Opinión

La heroína barojiana María Aracil

TRIBUNA

Martín-Miguel Rubio Esteban | Viernes 25 de abril de 2025

Emilio Zola simbolizó la virtud tenaz, la diligencia y el honor de la clase trabajadora en el París capitalista de abundante oro y de atroz miseria en la delicada provinciana, juiciosa y esplendente figura de Dionisia Baudu, personaje principal de su novela La delicia de las damas ( Au Bonheur des Dames ). Y Pío Baroja, retratando un Londres contemporáneo a la publicación de los tres tomos de El Capital, de Marx, convierte a la protagonista de su novela La ciudad de la niebla (1909), María Aracil, cuyo apellido nos recuerda el sujeto metadiegético de los Episodios Nacionales, de Galdós, en otro espectáculo de la virtud y el buen juicio que se sobrepone a la miseria del Londres capitalista, un miserable barrizal de niebla sucia. “Todo daba la impresión – escribe Baroja – de un presidio en donde una humanidad triste gimiera condenada a trabajos forzados”. Es la misma visión desoladora que nos pinta Marx en El Capital, en su negro y enorme anecdotario, y que coincide con todas las novelas de la época que describen al proletariado, y que desmienten así la crítica que se ha hecho recientemente a Marx por haber usado con abuso la figura retórica de la “tapeínosis” o exageración de los ambientes pobres, viles y abyectos del Londres que conoció, tenebregoso no sólo por su clima, sino también por su salvaje moral capitalista. Todos los vínculos morales de la sociedad londinense han sido destruidos por la transformación de los valores humanos en valores de cambio. El personaje de Iturrioz, especie de Nietzsche vasco, amigo y único apoyo de María en Londres, tras abandonar ésta a su débil padre botarate sin honor y sin amor propio, el Doctor Aracil, nos dirá del Free Trade: “El comercio ha vivido siempre en buena armonía con la esclavitud, y hoy como ayer sigue teniendo esclavos, y los tendrá mañana”. Esta novela, La ciudad de la niebla, es la continuación de La dama errante, en la que María Aracil y su padre han sido confundidos por la policía como cómplices de Nilo Brull, el cruel terrorista anarquista que lanzó una bomba al paso de los Reyes de España. Los críticos han visto en este personaje a Mateo Morral, medio amigo de Galdós, que, efectivamente, como terrorista anarquista, lanzó una bomba a la carroza en donde iban Alfonso XIII y su joven esposa Ena de Battenberg, convertida en Victoria Eugenia, pero para mí no está nada claro el asunto. Porque el brutal Nilo Brull es todo él un personaje de ficción, y no pasa de ser la encarnación del terrorista como categoría humana nefanda, y transciende la anécdota histórica real del intento de magnicidio. A finales del siglo XIX España sufrió graves atentados terroristas. En 1893 Paulino Pallás atentó con una bomba contra el general Martínez Campos, cuya magnífica estatua en El Retiro nos revela aún hoy su inmensa autoridad moral sobre los españoles. Ese mismo año estallaron bombas anarquistas en El Liceo de Barcelona. Tres años después una bomba estalla, también en Barcelona, durante la Procesión del Corpus, dejando una veintena de muertos y, finalmente, recordemos que en 1886 estalló otra bomba en la Organización Patronal de Barcelona, dejando también muertos. Era la época en que por toda Europa cruzaban anarquistas con bombas esféricas, exactamente igual que las bombas de los TBOs, o las enviaban por coreo. Y los personajes de esta novela, barojiana en sentido puro, se pasan las bombas como si fuesen mercancías ordinarias. Esas bombas de TBO tenían su justificación moral cuando el derecho del más fuerte se perpetúa bajo la forma pomposa del Estado de Derecho, fórmula de la que Marx se mofa en sus Grundrisse. Yo me inclino a pensar, sin embargo, por ciertas descripciones de algunos barrios miserables de Londres, que se trata de la bomba que el anarquista Paulino Pallás hizo explotar al paso del general Martínez Campos, en 1893. Esto es, trece años antes que el atentado contra el Rey Alfonso XIII el día de su boda.

Dicho esto, el tema central de la novela que comentamos no es la historia de aventuras y conspiraciones barojianas, sino el mismo Londres en sí, como la metrópoli capitalista por antonomasia, con toda su opulencia y sus más brutales miserias. Aquí aparecen vagabundos y pobres que mal viven en jardines que hacen también de cementerios, durmiendo al lado mismo de las tumbas, descansando con los muertos ellos mismos semimuertos, como es el caso del Jardín de Saint Giles. Francisco Nieva desarrollaría esta comunidad de pobres y muertos insignes en un fantástico pasaje de su novela Carne de murciélago. También en esta novela de Baroja aparecen los pelafustanes, que tanto juego darán en la novela mencionada de Nieva. Baroja influye muchísimo en la novelería del valdepeñero inmortal. Negativa es siempre la mirada de Don Pío sobre el imperial Londres: “De los portales de algunas casas negras se veían salir chiquillos sucios, feos, andrajosos; muchachas de trajes claros hablaban con marineros jóvenes, entre los cuales chocaba ver japoneses vestidos de blanco y chinos de larga coleta saliendo de viejos y sucios fumaderos de opio”(…) “daba la impresión de un pueblo atacado por la peste”. El empobrecimiento del obrero debe medirse según la potencia del mundo que, en conjunto, él mismo construye obedeciendo a la voluntad de los capitalistas.

En La ciudad de la niebla nos encontramos en los bajos fondos londinenses intelectuales rusos radicales, anarquistas narodniki, como el poeta Nekraxim, trasunto en la realidad, sin duda, del gran poeta y revolucionario ruso Nikolái Nekrásov. Además, la historia trágica de la princesa Wolkonsky, el perfecto paradigma ruso de la esposa leal hasta la muerte, y contada maravillosamente por Nekrásov, es traducida al inglés en la novela por el personaje de Natalia, la amiga rusa de María. Los judíos no salen bien tratados en la novela, que entre otros muchos vicios también está el de ser confidentes de la policía. Igual de mal que los polacos. Bellum omnium contra omnes.

La novela acaba bien, en cuanto que nuestra María Aracil, cuyo apellido, repetimos, tiene grandes resonancias galdosianas, puede volver a Madrid, ciudad con pobres, pero infinitamente más alegre y más linda que Londres. Allí estaban las montañas azules con que Velázquez decoró Las Lanzas y algunos de sus retratos, los pinos de La Moncloa y los viejos del Parque del Oeste. Ahora ha engordado un poco y es una señora sedentaria y tranquila. Los niños pobres de la España precapitalista tienen los ojos más luminosos.