Por muchas razones históricas y personales solamente pienso en los Papas católicos cuando se trata de la Iglesia, pero no cuando se trata de Jesucristo. Lo primero es una obviedad, pues no hay Iglesia sin Papa, lo segundo a veces una tragedia. Afortunadamente no soy católico por seguir a ningún Papa, sino por intentar seguir a Cristo pese a mi culpa, mi máxima culpa y mi gracia, mi máxima gracia.
En sí misma considerada, la figura del sumo sacerdote resulta sumamente compleja, pues no solamente trata de hacer entender a Dios en el corazón de las gentes, sino a Dios mismo en sí mismo para nosotros, hermenéutica de segundo grado más allá de la cual no sería posible ya decir una sola palabra más. A veces resulta más difícil entender a ciertos hombres que al Dios entero y verdadero, pues si no fuera enteramente verdadero no sería Dios.
Por otra parte, diría apurando la hipérbole, la verdad es que todo Papa me parece un sacerdote en estado de suma necesidad y al borde de un ataque de nervios, dado su oficio de enseñar no sólo intra Eclessiam, sino incluso Extra Ecclesiam a toda la humanidad, siendo como lo es ella tan compleja y diversificada ella misma en cada una de sus eclesiolas, y esto por no hablar de las dificultades normativas de cada pontífice concreto a la hora de dar lecciones urbi et orbe, a la entera humanidad haciendo como que sigue la inspiración de sus predecesores, como ocurre con las Encíclicas. En efecto, el término mismo “encíclica” (εγκυκλιος ), que significa “carta transversal que se inclina”, es decir, que se apoya en las anteriores encíclicas de los demás Papas para decir básicamente lo mismo a lo largo de los tiempos cambiantes, es un ejemplo de imposibilidad intrínseca, pues por encima de la continuidad de sus contenidos rige el cambio y la discontinuidad, como no podía ser de otro modo. Las encíclicas últimas en materia social, por ejemplo, son un ejemplo evidente de ese mantenella y enmendalla: ¿cree alguien que es lo mismo lo predicado por León XIII que por Francisco?
Nuestro hijo, pobrecito, decía cuando era pequeño que quería ser Sumo Pontífice, lo que causaba ataques de hilaridad entre nuestros amigos. Al menos en la España de las dos velocidades, o de las dos Españas atrabiliarias, hay por lo mismo una España antipapa feroz y fóbica por parte de ese izquierdismo-pope del progre eterno, y una España más papista que el Papa, no menos fóbica ni menos dogmática y cerril. Estériles árboles del mal en el Edén que me desasosiegan. Por un lado la derecha con su ñoñería, y por el otro la así llamada izquierda con su fariseísmo y su sanedrín siempre predicando pero no dando trigo nunca, ahí sigue condenando no sólo la estructura jerárquica de la Iglesia, sino metiendo la cuchara en ella como si pagara diezmos y primicias para establecer la normatividad de lo que es bueno, malo y regular dentro de ella. Los antiguos fariseos eran más consecuentes, pero estos modernos fariseos suben y bajan de la cruz a Jesucristo cuando es su gusto. Cada semana santa suya es una completa burla de la santidad.
Todavía recuerdo una de las venidas de Juan Pablo II al gallego Monte del gozo, donde la Iglesia católica española me invitó a hablar a los jóvenes que casi chapoteando entre el barro vitoreaban entusiásticamente día y noche en sus tiendas de campaña a Juan Pablo II a la voz de totus tuus como si en ello les fuera la vida. El otro orador laico (creo que solo éramos dos los laicos sin capisallo los conferenciantes) en aquella ocasión fue Marcelino Oreja, que habló con lenguaje curiáceo/curáceo desde su España cristiana democráticamente clericalizada. Profesor como lo era yo por aquel entonces en la Facultad de filosofía de la Universidad Complutense de Madrid y al mismo tiempo durante unas horas en la Universidad CEU, al regreso a esta última les hablé a los alumnos de dicha institución sobre las encíclicas de Juan Pablo II, lo que les incomodaba tanto que al final llegaron a reprocharme: “nosotros queremos que nos hable usted del Papa Juan Pablo, no de sus encíclicas”(1). Más papistas que el Papa siempre los hay.
Así que, con Unamuno, no puedo por menos de echar de menos a los grandes “herejes” antes que a toda esta ralea que identifica la historia de la Iglesia con las historias de los papados sin apenas idea de teología, de cristología, ni de sí mismos. La adherencia o repulsa al papado galopan juntas desde hace más de dos mil años, y si Dios no lo remedia así seguirá siendo la historia de cada fariseo.
Obviamente, nadie ignora que los Papas tienen un poder enorme, ni que como tales pueden enaltecer o degradar su servicio, y no seré yo quien reste importancia a sus figuras. Pero entre el polo político de ser Sumo Pontífice y el polo profético de ser Siervo de los siervos de Cristo, la burocracia sigue imponiéndose. Deificación del Santo Padre” (¡Santo sólo es el Señor!) y victoria de la institución sobre el carisma van de consuno.
El Papa Wojtyla era polaco y eso se notaba mucho, pero Francisco es argentino y también se nota. No es verdad que los papas no tengan patria, ni que su formación les convierta en inerrantes por su comunión con el Espíritu Santo. Algunos Papas, lejos de poseer la infalibilidad, han sido infaliblemente falibles. Teologías tridentinas que coinciden con el tridente a/teológico de la triada capitalina Trump, Putin, Jinping, el Trumpupingato de los popes que se creen y actúan como Poncio Pilato lavándose las manos.
Ha muerto el último papa hasta hoy. No puedo sino manifestar mi respeto al Papa Francisco aunque sólo fuera por su lucha contra una curia que dejó fuera de combate a Joseph Ratzinger hasta llevarle a dimitir, y que es, digámoslo así, un cáncer de Dios. Me gustan los perdedores, y por lo mismo valoro positivamente su denuncia del asombroso desorden antropológico y del eclipse de Dios dentro y fuera de la Iglesia, aunque para mi gusto como pobre seguidor de Jesús creo que hubiera podido Francisco ir más lejos, si se permite dejar salir la voz del Pepito Grillo que también hay en mí mismo. Su posición contra la carnalidad institucional venérea y pederasta me ha encantado realmente, aunque no tanto otras posiciones suyas. Incluso los medios desafectos se han reconciliado con su persona.
Francisco ha sido un hombre valiente, pero el mundo es ansí, como dijera Arniches, y no todo depende de la capacidad timoneadora de la barca de Pedro, cuyas redes no están precisamente a punto de reventar por la abundancia de peces, sino por la secularización nihilista y epicúrea también intraeclesiástica de un mundo que ya no pide una señal para creer, y al que no le será dada otra señal que la del profeta Jonás.
Como no fumo, no creo en la fumata bianca de su próximo sucesor, tampoco en las fumatas negras precedentes, porque afortunadamente el temor a la fumata nera es menor en mí que mi esperanza en la misericordia infinita en el nombre del Padre, del Hijo, y del Espíritu Santo. Para los más adictos a los humos blancos o negros esto sería lo propio de un mal católico, claro, o incluso de un ateo, así que adelante: que sigan rezando por la conversión del Papa, pues buena falta nos hace a todos. Y a mí el primero por la senda de la Constitución.
1. Lo he detallado en mis Memorias de un escritor transfronterizo. Editorial Mounier, Madrid, 2019, pp. 255 ss. Tengo un saco de anécdotas de primera mano, que podrían resultar tragicómicas.