Traducción del catalán de Pau Sanchis Ferrer. Destino. Barcelona, 2025. 286 páginas. 21,90 €. Libro electrónico: 8,99 €.
Por Aránzazu Miró
El yo que no muere es una novela de crítica social, con los ingredientes más interesantes de la novela negra, pero sin serlo. Ferran Torrent transita con unos personajes ya consolidados situándolos en épocas cambiantes. Al mítico Regino, falsificador de cuadros y de documentos, pero sobre todo un buen hombre, lo teníamos ya de capa caída en la anterior novela. En Memorias de mí mismo (2023) parte el autor de un hecho producido en 1968 para desarrollar la novela en 2019. Ahí rememora la existencia de la Brigada Político-Social y las fuerzas de represión del franquismo. La corrupción, que en definitiva es lo que despliega, es la misma, y nuestro personaje es, en realidad. ya un falsificador jubilado.
En Poder contarlo (2019) sitúa el devenir de estos mismos personajes en el momento de la Transición, en los años ochenta. El objetivo, el mismo: siempre situado en su entorno valenciano, denunciar los bajos fondos y las maneras de la corrupción que no tienen color político. En El yo que no muere se adelanta, sin embargo, a 1966. De manera que Regino no es todavía el Mítico, aunque sí es El Regino, una denominación sorpresiva para una lectora acostumbrada al original catalán, donde los nombres se anteceden, como norma, del artículo. Funciona muy bien cuando aparece como el Mítico Regino; choca cuando se queda en El Regino.
El periodista Ferran Torrent, como narrador, se caracteriza por unos diálogos increíbles, fluidos y espectaculares (alguien los ha definido como «endiabladamente rápidos»). Pues bien, en esta entrega sus diálogos alcanzan un punto de maestría que yo no recuerdo en lectura alguna. Entremezcla diálogos diversos producidos a la vez en ubicaciones diferentes, y no solo se complementan y completan, es que se disfrutan y discurren con un trabajo de engarce exquisito, como si nada. Para mí son, con diferencia, lo mejor del texto. Espectaculares.
El yo que no muere complica la cantidad de personajes ya conocidos con otros muchísimos, añade un episodio romántico con moraleja y la aparición de Ava Gardner como un personaje más, ella misma intentando pasar desapercibida como una millonaria norteamericana despistada por Valencia. Todo ello hace que la novela sea entretenida, pero también muy complicada.
Por momentos fluye pero en otros, las explicaciones resultan tan necesarias, que cuando los diálogos se dedican a ponernos en antecedentes de las situaciones políticas de unos y otros, las pesquisas del espionaje y las actuaciones corruptas, desde los nazis con el Pervitin y, claro, la inclusión de las drogas, al del peligro de extensión de la extrema derecha, o el del comunismo ruso y su expansión, el comando del Mosad y las incursiones en Egipto con técnicos aeroespaciales, Israel, la pertenencia al ejército, la imposibilidad de que la democracia enraíce en determinados países entre los que está el nuestro, y por supuesto la red de falsificación de obras de arte y el intento de localizar el arte expoliado por los nazis, a mi parecer hacen que la novela resulte complicada y excesiva, como excesivas me parecen las páginas dedicadas a intentar explicarnos la razón de la presencia de cada uno de los múltiples personajes que se incorporan.
A todo ello incorporo el papel de la mujer, archisabido y repetitivo, que tiene en esta novela. Claro que estamos en los años sesenta del siglo pasado, pero es que seguimos siendo tópicas y tontas. Así se nos pinta.
En la larga cita que incluye en el comienzo de la novela La vida en el abismo, con la que Ferran Torrent fue finalista del Premio Planeta allá por 2004, situada en la década de los setenta, pero con el mismo objetivo, deja claro el interés que, como autor, le lleva a escribir estos relatos: «Me atraen los tipos que vulneran las normas, los que viven al límite, los que aceptan el riesgo como parte natural de la vida, los que se lo juegan todo a una carta». La vida en el abismo tiene como eje el juego, pero también en la novela que comentamos, como en todas las suyas, aparecen las partidas del «cincuentaicuatro», es decir, el póquer. Porque hay mucho entresijo, entre tanta entretela.