Opinión

Enseñar diciendo basta

TRIBUNA

David Fueyo | Sábado 31 de mayo de 2025

Asturias afronta ya su segunda semana de huelga en la escuela pública. Y no es solo por una hora más de docencia en junio y septiembre, tal y como se dice para menospreciar sus reivindicaciones. Es por todo lo demás. Porque lo que empezó con la supresión de la jornada reducida ha destapado un malestar hondo, enquistado, al que por fin se le pone voz. Lo hacen quienes sostienen día a día una educación pública que se vacía de sentido mientras se llena de discursos huecos.

La consejera, Lidya Espina, ha dicho que “les tengo contratados”, como si esto fuera una ETT y no el sistema que construye nuestro futuro. Como si enseñar fuera cuestión de obedecer órdenes, y no de pensar, de acompañar, de formar ciudadanía. Pero esta vez el profesorado no se ha quedado callado. Los sindicatos se han unido y la huelga continúa. Y no piden nada imposible: quieren poder conciliar vida personal y laboral, que no se les imponga un único modelo de jornada desde un despacho, que se reconozca la especificidad de su trabajo, que haya especialistas para atender a lo diverso, que la ratio baje, porque hay aulas que parecen el metro de Hong Kong en hora punta; que no tengan miedo los que creen que esto es un juego del hambre. Nadie se va a quedar sin comedor escolar. Se lo dice alguien que acaba de abonar más de trescientos euros porque sus hijos coman en la escuela en junio.

Reclaman también algo que debería ser de sentido común: poder observar, acompañar y evaluar con un enfoque cualitativo, no reducidos a una tiranía de rúbricas absurdas que convierten al alumno en un número y al maestro en un burócrata del desglose. Se cansaron de tener que rellenar ocho páginas de informe donde antes bastaba con una redactada con rigor. Se hartaron de hacer sudokus en programaciones vastas y poco útiles. Ya están cansados de que se les tache de nostálgicos por pedir que un niño memorice “Pegasos, lindos pegasos” o sepa dónde situar Zamora en un mapa.

También es esta huelga por los sueldos, los más bajos de España, por la falta de especialistas, por la burocracia que empaña las ganas de crear, por la desconfianza hacia quien se atreve a preparar al alumnado para la vida más allá de la retórica curricular. Porque ahora, si un docente quiere atender al que va mal y ampliar al que va bien, tiene que hacerlo a escondidas, no vaya a ser que alguien se lo tome como que tiene “favoritos”. Porque se le exige que sea tutor emocional, gestor de conflictos, orientador de urgencias, enfermero de guardia y a la vez enseñante de áreas donde los contenidos se difuminan en un lenguaje institucional incomprensible, que ni motiva, ni interesa, ni ayuda al aprendizaje.

Y en ese sinsentido, brillan por su ausencia las cosas que sí funcionan. Por ejemplo, una revista que lleva cuarenta años despertando la lectura literaria en las aulas de Asturias, no tiene hueco en los legajos oficiales, porque ahora todo ha de ser rigurosamente emocional, coeducativo y tecnológico. Como si la lectura no fuera emocional. Como si recitar un poema no ayudara a crecer y a entender nuestra diversidad. Como si leer en voz alta a los clásicos no fuera también educar para la igualdad y la vida.

Mientras tanto, el alumnado viene ansioso, no por un examen, sino por una infancia sin pausas, saturada de pantallas, de partidos repletos de competitividad, de redes, de estrés precoz. Y se le pide al profesorado que, además de enseñar la lección, perdón, la “situación de aprendizaje” la dosifique, la maquille, la transforme en un bolo de contenidos que tienen que deglutir y a la vez consiga que el aula parezca un parque de atracciones. No hay tiempo para leer. No hay tiempo para hablar. No hay tiempo para enseñar; con lo fácil que es enseñar desde las familias, que esta reivindicación va por ellos y ellas y por la sociedad en general. Es mejor criticar al profesorado y decir aquello de “¡con todas las vacaciones que tienen!” o la garrulísima expresión de “¡es que no quieren trabajar!”, todas ellas tienen más contundencia, por supuesto, si se dicen con un palillo en la boca y el codo apoyado en la barra del bar.

Por eso esta huelga no es una rabieta, es una defensa. De la coherencia, del oficio, de una escuela pública que no sea un decorado. A veces, la mejor enseñanza es decir basta. Y estos días, quienes enseñan, lo están haciendo. Como siempre. Como nunca.