Miércoles 03 de diciembre de 2008
Cuando Estados Unidos puso en marcha la operación “Libertad Duradera”, allá por 2001, sabía que estaba ante una misión difícil. El objetivo era capturar a la cúpula de Al Qaeda, refugiada en el Afganistán de los talibanes, cuyo régimen daba cobertura a los terroristas. La amenaza era global, ya que Al Qaeda había dejando patente que su enemigo era el mundo entero. Así, se constituyó un destacamento internacional militar, que desde entonces intenta restaurar los valores democráticos –si es que alguna vez hubo algo parecido allí-. Por desgracia, todos los países que han desplazado tropas a suelo afgano han sufrido la pérdida de vidas humanas, así como innumerables ataques. De ello han dado cuenta los distintos gobiernos con presencia militar en Afganistán…
¿Todos? España parece haberse desmarcado un tanto de esta línea. A juicio de Exteriores y Defensa, los militares allí destacados realizan labores de cooperación internacional, reparan tendidos eléctricos, arreglan el techado de unas cuantas escuelas, y reparten caramelos entre la chiquillería local. Lo que se dice un paseo militar. Pero en ocasiones la realidad reclama su cuota de protagonismo en el mundo de color en el que vive el Ejecutivo de Zapatero, como no podía ser de otro modo. Contrariamente a lo que afirma con hipocresía bien pensante del gobierno español, las tropas estacionadas en Afganistán no se encuentran “en misión de paz”, sino en guerra. La libertad, que es el objetivo -y la paz, que es su consecuencia- se alcanzarán cuando se gane la guerra. Caso contrario, no tendría objeto la presencia militar extranjera en aquella zona. Analistas militares de medio mundo coinciden en la necesidad de enviar más tropas, ante la escalda de violencia que se viene detectando de un tiempo a esta parte. ¿Y alguien se cree realmente que las tropas españolas allí destacadas están sólo de instrucción? Patrullan por caminos sembrados de minas, sufren ataques con bastante más frecuencia de la que el Gobierno quiere reconocer, y están expuestos a un peligro constante. Por eso está allí el Ejército y no una excursión del colegio. Empiezan a conocerse los testimonios de los soldados que regresan de allí. Y lo que cuentan no es precisamente apacible. Pero claro, en España aún resuenan los eslóganes tipo “no a la guerra”, y más de uno se sentiría incómodo si se reconoce algo obvio: que en Afganistán hay una guerra, y no un campamento de boy scouts.
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