Hace tres años el cartel de Morante, Juan Ortega y Pablo Aguado inauguró el ruedo renovado de la Línea de la Concepción. Los mismos diestros han pisado el ruedo hoy en Sevilla para demostrar que el paso de tiempo es provechoso para quien sabe aprovecharlo. Iván García salió ovacionado por sus pares de avivadores al 6º; Jorge Fuente sufrió una cogida en el 1º. Los astados de Domingo Hernández lucieron buenas hechuras y no fueron amoldables ni cómodos para los diestros.
Morante hizo lo inesperado: improvisó en la cara de sus dos contrarios y cortó dos orejas del segundo. Los sabios, sobre todo, los que saben a ciencia cierta cómo toreaba el Gallito, ya están elaborando unas enciclopedias basadas en las dos faenas de Morante. Al no haber visto torear al Gallito, sólo puedo afirmar que Morante aglutinó la gallardía, la elegancia e inspiración suprema en sus dos faenas. Su primero, llamado Treinta y dos (1º 12/20), tomaba con nobleza los engaños. La faena medida, dulce, sin un solo tirón o un forzado empeño en prolongar lo que ha llegado a su fin. La espada entró después del primer aviso. El empuje de Bodeguero (4º 1/20) fue envuelto en los lances con un hinojo hincado en el albero de la Real Maestranza. Morante desprendía la felicidad que contagiaba a todos en su alrededor. Embebido observó el público los seis lances a una mano, cerrados por una barroca verónica que dejó el capote entero enroscado a la cintura del matador. Comenzó por los pases de celeste imperio para quitar al bicho de la querencia. Con el compás cerrado y el cuerpo en verticalidad perfecta, sólo le quedaba al brazo dibujar unos pases redondos por ambas manos, componiendo unas tandas bellas a pesar del genio del enemigo. Salpimentada la faena por las tocaduras del pitón, oportunas en este caso, se coronó la obra con una estocada de ejecución limpia. Y entera. Dos orejas.
Juan Ortega se distinguió ya con el quite al primero de Morante por unos delantales abrochados con una media. Contagiado por Morante, Juan Ortega sacó su mejor versión con Arponcillo (2º12/20) y Avivado (5º 4/20), morlacos con su genio y un toque de mansedumbre. Arponcillo al salir parecía buena gente, además, guapo de hechuras. Sin embargo, Ortega no pudo fiarse de él: el animal miraba y observaba cualqier movimiento del diestro, le apretaba en cada muletazo, probando su resistencia. Una faena de gran mérito fue acabada con decente estocada. Avivado al llegar a la pañosa no aguantó mucho, pero dejó unas tres tandas de esmerado trazo. La espada entró entera al toro hecho un marmolillo.
Chocolatero (3º 4/20) salió para Pablo Aguado. Un toro de imponente altura, morillo rizado y una badana. Al principio, se resistía a seguir el percal del capote, pero pasado por las varas se amoldó a las exigencias de la lidia. Aguado lo abordó por abajo, y trazó unos muletazos largos. El animal no era fácil: protestaba las alturas o cualquier otro movimiento impertinente para su gusto. El torero aprovechó para hacer unas tandas largas antes de que el toro se rindiese y dejase la pelea. A la hora de la verdad pinchó varias veces. Tifón (6º 11/20) resultó respondón, perseguidor y gazapeó, imposibilitando las tandas limpias. La espada acabó con el bicho a la segunda, pero salió defectuosa.