Opinión

La mano en el fuego

TRIBUNA

Juan José Vijuesca | Miércoles 28 de mayo de 2025

Es curioso cómo la frase se hace valer cuando alguien pone en duda la fiabilidad de un subordinado cuestionado por esto o aquello. Enseguida, la persona responsable del susodicho dice poner la mano en el fuego y con ello, se pretende zanjar el asunto sin necesidad de acudir a la unidad de quemados hospitalaria.

Quemarse en el sentido figurado resulta comodísimo a sabiendas de la no existencia de brasas candentes. Juana de Arco pasó por la hoguera en tiempos de difícil convivencia política y religiosa, además de por ser mujer dotada con un par bien gestionado. No puso la mano en el fuego por nadie, salvo por Dios; pero claro, por allí andaban los encofradores del libertinaje, del vicio y la corrupción, y la dieron matarile un 30 de mayo de 1431. Y refiero este pequeño pasaje de la historia, por traer a cuenta la poca o nula fiabilidad que tiene la coral del gobierno Sánchez cuando repican a capela idéntico instrumento con lo de “poner la mano en el fuego”.

Se me antoja que un Consejo de Ministros debe ser lo más parecido a una clase de canto. El maestro da la señal a los fámulos, dando comienzo al solfeo del día. Hay armonía, por doctrina holística, pero como en toda aula que se precie, el deseo por salir al recreo supera a la directriz del instructor. Todas y todos vuelan con la lección aprendida, afanosos por ser rehenes de los chicos y chicas de la prensa que, con libertad y rigor, hacen preguntas que nada tienen que ver con el solfeo. —¡Estoy harto de cacería antidemocrática! —exclama Patxi López. Y claro, tratándose de jarabe democrático, pues no a todo el mundo le sienta bien la misma medicina. La intolerancia medicamentosa es lo que tiene.

La actividad docente no resulta fácil cuando el maestro piensa más en él, desdeñando así la coherencia política para dar paso a modelos más bien dictatoriales, nada contextualizados con el sentido común y faltos de libertad de expresión. Es sencillamente la opinión pública la que demanda profesionalidad para construir en vez de echar abajo la solidez de todo un país, vendido en un mercado persa por siete votos.

Fruto de este desafinado gobierno, siempre refractario hacia quien le contradice, llega el momento de reivindicar el justiprecio de lo políticamente correcto: “Pago, luego existo”, –demanda el pueblo- ante la deriva de una sociedad perdida dentro de un sistema que no ofrece ninguna salida. Y si habiendo hechos de corrupta culpa directa o indirecta implica renunciar a la silla curul, pues hágase por el bien general, que es de lo que trata el principio deontológico de cualquier sana democracia.

Hombre, don Pedro, así como el que no quiere la cosa, se ha hecho usted un país a su medida. Todos los poderes legislativos directos, indirectos y circunstanciales comen de su mano y, por si esto fuera poco, los flecos en forma de paguitas, subvenciones, enchufes y hasta un elenco de primeros espadas de su partido se hallan en el rebosadero de la presunción de inocencia.

No le deseo mal a nadie, pero es que la cosa canta más que la gallina de Santo Domingo de la Calzada, que volvió a cantar después de asada. En resumen, y tal como dice mi admirado Alfonso Ussía, “menos con el Real Madrid, se ha hecho usted con todo el poder”. Y en este devenir de desatino e injusticias, gracias a usted los precios caros ahora son los baratos, algo que no está al alcance de la cesta de la compra más corriente. Que un plátano nos cueste 0,70 €; una naranja, 1,72 €; un tomate, 0,83 €; o por una simple patata haya que pagar 0,63 €, ya me dirá, don Pedro, si no es para mear y no echar gota.

Pero no quisiera pasar por alto algo tan inmoral como vergonzoso. Siete meses después de la aprobación de la conocida como Ley ELA, su implementación sigue sin materializarse. Según Juan Carlos Unzué, actual portavoz de la Confederación Nacional de Entidades de Esclerosis Lateral Amiotrófica, y diagnosticado con ELA en 2020, denuncia que desde la aprobación de dicha norma, 600 afectados por esta enfermedad han muerto sin haber recibido ningún tipo de asistencia vinculada a los cuidados contemplados en la propia ley. El argumento oficial es que no hay dinero —hablamos de 300 millones— porque no hay presupuestos.

Hombre, don Pedro, para la ocasión tengo claro que con su proceder no seré yo quien ponga la mano en el fuego por usted, ni ahora ni nunca. Y no media en mí un ápice de ideología, porque cuando la maldad se refugia en algo, ya sean derechas o izquierdas, la vida de las personas está por encima de lo perverso y la mentira. Quede claro.