Opinión

De fidelibus iudicibus

TRIBUNA

Martín-Miguel Rubio Esteban | Viernes 30 de mayo de 2025

No basta con que la partidocracia española controle a los jueces desde el CGPJ, y que hasta los políticos de medio pelo tengan que ser juzgados sólo por obsecuentes jueces extraordinarios, muchas veces cómplices de los delitos políticos, sino que nuestra oligarquía política da un paso más, y legisla sobre el perfil que deben tener todos los jueces en general, a fin de conseguir el juez perfecto de la oligarquía; esto es, el juez-lacayo, o juez-mamporrero, iudex fidelis huius oligarchae factionibus. La “plebs sórdida, per dedecus Neronis alebatur”, que diría Tácito. Cuanto menos talento e ilustración tengan los nuevos jueces-comisarios, mejores siervos serán del gobierno y de la partidocracia gobernante en general. Ya tienen espíritu de servidumbre incluso los jueces ilustrados, así que los ignaros no ilustrados – “ignorantes sin narices” decía el bromista San Isidoro de Sevilla - llegarán a ser perfectos sayones del gobierno. Cuanto menos mérito intelectual tenga la carrera de juez, mejores servidores serán los jueces para con sus amos políticos. La eliminación del mérito en nombre de la igualdad corrompe la democracia y ésta ya sólo puede crear ciudadanos y hombres malos ( Aristóteles ). Una democracia rebajada a oclocracia conduce siempre a la dictadura. Ahora bien, a medida que la oligarquía política se va transformando en dictadura, y el dictador insaciable copando más y más instituciones, más cerca también estaremos de sacudirnos no sólo al dictador sino a la entera oligarquía que se enfrentará al oligarca con deseos de ser dictador. Es precisamente el acaparamiento incesante y voraz de instituciones por parte del Gobierno, a las que exige la más abyecta servidumbre, lo que acerca al propio Gobierno a su propio abismo letal. Porque el tirano, como ya intuyese el adolescente Etienne de La Boëtie, no piensa nunca que su poder está bastante asegurado hasta que no se llega al extremo de que no haya bajo él ningún hombre valiente, y la vida social se hace insoportable.

Dos semanas antes de que a Robespierre le cortaran la cabeza, el tirano se había hecho con su propia policía ( Hermann ), con la policía del comité ( Héron ), con la Justicia ( Dumas ), con la Comuna ( Payan ) y con el ejército revolucionario ( Henriot ). Pero tantos poderes en unas únicas manos asustaron a la nueva oligarquía financiera que la Revolución había engendrado, y acabaron con él antes de que el sobrio y austero Maximiliano también se hiciera con los resortes de la Banca y los negocios de los revolucionarios más corruptos. Michelet nos cuenta que en sus tres últimos meses Robespierre no paraba de leer y releer el pequeño Diálogo de Sila y Éucrates, del gran Montesquieu, pensando una y otra vez en dimitir como Sila, en volver a ser un particular como Sila, pero sin atreverse al fin. Quizás si hubiera dimitido de todo su poder omnímodo tres semanas antes tal vez hubiera salvado la vida. “Que un hombre está por encima de la humanidad, cuesta muy caro a todo los demás”, sostenía Montesquieu en este interesante diálogo.

Las sectas de la democracia ( los partidos voraces ) anulan la democracia, del mismo modo que las sectas del catolicismo anularán el catolicismo. Hoy a ningún partido de España le interesa construir una asilo para la Justicia. La Justicia muestra su espada en señal de duelo; ya sólo es sierva del gobierno. Y la servidumbre siempre aplebeya las instituciones democráticas, la servidumbre aplebeya el pretorio y lo desciende al barro hediondo, y cuando digo “aplebeyar” no me refiero a las personas de baja extracción social, de “humble social background”, que llegan con su esfuerzo y sus méritos al prestigioso fastigio del Poder Judicial “noblesse de la toge”. Al contrario, yo siempre he creído que las relaciones humanas más decentes que ha tenido el político Ábalos han sido las putas, de acuerdo tanto a la ética nicomáquea como a la cristiana. Mas nada dura contra la Justicia nos enseña la Historia de los pueblos.

En la mayor parte de nuestros jueces es tan pertinaz la voluntad de servir a los amos de los partidos que el mismo amor a la independencia judicial no parece ni siquiera natural. No agrada nunca lo que no se ha tenido jamás, por eso nuestros jueces viven en felicidad dependientes siempre del gobierno. Aquel a quien el pueblo ha elegido gobernante si gobierna sin respetar las leyes del pueblo incurre en los mismos vicios y crímenes que aquellos otros tiranos que han ocupado el Estado por la fuerza de las armas, e incluso muestra la más feroz crueldad y desprecio. Si el grande y emblemático abogado Luis Martí Mingarro veía como culturalmente gigantes a los jueces de su juventud en comparación con los “juececillos”, que diría Hughes, egresados del siglo XXI, entonces los que promociona Bolaños deben representar “la ignorancia docta” – grande nuestro grandísimo poeta Luis Albero de Cuenca – de nuestra jurisprudencia. Nuestros jueces han probado el favor de los gobernantes, pero jamás el de la independencia y la libertad, y sus tribunales de justicia llegarán a ser cuevas de tiranía. Se gozarán bajo el tirano se ser tiranuelos ellos mismos. Ya no es sólo que los jueces hagan lo que el gobierno diga, sino que pensarán lo que el gobierno quiere y, a menudo, por satisfacerle se anticiparán aún a sus pensamientos.

Ya a principios del siglo VII nuestro gran pensador, polyhístôr y polýmathês, San Isidoro de Sevilla, prevenía a nuestros “operarios judiciales” con sabios consejos y exhortaciones en sus Soliloquios, a fin de mantener con valor una independencia numantina: “Si te mandan hacer el mal no consientas. No consientas en la potestad de nadie para el mal, aunque te fuercen con castigo, aunque te amenacen suplicios, aunque te acontezcan tormentos (…) Al que obedece en el mal es semejante al que lo manda. Al que hace y al que obedece les castiga la misma pena (…) Conoce las diferencias de cada obra (…) Quita la costumbre y guarda la ley; la ley y la razón venzan el mal uso (…) Cuando juzgues, no te desvíes de la verdad por afecto de ninguna persona. Sea pobre o rico, mira la causa, no la persona. Desprecia también el don, para que por él no sea corrompida la justicia. Los dones hacen siempre prevaricar la verdad. Del juicio justo no apetezcas lucros temporales (…) Limpia tus manos de todo don (…) Impía justicia es no reconocer la fragilidad humana (…) A nadie juzgues por el capricho de sospecha (…) No es reo el que es acusado, sino el que es vencido (…) Es peligroso juzgar a alguno por sospecha. No juzguemos jamás lo incierto sin pruebas (…) Aunque sea verdadero, no se ha de creer sino lo que se demuestre por indicios ciertos y por examen manifiesto”.

España ha tenido jueces instruidos y honestos. Luchemos porque sigan siéndolo.