Clara Ramas, profesora de filosofía, gran estudiosa del marxismo y filósofa ella misma, y cuya ideología la llevó durante algún tiempo a participar en la política como diputada de “Más Madrid” en la Asamblea de Madrid – de vez en cuando entre los cuadros de nuestra oligarquía política vemos un mirlo blanco, rarissima avis – publicó en la primavera de 2024 El tiempo perdido (ARPA), un interesantísimo libro de pensamiento político, y hasta un poco teológico y metafísico, que, aunque su tesis no nos convence por completo, está lleno de vislumbres sugerentes, máximas felices, e incluso contiene media docena de párrafos geniales. Es el caso que la presentación del libro está más cerca de un ensayo literario festoneado de aforismos y preñado de jerigonzas de actualidad del último grito, como cultura “incel”, tradicionalismo lo-fi, burnout, “foids”, MGTOW, LDAR, etc., que de un manual riguroso y sistemático sobre la función de la melancolía en la política reaccionaria. Dicho esto, me parece una delicia de libro de pensamiento y su “forma”, a menudo parecida a la del artículo periodístico, ayuda a leérselo uno en una sola sentada.
Pues bien, la tesis central del libro sostiene que la melancolía es la fuente psicológica de la que en el ámbito político emana la reacción y el conservadurismo más extremo. Añorar los tiempos pasados supone desear un algo mejor que regeneraría un presente putrefacto. Pero a menudo ese “algo”, ese objeto perdido, y en esto estoy de acuerdo con la pensadora madrileña, nunca existió en realidad, o se engrandeció mitificándose – los recuerdos de las cosas que nos gustaron nuestra alma los embellece -. Ahora bien, la herida de la melancolía transciende el pensamiento reaccionario, y más que fulcro que nos ayude a traer el pasado al presente, es una grieta en el alma que nos define como seres humanos, condenados a no encajar jamás por completo en la realidad de este mundo, y ello explica que no paremos de manipularlo en busca de un mundo que nos acoja mejor y combata este malestar interior ante la ausencia de una clara perspectiva de futuro. Sería más un síntoma antropológico o psicológico de lo humano que el fundamento político de la derecha. Para Clara Ramas ese centauro político que es la derecha melancólica estaría resentido porque ha dejado de ser el administrador de la autoridad, pero si afirmamos que es el neocapitalismo el que nos envenena de melancolía, ¿cómo va la derecha a añorar formas anticapitalistas y la izquierda progre sostener el presente neoliberalismo capitalista? Aunque ya todo es posible. Sí tiene razón la Dra. Ramas cuando afirma que en muchos nacionalismos se busca en el pasado la identidad nacional “perdida”, como un regreso al útero histórico, a un origen mitológico. Y en los discursos chillones sobre la grandeza del pasado o la patria, se esconde en realidad un grito caníbal. O conmigo o con nadie. La melancolía decretaría así una autenticidad impostada que valida al sujeto. Sostiene asimismo que los viejos valores son hoy como monedas gastadas que han perdido su relieve y su capacidad de movilizar y ordenar el metabolismo social; valores como ruinas que articularían nuestro paisaje. Ahora bien, nosotros creemos que esos valores ( y disvalores ) no se han gastado per se, sino que el desarrollo del nuevo liberalismo, el reinado de lo woke, los está destazando a través de una programación cultural, cosa que es distinta. Por lo demás, es verdad que el hombre es un ser que encuentra la meta sólo en el camino mismo ( homo viator ), es el ser que encuentra el hogar en la búsqueda del hogar. Sin duda somos seres errantes, sin lugar donde recostar la cabeza, como el Divino Maestro. Filius hominis non habet ubi caput reclinet/poû tên kepalên klínêi. En realidad, el ser humano no pertenece a ningún sitio. Nuestra autora utiliza el concepto de “fetiche definitivo”, sacado de la metáfora marxista del fetiche de la mercancía – noción que desarrolla en su primer libro – magnífica obra -, compendio de su tesis doctoral, Fetiche y mistificación capitalistas: La crítica de la economía política de Marx (Siglo XXI), para definir esa Edad de Oro a la que la reaccionaria melancolía tiende. En lo que discrepo humildemente con Clara es en su afirmación de que la lucha contra el feminismo sería el non plus ultra de la hermandad melancólica. La historia de la Revolución Francesa lo desmiente. Fue la derecha de la Revolución, como Condorcet, el único sector galante que dio la razón a las reclamaciones feministas, cargadas de sentido común. Sólo el ala derecha de la Revolución, la Gironda, con miembros como Nicolás Condorcet, Pierre Guyomar y Gilbert Romme, miembros cuyas manos jamás se mancharon de sangre, luchó por la emancipación femenina, proponiendo sin éxito la participación efectiva de la mujer en la República, tanto mediante el voto como en calidad de candidata. Por el contrario, todos los jacobinos despreciaron las reivindicaciones femeninas, llevando a sus representantes más heroicas a la guillotina. Quizás el jacobino más antifeminista fue Andrè Amar, todo un dechado de criminal de Estado, gracias al cual la guillotina cercenó miles de cabezas, pero con una enorme baraka, que le permitió morir de enfermedad en la cama tras la caída de Napoleón. Al comentar las sucesivas ejecuciones de tres mujeres tan distintas como Marie-Antoinete (16 de octubre), Olympe de Gouges (3 de noviembre) y Madame Roland (18 de noviembre), el diario de la Convención concluyó que estas tres damas habían merecido la guillotina por haber querido involucrarse en la política, y olvidarse de las virtudes específicas de su sexo...La influencia de Rousseau con La Nueva Eloísa fue fatal para la izquierda, que impidió que la Gironda no sólo no aprobase una ley que permitiera el voto femenino sino que ni siquiera sobreviviese al terror la propia Gironda. Hoy el antifeminismo, según Clara Ramas, mana “del negro agujero del nihilismo contemporáneo”, que ella sitúa en la reacción política. Pero que yo diría que es una excrecencia de los desajustes terribles de esta sociedad palmariamente injusta, a pesar de la dominante programación bienintencionada. Llama la atención que en este análisis de la melancolía social esta pensadora marxista no busque también su fuente en la creciente brecha entre ricos y pobres. Nos parece a nosotros que la profesora Ramas dice con demasiada contundencia que “todo programa cultural o político que piense que de la melancolía puede extraerse contenido sustancial o principios rectores para un modo de vida y de organización política efectiva de la sociedad es un programa reaccionario que debe ser recusado”. Pero es que resulta que la propias Revoluciones Americana y la Francesa no fueron otra cosa que el triunfo de la melancolía de la gran Ilustración por la Democracia Ateniense. La admiración por la antigua democracia ateniense fue inequívoca para los rebeldes estadounidenses de 1776 y los revolucionarios franceses de 1789. Como fuente de inspiración de su visión, la democracia antigua fue el modelo instructivo según el cual los jacobinos intentaron construir su «república de la virtud». Desde hace algún tiempo, la investigación ha dilucidado exhaustivamente los detalles relevantes y no hay razón para repetirlos aquí. Sin embargo, cabe señalar que fue Plutarco quien llegó a ser la fuente de información en la que se inspiraron los revolucionarios, y el prisma interpretativo a través del cual entendieron su significado fue, en particular, el pensamiento político de Montesquieu y Rousseau. La idea melancólica de la democracia ateniense, como prevalencia de los idiotas, volvió a situarse en primer plano del debate político en el Siglo de las Luces y se incluyó en el vocabulario político de los críticos del Antiguo Régimen.
Después de Montesquieu, los antiguos modelos republicanos griegos articularon el lenguaje simbólico de la disidencia política. El nuevo esquema de gobierno que representaban, el estado sin rey, la república, traía las buenas nuevas de un régimen de instituciones libres y de virtud política. Es cierto que entre los sucesores intelectuales de Montesquieu, la admiración por los antiguos modelos republicanos griegos no supuso una aprobación total de la democracia ateniense. Rousseau es un caso típico. Volviendo a las construcciones teóricas de Maquiavelo, a quien consideraba el gran demócrata malinterpretado del pensamiento político, Rousseau centró su admiración en los regímenes de Esparta y Roma. Fue el modelo espartano el que inspiró su artículo sobre economía política en la Enciclopedia de D´Alambert y Diderot, mientras que la estructura del Estado propuesta en el Contrato Social recoge con admiración y melancolía formas institucionales de la antigua Roma. La democracia ateniense, por el contrario, repugnaba a Rousseau precisamente porque era inferior a Esparta en cuanto a las virtudes de disciplina, unidad y estabilidad. Este mismo hecho de preferir Esparta a Atenas, hizo que nuestro maestro, Antonio García-Trevijano, afirmase que Rousseau sería siempre un peligro para una Democracia auténtica. Otros representantes del radicalismo social de la Ilustración, como Mably y Morelly, también parecen haber preferido el modelo espartano. No sin razón fueron los padres primeros del comunismo que iluminaron a Marx. El gran ensalzador de la Democracia Ateniense del siglo XIX será el melancólico Víctor Duruy, historiador y ministro de educación y asuntos religiosos de Napoleón III. Y es que a pesar del famoso dicterio de Marx, no todo fue farsa en el Segundo Imperio. La melancolía nos ha restaurado la libertad ya varias veces en el mundo. Pero si para Clara la melancolía no puede fundar ningún programa político, sí sirve para algo quizás más importante: la creación artística. Y aquí entra en una hermenéutica sobre la obra de Proust, y su melancolía convertida en éxtasis de reminiscencias a partir de simples objetos que nos encontramos y nos apelan: la magdalena nos lleva a Combray, el campanario a las muchachas de verano, la baldosa a Venecia. Pero estas reminiscencias no nos llevan nunca a un pasado real; son emanaciones de nuestro propio deseo. Magnífico libro, en fin, sobre la melancolía, aunque la interpretación política de la misma no nos convenza mucho, a pesar de su belleza formal. Quizás porque tengamos “la desgracia” de ser también nosotros melancólicos.