Opinión

Agapito Maestre: Del pensar hispánico... bien escrito

TRIBUNA

Alfredo Arias | Martes 20 de mayo de 2025

Hace algo más de dos meses que la editorial Almuzara ha sacado a la luz un nuevo libro del filósofo Agapito Maestre, Filosofía española de los siglos XX y XXI, cuyo subtítulo, Del pensar hispánico, matiza el categórico genérico, en cuanto también transitan escritores-pensadores hispanoamericanos como Octavio Paz, Jorge Luis Borges, Alfonso Reyes o Emilio Uranga. Si algo genuino representa este estudio es la convicción de Maestre de que el arte de pensar se combina, casi orgánicamente, con el de escribir cuando hablamos de filosofía, sea o no especulativa, pues ¿hasta qué punto Platón no es un literato cuando escribe El banquete, o lo mismo Nietzsche cuando pergeña Así habló Zaratustra, máxime siendo sus primeros estudios los de filólogo? El autor presupone, incluso deportivamente presume, que el pensar hispánico está especialmente dotado para ese hermanamiento. Dicho lo cual, en el tiempo de especialistas que nos ha tocado vivir, tan dado a separar y clasificar para simplificar las personas y las cosas ‒lo que, por cierto, hubiera creado más de una úlcera a primitivos y genuinos filósofos‒, al libro de Maestre va a serle difícil encajar en un estante concreto, salvo que su poseedor tenga la mente abierta y la curiosidad en buena forma, pues saltará con facilidad desde el de filosofía al de historia sociopolítica, o desde el de la literatura al del arte, lo que, a día de hoy, me parece particularmente valioso.

No es casual que el libro arranque con un prólogo que invita a burlarse ‒a afrontarla con actitud despejada‒ de la filosofía, con las cuasi míticas impresiones que despierta en Maestre la contemplación de la enigmática cabeza de Julia, de Jaume Plensa, en la plaza de Colón madrileña, junto a la Biblioteca Nacional. Nada azaroso hay en este punto cero con bulto estatuario, pues el escritor va a esculpir con esmero ‒con energía y esmero‒ todos y cada uno de los párrafos de unas doscientas veinte páginas, sin dejar nada a la falta de meditación o a la banalidad. Esta voluntad artística, literaria, del mismo Maestre se manifiesta desde los epígrafes de los capítulos, tocados de cierta ironía y aire cervantino, y en la elección de las citas preliminares de los capítulos, incluida la del prólogo.

Filosofía española de los siglos XX y XXI (de lo que llevamos de XXI, claro es) se reparte en siete capítulos, tres anexos y un índice onomástico con más de trescientos nombres, indicativo –precisamente‒ de que el autor no se ha ido por las ramas, sino que ha ido de las raíces a las ramas. De hecho, Miguel de Unamuno y Ortega y Gasset se configuran veneros de los ríos de pensadores de los que se va a dar cuenta. Pero ese aluvión nominal, esa nómina progresiva, no se hace, precisamente, farragoso. Muy al contrario, puede recorrerse casi a modo de novela, ya que Agapito Maestre no abandona nunca el principal ordo orteguiano: el yo y su circunstancia, el yo y la vida, el yo y la historia. La razón vital. Así, los tres primeros capítulos se contextualizan con el episodio más determinante para los españoles en el pasado siglo, la Guerra Civil, donde van a narrarse ciertas peripecias que protagonizaron –y a veces sufrieron‒ algunos de nuestros escritores-pensadores, tanto en 1936 como en 1939. García Morente, María Zambrano, Antonio Machado, Juan Ramón Jiménez o el mismo Ortega acuden, por supuesto.

Concurren varios polos de atracción en esta escritura: uno de ellos compete a la mera y pura condición humana, con lo difícil que resulta, a veces, conjugar lo aséptico del pensamiento con las viciadas circunstancias que puedan salpicar al pensador. No es éste el lugar para destripar algunas de las sustanciosas informaciones que nos sorprenden en el texto, fruto de una investigación larga y desprejuiciada, pues a uno le saldría la mancha del traidor (de aquella manera) si las desvelara aquí, y lo suyo es que se adquiera el volumen; pero sí puedo decir que trata justamente de eso, de cierto tipo de traiciones (también de aquella manera) de algunos discípulos para con sus maestros, que van más allá de la saludable controversia intelectual que proverbialmente suele darse.

Otro de los magnetismos de esta prosa es el cuadro inesperado que, de repente, se visualiza, como una reflexión del autor acerca de la cultura filosófica alemana en general, y del sistema hegeliano en particular, en contraste con lo común en la hispánica, más ocupada en la mezcla, en lo mestizo (capítulo tercero); o las oportunas evocaciones y anclajes del pensar hispánico en un Alfonso X o un Isidoro de Sevilla; no diremos un Cervantes, Gracián, Feijoo, el padre Sigüenza y el colofón comprensivo de Marcelino Menéndez Pelayo. Así ocurre que don Agapito echa la vista atrás para irla conectando con lo más próximo, hasta la mera actualidad (el germen nietzscheano de Ramón Gómez de la Serna en El libro mudo, la impronta de Azorín, la estética de D´Ors…), conduciendo finalmente la emanación a las últimas producciones de personalísimos humanistas en activo, como Ignacio Gómez de Liaño o Gabriel Albiac; todo porque la filosofía no es un diáfano devenir para Maestre, ni una línea recta, ni siquiera el camino, un camino concreto; es más pensar que pensamiento, vivo por orgánico. Lo destaca más de una vez en el libro, y lo sintetiza finalmente, con guiño aristotélico: «creo que es, definitivamente, más importante la tarea de pensar, de filosofar, que la filosofía, o sea, pensar es una tarea infinita. Sin final. Pensar es antes energeia que ergon… La experiencia, el camino dirá el poeta, importa más que el destino final» (capítulo VII, pág. 195).

Nadie busque un manual de Filosofía, ni un manual de cualquier cosa, en un libro escrito por Maestre; y en éste, menos. Es, sobre todo, una obra de autor –como la cabeza de Julia, de Plensa‒ con todo lo que ello conlleva: condimentos de vida y de cientos de lecturas sin anteojeras, de ética y de estética, de más síntesis ‒soberbio esfuerzo, como ya demostró analizando a don Marcelino en El gran heterodoxo‒ que tesis cerrada a cal y canto; de autoridades rescatadas o poco –o mal‒ tratadas y de descubrimientos.

Se me ocurre que algunos títulos de los capítulos harán la boca (o las neuronas) agua al que hojee el volumen en cualquier expositor de librerías: «Del amor en la filosofía», «Filosofía y literatura», «Ventura filosófica»… (Ventura, que no aventura). La aventura ya le es brindada al curioso que se haga con él, porque, sin duda, se le exonera de cómodos lugares comunes y consoladores dogmas. Por ello, si el del gran RAMÓN era voluntariamente mudo, éste es un libro vivo, para estar de acuerdo y para no estarlo, llegado el caso. Un libro que se mueve, de un estante a otro, como dije. Tanto es así que entre la inquieta fauna del caudaloso río, a Maestre se le ha ocurrido incluir al errante pececillo que esto suscribe, por lo que mucho le agradezco que en el capítulo cuarto, el del amor, haya reflejado mi trilogía sobre lo Eterno Femenino, que doy en llamar Mujer Sublime, con mi estudio sobre los arquetipos, mitos e imágenes de la mujer en la historia del arte, el cine y la literatura, asimismo publicado por Almuzara (Berenice) hace algunos años.

Compren este libro, regálenlo. Es de esos en los que uno sale de manera distinta a como entra, porque como ocurre con los mejores viajes, sin duda ha aprendido algo, y además lo ha disfrutado.