Opinión

"Efectivamente y no"

LETRAS, CEROS Y UNOS

David Fueyo | Sábado 10 de mayo de 2025

Cuando era adolescente, había una frase que repetía de forma absurda: “Efectivamente y no”. La había oído en La hora chanante y se me quedó como una muletilla para responder a todo sin decir nada. Una contradicción andante, un sí pero no, un no que parece sí, una forma adolescente de ejercer la diplomacia de lo inútil.

Años después, me sorprende ver cómo esa frase ha encontrado su forma institucional. Algunas administraciones públicas parecen haberla adoptado como lema no declarado, como brújula sin norte: “Efectivamente y no” es la consigna de una época en la que se predica una cosa y se practica la contraria con absoluta naturalidad, sin siquiera rubor.

Se anuncia a bombo y platillo la inversión en pantallas para la modernización digital, y acto seguido se redactan normativas para limitar su uso en las aulas o en los espacios públicos. Se fomenta el ahorro de papel y se exigen duplicados en físico “por si acaso”. Se promete una administración sin papeles, y el resultado es una administración empapelada y empantallada. Todo al mismo tiempo.

Se dice que se va a despolitizar la gestión, como si la política fuese una mancha, una peste, y al mismo tiempo se colocan cargos por afinidad partidista en todas las capas del sistema. Pero la palabra política no es un insulto: viene del griego polis, ciudad, y politikós, lo que concierne a los ciudadanos. La politización no es el problema. El problema es el partidismo mezquino, esa deriva tribal que convierte cada decisión en un gesto de propaganda. Se dice que se eliminará la burocracia y entonces aumenta, y nos piden papelotes absurdos y ahí ponemos hipálages, paradiástoles, antanaclasis y zeugmas mientras el bosque llora por sus hermanos árboles caídos para crear el papel que entintamos para que nadie lea nunca. Del bosque a la papelera de reciclaje. Así se reduce la burocracia. Estaba sentado y me he levantado a aplaudir.

Todo esto recuerda El proceso de Kafka, donde el protagonista, Josef K., se ve envuelto en una maquinaria burocrática que no entiende, que no tiene rostro, ni sentido, ni fin. Una lógica absurda que avanza por inercia, que justifica lo injustificable y se alimenta de su propia neblina. Kafka no hablaba solo de los regímenes totalitarios, sino también de las pequeñas demencias cotidianas, del sinsentido que se instala en los pliegues de lo real.

“Efectivamente y no” es una frase absurda, sí, pero también una radiografía involuntaria del presente: una manera de hablar sin comprometerse, de decir todo y nada, de disfrazar la falta de coherencia con un lenguaje de manual.

Mientras tanto, lo que nos queda a los ciudadanos es el desconcierto, y ya no. Ya no me hace tanta gracia el chistecito chanante.