Opinión

Miedos que matan: ¿por qué (no) ver Mulholland Drive?

TRIBUNA

David Porcel | Jueves 05 de junio de 2025

El miedo puede matar, revela Mulholland Drive, de David Lynch. No el miedo común, como las fobias a las arañas, los cuartos oscuros, o la exposición de hablar en público. Estos miedos son comunes y asustan lo necesario como para tomarnos un tranquilizante o ir al psicólogo para escuchar unas recomendaciones. Son miedos acompañados, dosificados, comulgados, compartidos, también públicamente. Nadie va a saber de mí si confieso que me da miedo volar o montar en ascensor. Son miedos que limitan parcialmente la vida, a cambio de acercarnos a quienes más queremos y confortar nuestra vulnerabilidad. Son las heridas con las que corríamos a nuestras madres para que nos pusiesen unas tiritas y sentirnos protegidos. No nos hacíamos la herida a propósito, pero interiormente la agradecíamos cuando era aliviada por el mimo materno.

Estos miedos contagiados son los que psicólogos y neurólogos utilizan para acrecentar su particular industria de la felicidad. Trabajan en sus laboratorios caseros para convencer a quienes los padecen que está en su mano evitarlos y que son responsables de su infelicidad. Epicuro –pionero de la industria de la felicidad- escribió: «Vacío es el argumento de aquel filósofo que no permite curar ningún sufrimiento humano. Pues de la misma manera que de nada sirve un arte médico que no erradique la enfermedad de los cuerpos, tampoco hay utilidad ninguna en la filosofía si no erradica el sufrimiento del alma». El argumento, como el mimo materno de la infancia, puede aliviar. De hecho, todas las filosofías que sustentan la industria de la felicidad –esta que en la actualidad se nutre de fabricar ejércitos de individuos fóbicos que se obstinen en ser felices- se basan en la idea de que el miedo, como cualquier otra emoción, es un proceso cerebral dependiente de ideas y figuraciones más o menos conscientes y controlables, que podemos llegar a evitar con experimentos sencillos y repetitivos. Teniendo el miedo un origen mental -suponen estas filosofías- basta con reeducar la mente para que en las situaciones donde aparecen los pensamientos y figuraciones fuente de temores dejen de hacerlo y vernos así liberados del atosigamiento emocional. La persona debe darse cuenta de que no tiene sentido vivir sufridoramente el miedo. Para los productores de felicidad lo que mata es el veneno o la falta de oxígeno, no el miedo a las serpientes o la claustrofobia.

Pero Lynch enseña otra cosa. Hay miedos que matan. Miedos íntimos, propios, exclusivos, de los que no podemos saber nada. De estos miedos no da cuenta la poderosa industria de la felicidad porque no hay tratamientos ni conjuros. Es el miedo que se aloja en lo más recóndito hasta hacer trizas el cuerpo. Es el miedo indecible, insoportable, invivible. El miedo que debió infectar al prisionero de Platón cuando llegó a la luz y comprendió que ya no podía ver como el resto de semejantes, el que aterra a los Gregor Samsa que cada mañana se despiertan desterrados de un mundo que ya no les pertenece, el que sufre quien abre por primera vez a las criaturas las puertas del inconsciente. Es el miedo que sobrecoge cuando un familiar se vuelve extraño y no sabemos qué quiere de nosotros, la pesadilla que despierta al niño que aprende lo que es el miedo.

El miedo también mata, como fuego del que solo podemos huir arrojándonos por la ventana o alcanzando la pistola que guardábamos en la mesilla. Miedo que inunda, asfixia, quema, y deja como única alternativa la terminación del cuerpo. No admite enfrentamiento ni confrontación. Echa a correr ahora que todavía puedes. Mulholland Drive.