Dice el célebre verso de José Hierro que por el dolor llegó a la alegría, pero en muchas otras ocasiones, si no la gran mayoría, por el dolor uno sólo puede desembocar en la nada más absoluta. Es muy complicado transigir con una imposición de ese calibre, tan segadora de cualquier otro ápice que resulte contrario, sanador o esclarecedor. El dolor se lo lleva todo. Embiste con su fuerza de olas marinas que saben hablarnos de la noche, una que se nos precipita y cuantas más imágenes alegóricas que se precisen para transmitir la pesadumbre arrolladora y aparentemente infinita.
La muerte del padre es un tema literario por antonomasia, pero además una fase que cada uno debe vivir a su manera pese a la injusticia de la baldía situación que deja. En la novela de Marc Parera, La noche más clara, las consecuencias evidentes están en las primeras acciones de Damià, el protagonista; no la decisión que toma, revelada con prontitud para evitar escabrosidades, sino los detalles de su estado anímico, los huecos que van apareciendo en su humor, diría que ausente pero también alerta, emprendiendo un camino de muy difícil retorno. ‘Lanzaron una piedra contra una cabina y el vidrio se rompió en mil pedazos. Me acerqué. Nadie diría, viendo aquellos trozos, que aquello había sido una pantalla tan grande, uniforme, y que, a la vez, fuera tan frágil por haberse hecho añicos de un solo golpe. No podía dejar de tocar los fragmentos; destellaban con la luz del sol. Me corté. En casa me eché agua y sal. Ese dolor, tan en la punta de mí mismo, me permitió, por unos segundos, olvidar el otro’, explica en las páginas iniciales, y sobrecoge que necesite llegar a esos extremos para volver a sentir, tan acabada que parece su existencia por la tragedia en un momento vital crítico y determinante.
La sensibilidad de Parera es cercana a los trabajos de autoras como Agota Kristof, Vivian Gornick y Mary Karr, como se indica en el texto a modo de epílogo, pero le añadiría la resonancia a lo largo del libro de la figura del hombre herido de la película de Patrice Chéreau coescrita con Hervé Guibert, y sin salir de las referencias cinematográficas, el cine de Krzysztof Kieślowski y su excelente Azul, donde el duelo desencadena la libertad de elegir, independientemente de las repercusiones, resultando hostil en la película, más sensitivo en la novela de Parera.
Se tratan con suma fineza los párrafos sobre la prostitución pero mucho más los que cuentan el deambular de Damià por Barcelona, una que permanece impasible al curso de las estaciones y de los años, atenta únicamente al resto de vidas exceptuando la suya, pero él, en un extraño gesto de piedad para ella y consigo, se detiene en las avenidas, en los patios y los jardines, para admirarse de la naturaleza que prosigue a pesar de la gristeza imperante de sus días. El aire artificial, estancado por sus obligaciones, deseando un cambio que se aproxime lentamente, y de ese modo parece ocurrir, se limpia con el nombre de la arquitectura, de las flores, de los objetos, con la vista puesta en la gente, en sus movimientos imperceptibles salvo para Damià, quien los recoge con delicado esmero, asumiendo el desarreglo de las fuerzas que va soltando cualquier jornada.
La novela deja sumido en las siguientes cuestiones. ¿Qué rumbo nos depara la falta de asideros? ¿Qué tiempo puede cuidarnos si no parece más que un vertido de obstáculos? Superada esa etapa, ¿tiene sentido seguir fantaseando con que alguien nos espere, por que todo pueda continuar, por que nosotros lo hagamos?