Aleksandr Pushkin escribió en 1831 “El cuento del zar Saltán, de su hijo el renombrado y grandioso bogatyr el príncipe Gvidón Saltánovich y la hermosa princesa Cisne”, una fábula de origen folclórico sobre la traición, el rechazo, el arrepentimiento y el perdón, muy al estilo de las narraciones etiópicas de la novela bizantina, con viaje oceánico incluido. Y Nikolái Rimski-Kórsakov la convirtió en una fantástica ópera en un prólogo y cuatro actos, gracias al libreto de Vladímir Belski y la estrenó en el Teatro Solodóvnikov de Moscú el 3 de noviembre de 1900. Y estos días hemos podido disfrutar en el Teatro Real de una nueva versión de esta ópera pocas veces representada, en coproducción con el Théâtre Royal de La Monnaie/de Munt.
Los cuentos de hadas pertenecen al imaginario colectivo y solo ciertos escritores pacientes, notarios de su tiempo, recogen esa tradición y la publican, como en su día hicieron los sufridos hermanos Grimm o el poeta danés Hans Christian Andersen. La historia de las dos hermanas que confabulan con el auxilio malévolo de una bruja, la perversa Babarija, contra la tercera, Militrisa, a la que envidian por ser la más bella, tiene mucho de psicología de los pueblos. Ya aparece en la primera versión de Giambattista Basile, “La Gatta Cenerentola” del Pentamerón (1634), y después da el salto más popular con Charles Perrault y de ahí a la exitosísima versión para la gran pantalla producida por Walt Disney, La Cenicienta (1950). Su arquetipo atraviesa la literatura universal, desde las versiones europeas a las asiáticas, pero Pushkin recoge en una coda de los más sugerente la leyenda de la princesa Cisne, enamorada del infante náufrago, y el abejorro vengador, que en su puesta en escena operística ya funciona como una popularísima pieza independiente, “El vuelo del moscardón”, que todos conocen, pero que pocos asociaban a este juguete lírico.
Y frente a otras óperas más pesadas o emplomadas, esta sobrevuela las cabezas del público con una ligereza y una fantasía que se refuerza con la proyección de los dibujos animados, la explicación onírica que Militrisa y su pequeño van trenzando en la isla a donde van a parar, abandonados a su suerte por su pueblo, su perversa familia y el colérico zar. Rimski-Kórsakov levanta la ópera y Tcherniakov saca a los personajes por los pasillos ataviados con vestidos de color pastel. El acceso al escenario es libérrimo, los responsables del Teatro Real apuestan por romper el espacio escénico y agrandarlo, prefieren llegar al corazón de los melómanos con una fórmula sorprendente, mixta, audiovisual, diríase que casi mágica, tanto como el hecho de que una madre y su bebé salven la vida a bordo de un tonel de madera surcando mares encrespados y batidos por la furia de las olas más salvajes. Entonces, el mismo teatro se transforma en Tmutarakán, con un zar que toma decisiones sin contrastar y que se confía a la ira y a la cerrazón, para caer después de rodillas arrepentido. En su sola aparición final, Saltán se ha dado perfecta cuenta de sus errores, que se adivinan tortuosos frente a la inocencia de su esposa y su hijo, al que ama profundamente la princesa alada cuya vida acaba de salvar. Inquieta el populacho y sus movimientos irracionales, frente a la protagonista, la joven zarina que se ha dado cuenta de que la vida la va a someter a una prueba poderosa y fuerte, tanto como sus piernas y su determinación de sobreponerse a una decisión que no entiende. En la oscuridad del tonel que surca los mares, Militrisa quiere imaginarse una vida mejor y la proyecta, aterrada, pero esa vida imaginada irá adquiriendo carta de naturaleza, en medio de una expresión angustiada, saliendo de su encierro a un mundo exterior misterioso donde la Naturaleza es extraña y desbordante.
La riqueza de la partitura proporciona al público sensaciones diferentes y simultáneas, donde lo injusto y lo bárbaro, el amor, la compasión y el perdón hacen sentir gracias al maestro ruso un placer infinito y sutil, que guardará en su corazón a esta alta dama de las nieves, que decidió atajar ella misma aquella felonía de sus hermanas al ponerla en manos de un destino letal, y que ve cómo aquellos cumplidos del zar se transformaron en repulsa porque la maga le mandó un mensaje emponzoñado que el monarca no se molestó en contrastar. ¡Conmovedor momento en que, a su regreso al acorte, el hijo repudiado rechaza también al padre!
La dirección musical, vivísima y dinámica, ha corrido a cargo de Ouri Bronchti, a la que ha acompañado una rica dirección escénica y una escenografía y un vestuario de colores primarios, casi infantiles, tanto como el joven príncipe, firmada por el mencionado Dmitri Tcherniakov y Elena Zaytseva. Los intérpretes, Ante Jerkunica (Zar Saltán), Svetlana Aksenova (Zarina Militrisa), Bogdan Volkov (Príncipe Guidón) y Nina Minasyan (Princesa Cisne) hacen gala de una coordinación y una destreza en el escenario extraordinarios. Es preciso rendir tributo a los autores que se entregaron a recolectar estas hermosas historias para que nadie las olvide en las noches infinitas en que se recuentan las grandes composiciones de los repertorios operísticos. Enhorabuena a quienes decidieron que la historia de amor entre el zar Saltán y la zarina Militrisa merecía estar esta temporada (gloriosa) del Real.