Tras la reseña de A day in the life publicada por EL IMPARCIAL el pasado 1 de mayo, entrevisto a Pedro Learreta (Bilbao, 1967). Jurista y profesor de Derecho Civil en la Facultad de Derecho de la Universidad de Deusto, socio responsable de Garrigues (firma internacional de servicios legales y fiscales) en el área del País Vasco y Navarra, este autor ha publicado, además, George Martin y Brian Epstein (Editorial Alhulia, 2020) y Slavery Records (Liburuak, 2023).
La prioridad en esta segunda novela de Pedro Learreta es mostrar una época tan creativa y atrayente como fue el Swinging London desde la mirada de Tara Browne, su protagonista. Un hedonista adicto al ácido lisérgico que se mueve en la superficie de la vida, sin un concepto muy noble de la amistad y del amor, y con un desarrollo espiritual poco profundo.
El arte es la apoteosis de la soledad y a Tara siempre se lo encuentra rodeado de gente (hay que puntualizar que era muy hábil para conocer y tratar a los mejores artistas de Londres).
Díganos, ¿a la hora de idear A day in the life no se planteó en algún momento prestar su papel principal a –por ejemplo– alguno de los músicos que dejaron poso en aquel Londres de los años sesenta?
Sí, consideré esa posibilidad entre otras, pero finalmente escogí a Tara por varias razones. La primera, como es obvio, fue la referencia de la canción de los Beatles. El personaje de Browne, a la vez real y literario, me sirvió de enganche con el grupo, con su entorno londinense y con la creatividad que envolvía cualquiera de sus movimientos. Y en segundo lugar, me pareció más interesante dar voz a alguien no tan conocido por el gran público, a un genuino espectador del Swinging London, un narrador que, a los ojos del lector del siglo XXI, resultara más neutro, de modo que su relato pudiera percibirse como veraz, objetivo, histórico, si se quiere.
¿Cómo llega usted a la figura de Tara Browne y qué le seduce más para servirse de él como «guía» a la hora de mostrar el Swinging London?
Soy un fan acérrimo de los Beatles desde mi infancia. Todo lo que tiene que ver con la banda y su música me suscitaba y me suscita interés, desde los aspectos estrictamente musicales a los más literarios, y ello incluye por supuesto a los personajes de sus canciones. Así fue como conocí a Tara Browne y me interesé por él, llegando a descubrir poco a poco su intensa conexión con otros músicos de la época, con la familia Guinness, con el mundo del arte. Era un tipo sin duda fascinante que, a mi modo de ver, merecía una historia. De ahí surge la novela A Day In The Life.
En su novela alguien asegura que «Brian Jones constituye la encarnación del Swinging London». ¡Lo que faltaba por oír! No desconocemos que para bastantes fans Brian Jones sea el stone por excelencia, portador de las esencias de la banda. Vale, era un virtuoso de muchos instrumentos musicales y gran conocedor del blues y del jazz, sin embargo, tras su ahogamiento, los Rolling Stones graban los discos que realmente los han inmortalizado: esos que van del Let it bleed (1969) al It’s only rock and roll (1974). Que el sustituto de Jones durante el mítico lustro –Mick Taylor– sea el mejor guitarrista del grupo, dejando en él una impronta insuperable, es sostenido por otros tenaces stonianos, entre los cuales nos encontramos.
Ciñéndonos a A day in the life, lo que en ella se lee de Brian Jones (a través de complementarios testimonios) es para ponerse a temblar: además de ser una pésima influencia para Tara, «narcisista, drogadicto, indeseable y memo» son epítetos a él dedicados…
¿Cree Pedro Learreta que alguien como Brian Jones puede realmente abanderar años de genialidad y talento como los vividos en un Londres irrepetible?
El mundo de la música siempre ha generado mitos descomunales, iconos desprendidos de la realidad, figuras que se acaban convirtiendo en la imagen de una era, de una forma de vida, incluso al margen de cómo fueran en su vida diaria. Brian Jones es una figura que responde por completo a ese esquema, por su físico y su vida disoluta, y a la vez por su talento musical, deslucido tras el carisma y la habilidad de Jagger y Richards… de hecho su imagen, la construcción simbólica, ha acabado por ser más relevante que su persona.
Descartadas otras formas de hacerse notar, a Tara Browne la fama, dejar huella a toda costa, le obsesionó durante su corta vida. A pesar de su dinero, de la ropa exclusiva, de tantas bellas mujeres que conquistaba, su (auto)rretrato acaba resultando, la verdad sea dicha, poco estimulante. La gran virtud literaria de A day in the life es transmitir de forma veraz el ofuscamiento y la futilidad de un irlandés más perdido que desorientado en la asombrosa metrópoli. Su juventud londinense se revela atrapada en un presente viscoso y narcotizado, con el futuro siempre postergado, y en un constante desequilibrio emocional.
¿Le incomodaría que le dijesen que su novela encierra una lección moral?
No, porque creo que una visión literaria de la realidad comporta siempre alguna clase de juicio moral por parte del autor, que no puede evitar incorporar al relato su visión del mundo, una cierta escala de valores, cuando menos. En este caso he huido de la moralina explícita, pero no he podido ni querido eludir ciertos calificativos para referirme a algunas conductas o a determinados personajes y estilos de vida, en particular en cuanto al abuso de las drogas o la sobrevaloración de lo puramente superficial.
Aficionados de siempre a la biografía, los británicos denominan quest a un peculiar modo de pergeñarla. Traducido como «búsqueda» un quest ofrece, como un teatro que dejara visible la tramoya, el riguroso proceso de exploración que está en la base de todo verdadero trabajo de investigación. En A day in the life usted edifica una narración construida a base de testimonios, compleja en saltos temporales y con abundantes referencias sobre la época.
¿Puede contar para EL IMPARCIAL cómo fue, a la hora de levantar la historia de Tara Browne, ese proceso suyo de investigación que pronto se revela –además de trabajoso–, exhaustivo?
Un placer, una auténtica gozada. Releer libros y artículos que tenía por casa, descubrir otros que desconocía, recorrer ciertos lugares de Londres, volver a escuchar discos y hablar con gente aficionada, todo ello ha sido enriquecedor y divertido, un lujo, en especial para un fan de los Beatles con severa querencia a la anglofilia como soy yo.
En su libro El vientre de la ballena, el novelista, ensayista y crítico pontevedrés Diego Moldes afirma: «La cultura actual tiende a ser una cultura líquida, una cultura ligera o light, casi superficial, una cultura insignificante en el sentido de intrascendente, una cultura rápida, una cultura digital que no está preparada para serlo de manera tan acelerada»
¿El profundo cambio de paradigma vivido durante los años sesenta pudo ser el punto de arranque para un proceso de desacralización de la cultura que, en nuestro fulgurante presente, ha desembocado en la insustancialidad, la vertiginosidad y la producción en serie?
Así lo creo. Supongo que de ahí resulta el tono de alguno de los narradores, en especial el de Nicky, la esposa de Tara, o el de Oonagh, su madre. Me refiero a su escepticismo, una inclinación hacia la mirada cínica de una realidad no tan brillante, no siempre al menos, como la mitología moderna nos ha querido hacer creer. En la novela yo he descrito el mito, pero al mismo tiempo he procurado ajustarlo, dimensionarlo de forma proporcionada y sin orillar aspectos menos amables.
Asumimos ahora el lado positivo de un período sin duda dorado para la música, el arte o la moda. Centrándonos sobre estas disciplinas que tantas novedades experimentaron hace sesenta años: ¿cree que algo de aquel empuje puede aún dejarse notar en ellas?
No tengo la menor duda. La cultura moderna, signifique lo que signifique esa expresión, no sería igual sin la revolución vivida en los años sesenta, en especial en el Reino Unido y en Estados Unidos, con una producción literaria, musical y cinematográfica deslumbrante, tanto que todavía hoy nos impacta y nos inspira.
Pedro Learreta