La actividad por antonomasia de la modernidad y único ejercicio del intelectual de nuestro tiempo puede nombrarse con un término que está a la orden del día: resignificar. Hasta los profundos signos visibles en el cuerpo o en la gramática se quieren resignificar. Parece la misma acción, aunque resignificada, que quiso realizar el soberbio “cabeza de pólvora”: transvaloración de todos los valores. Umwertung: resignificación.
Si todo puede ser resignificado porque todo es signo, incluso los trazos de la biología y de la gramática, de los morfemas a las gónadas, hemos de suponer un designador o diseñador. Naturalmente hoy se alude a un oscuro poder como diseñador escondido que define el orden del mundo. Frente al poder que dicta significados se pretende que cada uno, presunto soberano de sí mismo, determine su propia identidad. A esto lo llaman liberación. Minúsculas y falsas divinidades sujetas al vaivén al que les llevan los confiscadores de su atención. Sumisión perfecta: uno hace lo que quiere sin saber que quiere lo requerido.
En estas condiciones nos encontramos hoy con la legión de agentes de la resignificación ejecutando su danza macabra ante el Signo. No ante los signos múltiples del mundo, sino ante la fuente de toda significación. Naturalmente estos resignificadores niegan hablar en nombre del poder del mundo, se quieren viento de libertad y hablan con el acento doliente de las víctimas. No quieren reconocerse bajo el ominoso poder del Estado, se pretenden, por el contrario, un democrático vendaval de comprensión y pacífica inteligencia. Vivimos bajo un totalitarismo democrático asfixiante para los pocos que todavía respiran el aire de la verdad.
No les será fácil, sin embargo, reescribir el Signo. Es el más sencillo de los signos cuando se reduce al cruce de dos líneas transversales que en su simplicidad podrían extenderse al infinito y abrazar la totalidad de la realidad. Es el más complejo de los signos cuando porta el cuerpo abismal del crucificado. Esto lo sabía bien Nietzsche, cuyo fondo ignoran sus tristes epígonos.
No podrán resignificar el signo, aunque emponzoñen el sentido humano que adquirió esta obra abrumadora. Es evidente que el significado se sobrepuso al sentido meramente político que hubiera podido dársele. Aunque en la intención inicial de sus promotores no se apelara a la reconciliación, acabaría imponiéndose por la sólida potencia del Signo. Aunque no se apelara a la miseria de la criatura humana vencida o victoriosa, basta aproximarse al lugar para medir el peso de la nada que somos. En español la palabra “nada” procede de “res nata”: cosa nacida. Toda criatura es nada, aunque en la nada que somos alienta una profunda tensión vertical. La humildad y la enormidad se cruzan en la significativa magnitud de ese espacio, iluminado por la verticalidad de la gran cruz.
No fue posible, ni será ahora posible su resignificación. Cabe aceptar la roca firme de su significado o cabe volar la enorme cruz. Cabe asumir el significado o cabe negarlo, pero no hay otra alternativa: es imposible resignificarlo. El viejo régimen hubo de aceptar que, al clavar el signo, se humillaría ante la inconmovible verdad que significa. Hoy se trata, sin embargo, de quebrar la cruz y negar su sentido. Nadie quiere que le atribuyan cruces quebradas, por eso se buscan imposturas que no engañan a nadie: resignificar es negar la Cruz. La resignificación es simple profanación.
Hay aquí mucho más que el estudiado cálculo electoral contra la existencia de un núcleo de espiritualidad benedictina a los pies de la cruz del gran valle, porque no es únicamente la dimensión, sino el incalculable valor del signo. El odio ciego al cristianismo y, en especial, al catolicismo. El desprecio al silencio y la oración que contradicen el orden del mundo. Hay un odio profundamente entrañado a la ciclópea serenidad de la obra de Ávalos, hay incluso una resentida animadversión contra la dimensión natural del entorno. Es el índice silencioso del límite, la enérgica radiación de la realidad lo que no toleran las almas tristes que nos gobiernan con nuestro consentimiento.
Y está, por supuesto, la burla que esconde el pequeño detalle de la incalculable distancia que media entre Ávalos y Ábalos. En este tiempo del resentimiento y del asco, hemos de mantener la sonrisa constante y la mirada de piedra. No esperan la resistencia que van a encontrar a la hora de forzar el Signo unívoco, porque no esperan hallarse frente a la más perfecta realidad. Es el límite ante el que se hunde su frágil voluntad. Es posible que alguno lo atisbara en la humildad del prior expulsado o en la tenacidad de la pequeña comunidad o en el número creciente de los que defienden el silencio amenazado por la legión tumultuosa de los resignificadores. Verán.