Opinión

¿Liberalismo o gestión?

TRIBUNA

Fernando Maura | Domingo 04 de mayo de 2025

Un artículo publicado el pasado 25 de abril en el medio digital Agenda Pública, abría con el titular según el cual "Las democracias deben generar prosperidad material". En el señalado comentario vinculaba de alguna manera la derrota de los demócratas americanos por los republicanos MAGA, dirigidos por Donald Trump, a su fracaso en proseguir la "política de la abundancia” en ese país.

El artículo se refiere al columnista y bloguero de The Washington Post y de Newsweek, y autor del ensayo Abundance, Ezra Klein, como argumento de principal orden:

La primera evidencia a formular, desde nuestra perspectiva europea, se sitúa en el ámbito de las calificaciones, esto es, de las palabras. Y que el término liberal no resulta equivalente en los Estados Unidos que entre nosotros. Un liberal -un demócrata-, que viene a situarse en el espacio de la izquierda en aquel país no podría necesariamente considerarse como un liberal europeo, que procura combinar lo mejor de las políticas conservadoras con lo más estimable de las socialistas. Desterraría de la derecha todo lo atinente a una moralidad casposa y que recela de los derechos de las minorías por definición más desprotegidas, por lo mismo que desconfiaría de la tendencia de la izquierda en defender la colectividad y las masas, poniendo así -los liberales- su principal acento en el individuo. Como me indicaba, con razón, un liberal perteneciente a una vieja estirpe, "la minoría más necesitada de protección es el individuo mismo”.

Que no resulte posible identificar dónde se encuentran los liberales en los polarizados EEUU -¿en alguna ala moderada del partido republicano o del demócrata, quizás?- no resuelve el problema de lo que muchos trabajadores dé los Estados de California, Nueva York o de Illinois -tradicionalmente demócratas- han debido emigrar a otras partes del país debido al espectacular incremento sufrido en los costes de la vivienda en sus localidades de origen. Existe -según Klein- una auténtica barrera en forma de maraña administrativa que eleva el precio del suelo e impide la construcción a un nivel asequible.

Según Klein -y el otro autor de Abundance- de apellido Thompson- de esa percha formada por la incapacidad de los demócratas en gestionar la economía de una manera eficaz para la mayoría, están colgando como si de un clavo que lo aguantaría todo se tratase, la entrada masiva de inmigrantes que agravaría aún más, si cabe, el coste de la vivienda o el pretendido robo a los americanos practicado por los demás países a través de sus políticas comerciales descalificadas por proteccionista.

La respuesta sería -según los autores citados-gestionar la abundancia, gobernar mejor, desterrando la ideología y eligiendo las decisiones que mejor convengan a los objetivos propuestos, sin tomar demasiado en cuenta si éstas pertenecen al ámbito de la izquierda o de la derecha.

No está claro que estas políticas de la abundancia acaben con el populismo, tal vez porque en este último caso no se trata sólo de la gestión de la economía sino de los sentimientos lo que se encuentra muchas veces por detrás de las causas de la existencia de esos votantes. Una percepción de desarraigo, de ruptura con sus referencias comunitarias, un paisaje humano -y urbano- en el que apenas se reconocen, unas identidades culturales y religiosas que consideran poco menos que definitivamente arrumbadas en esta era posmoderna de la globalización que se diría dispuesta a integrar toda la diversidad en un nuevo cóctel de colores y sabores irreconocibles y en ocasiones -para ellos- repugnantes… todo eso serían también, y no sólo la economía, las causas del incremento espectacular del voto populista.

Para entender el mundo que nos ha correspondido vivir es a veces más importante -o al menos tanto- aplicar la racionalidad económica como el conocimiento de la psicología de masas. En lo que se refiere a la economía, habría que partir de la idea de gestión; y en ese punto nada hay que determine que sea la derecha o la izquierda la que dirija mejor la marcha de los acontecimientos. Quizás una desconfianza histórica de ésta respecto de la iniciativa y de los operadores privados, basada en un determinado recelo que se diría producto de la arqueología ideológica hacia el capitalismo y el empresario, le conduzca sin solución de continuidad a abrazarse con un afán, digno de más nobles objetivos, al ámbito de lo público, un sector por lo general desconectado del control de los resultados y de la eficiencia. Alguien dijo -¿lo recuerdan?- eso de que"el dinero público no es de nadie”.

Y, sin embargo, despejadas las desconfianzas apriorísticas de un sector de la izquierda, no existe ninguna razón para pensar que gestiona mejor la economía la derecha que aquélla. En este sentido habrá que recordar que no son las ideologías quienes adoptan las decisiones concretas, lo somos las personas. Esta idea nos reenvía a la selección de los equipos de los que los responsables políticos deberían rodearse, los mejores y más preparados posible. Y en el mismo sentido merece más respeto un buen currículo que la antigüedad en el carnet del partido o la lealtad inquebrantable al líder..

Aplicada esta vara de medir, el debate que nos proponen Klein y Thompson es posible que tenga sentido en los parámetros de los Estados Unidos -veremos la suerte que pueda correr Trump con sus caóticas políticas- o, tal vez en España, cuando las estrategias energéticas y medioambientales, basadas en imperativos ideológicos, pueden producir -y las producen, de hecho- pérdidas de vidas humanas, económicas y trastornos en nuestra vida cotidiana que resulta difícil evaluar… como ha ocurrido con el reciente gran apagón. Pero en Europa el problema ya es otro: ¿cómo seremos capaces de mantener una estructura de ingresos públicos que nos permita seguir sosteniendo en pie nuestro estado del bienestar, acrecer nuestro gasto en seguridad y defendernos de las posibles amenazas de una administración americana pretendidamente dispuesta a elevar a diestro y siniestro los aranceles a nuestras exportaciones?

Claro que eso nos conduce de nuevo a la idea de la gestión de la economía, y quizás a un replanteamiento de nuestras prioridades de gasto. Pero éste es ya otro asunto.