Opinión

David Bowie llega al hotel con una bolsa de plástico del Mercadona

TRIBUNA

Joaquín Campos | Lunes 26 de mayo de 2025

La historia sólo está reconocida para los héroes cuando en algunos casos hasta para los villanos. Por eso yo llevo viajando décadas con una sola maleta, donde no incrusto mis vacaciones, sino mi vida entera, cuando para trayectos cortos, léase de un día o a lo sumo dos, suelo meter mis cosas, siempre escasas, en una bolsa de supermercado, cuando en Bali llegué a hacerlo en el interior de una de basura para sufrimiento de mis vetustos progres, todos ellos recorriendo sesenta kilómetros desde sus casas a una montaña provistos de una maleta y media; como si en realidad durante ese fin de semana nos fuéramos a topar con dos guerras civiles.

Esta madrugada en Málaga, y sin mucha dilación, llegué de nuevo a la conclusión que me dictaba la necesidad de evitar molestias aunque mi imagen pública quedara en entredicho. Por eso lo de la bolsa de plástico del Mercadona, que sin ser sobresaliente, permite que un jersey de escaso peso, una muda genital, un par de calcetines y una camisa, por si en realidad la familia real estuviera esperando mi discurso, serían lo único necesario. Añadí una botella de agua en formato plástico para que no quedaran dudas de que esa manera de llevar mis enseres personales no era la de los demás. Para nada.

Transité por media España a lomos de dos AVE, que desde Málaga y Madrid, acabaron por entregarme al antiguo Reino de León, que si hoy perteneciéramos a él en vez de a esta España menguada, sus gentes no balbucearían a la hora de defenderla.

Y eso… que llegué al hotel Barceló Conde Luna, con la bolsa y el gesto florido, cuando la de recepción comenzó con el interrogatorio. Debo aclarar que mi visita a tan fastuoso lugar sólo tuvo que ver con su invitación hacia mi persona para que participara en la presente edición de León en Negro, que enmarcada dentro de los eventos relativos a la Feria del Libro de León, me iba a permitir expresarme en torno a mi libro más vendido: Muerte en Tailandia.

Durante las preguntas de rigor la recepcionista inquirió sobre mi equipaje. Y ante la falta del mismo sólo acerté a comentarle que los artistas viajamos como queremos. Ella rio para a continuación hacer un gesto a su compañera, otra recepcionista que hacía las veces de escribana, cuando de pronto solté la bomba: todo lo que traigo está en esta bolsa del Mercadona, donde hace unas horas yacían plátanos de Canarias, manojos de cebolletas, una papaya, varios yogures y una lata de tomate triturado. Y de pronto, me convertí en David Bowie, sin chaqueta de cuero ni un ojo verde y el otro blanco. Porque si ningún artista celebérrimo tenía pensado aterrizar ese día en León, yo ya estaba allí para acumular premios ficticios y halagos exagerados. Y de pronto, me dieron las única suite.

Para los que hemos trabajado durante lustros en hoteles, la suite presidencial es un estilete que, además de promocionarte, te hace facturar de más. Y como yo accedí al registro del hotel a las cinco de la tarde, cuando la jornada ya estaba echada, me encontré con la soporífera sorpresa que me premió con los mejores metros cuadrados del hotel. Y yo, a lo Bowie, con mis bienes arrugados en una bolsa del Mercadona que debía oler a cebolleta. “Le aseguro que es para usted”, me confirmó la recepcionista, creyendo estar ante el nuevo rock star de esta generación, cuando yo sólo buscaba una ducha y una botella de vino con las que organizar mi ponencia, que nada iba a tener que ver con lo que les estoy escribiendo, sino con un niñato que pensó con antelación y mató sin la más mínima dosis de humanidad, para finalizar descuartizando a ese inocente colombiano, que además le amaba.

No es lo habitual pernoctar en una suite. Por eso, y aunque mi pobreza sea oficial, y dados mis pasados hosteleros, decidí no eyacular en la pared y enviar varias fotos y videos a mis amigos simulando orgías, que es lo que se estila cuando te ofrecen por la cara 140 metros cuadrados con terraza. Porque si follar en grupo es complicado, no les digo nada cuando la acción hay que acometerla en una suite de la que no supiste nada hasta treinta segundos antes de que te entregaran la llave y en una ciudad donde no conocías a nadie.

A la mañana siguiente, que es cuando debía empaquetarlo todo en la misma bolsa del Mercadona y salir a la carrera hacia la estación, tomé la decisión de meter en mi extraña maleta las pantuflas con las que este tipo de hoteles obsequian a sus clientes. Y ya en el tren de vuelta me di cuenta que entre David Bowie y yo mi mayor éxito es seguir vivito y coleando. En mi caso, con los ojos del mismo color aunque miope.

Al llegar a Madrid alguien de la organización me inquirió si había dejado el hotel. Y ahí me di cuenta que ni adiós había dicho; como si en realidad hubiera robado, además de las pantuflas, tres toallas y el minibar entero. Ni Bowie en sus mejores momentos.