revanchismo y una confrontación a partir de la idea de orgasmo, que quieren que tenga lugar a veces, dicen los divulgadores y divulgadoras, mejor en soledad. Tienen estos opinadores del deleite un montón de posgrados en terapia sexual y másteres en orgasmo, y entonces quieren recolocarnos el placer, redefinirnos la iniciativa, subvertirnos el romanticismo y cancelarnos hasta el amor, si se tercia, que dicen que es de mal gusto. Pero la distancia de la alegre liberación a la frigidez incel es más corta de lo que se cree, y de ahí al manicomio hay un paso con una revolución sexual mal entendida.

Casi todas estas tendencias de lo sexual, que es la intimidad de cada cual, empiezan con una campaña política, con unos votos: unos abogan por el desmadre promiscuo y otros por guardar la virginidad hasta la noche de bodas, que es cuando viene la sorpresa –aunque todo matrimonio lo es–. Porque el sexo es materia de votos y argumentario, faltando como es habitual otros argumentos, ya que los temas se van acabando: la corrupción, la migración, el poder adquisitivo, la vivienda, los okupas y claro, la cama. O sea que al orgasmo ha llegado el político o la política por el escaño y por la lengua (española) en el Congreso o en el mitin, por la insistencia en la querella y la colaboración de la sociedad entera. Doctores y doctoras en la eyaculación y el corrimiento de carnes nos dicen desde sus púlpitos sexuales cuándo, cómo, de qué manera y con quién hacerlo, porque todo hay que decirlo. Y en esto todos han ayudado mucho opinando ex cátedra, si bien no sabemos si tienen gusto o no, si es en solitario o en amor y compañía. Porque estaría bien predicar con el ejemplo e incluso ofrecer clases prácticas al respetable, ya que estamos tan ponderados y rodeados de tantísima auctoritas. Desde que las prostitutas y las amantes salieron a declarar a las comisiones, el orbe político parece un galpón de la trasera de la madrileña Gran Vía a las dos de la mañana. Los políticos normalizan el putiferio de su casa, pero patrocinan a los catedráticos y eméritas del revolcón, que nos revelan, oh, la verdad genital. Alabado sea Cupido.

Hay un montón de libros en el mercado que pretenden orientarnos en los usos y costumbres sexuales, pero con un sesgo de moralina viejuna y en nombre de las libertades individuales, claro; es decir, que paradójicamente pretenden embridar o acotar la capacidad de elección del lector, definir su libérrima fantasía, normativizando hasta el color de los calcetines, no vaya a ser que nos dé el bajonazo, cariño, porque eso no gusta y lo otro mejor. ¿Quién es usted, señora mía, para meterse a juzgar en mi cama? Antes, nuestros padres y abuelos pensaban que el sexo era una cosa pecaminosa y que se quedaba uno ciego si lo practicaba mucho. Bueno, ciega la gente sí que se sigue poniendo, pero en sentido orgásmico, que es el que les interesa a los del “best seller”. Ahora, los pelmazos más seguidos y las más elocuentes sexólogas no han leído a Henry Miller y publican una suerte de manuales de primeros auxilios con muchos dibujos y colores primarios, nunca falta el ejemplo del consabido plátano que se chupa y otros lugares comunes como que hay que lavarse las intimidades si uno quiere oler a limpio, etc. Esta sabiduría doméstica de toda la vida de nuestros ancestros, que era lo obvio, ahora se explica y se vende –por miles de ejemplares– a lectores adultos, no a muchachitos ni a muchachitas adolescentes. El sexo como la tierra es para quien lo trabaja, incluso fuera del matrimonio o del noviazgo, dicen, porque así uno se encuentra más guapo, más atractivo, más sexi, en resumen, porque de eso se trata. Luego el tema de las cabezas ya no lo arregla ni el psiquiatra. Pero esa es ya otra historia, también de las sábanas blancas, pero en el sentido incel y terrorífico de la expresión, claro.