Cuando llega un nuevo Papa surge espontánea la pregunta ¿de qué nos va a hablar, del Cielo o de la Tierra?
Porque llevamos ya muchos años en que sólo oímos hablar de la Tierra. Basta recordar el reciente mensaje de Pascua del Papa Francisco, aunque no leído por él: la lista de las guerras o conflictos existentes, la explotación de los pobres por los ricos, las injusticias que no acaban, puentes para el consenso y la paz, etc. etc.
Siempre los problemas de esta Tierra. ¿Seguro que ése es el auténtico mensaje de Pascua, el genuino sentido de la Resurrección de Cristo?
Supongamos que Jesucristo, en vez de abrirnos las puertas del Cielo muriendo en la Cruz, hubiese sido un Super-Alejandro-Magno, que hubiese barrido a todos los explotadores de este mundo, y hubiese instaurado la perpetua y perfecta paz mundial. Más aún, todos hubiésemos llegado a ser ricos, y todos los placeres y venturas imaginables estuvieran ya al alcance de cualquiera.
Obviamente nos olvidaríamos del Cielo. Renunciaríamos a ser felices con Dios en el más allá. Bastaría la felicidad de este mundo para colmar todas nuestras esperanzas. No aspiraríamos a más. Se harían realidad las palabras que siempre me han parecido las más duras y terribles del Evangelio: ya han recibido su recompensa. Equivalen a no verán a Dios. ¿Por qué nos iban a dar más, si ni siquiera desearíamos más? La inquietud de nuestro corazón habría terminado.
Pero no ha venido ningún Super-Alejandro-Magno para engañarnos del todo con la falsa felicidad en este mundo. Lo único que ha venido es una multitud de politicastros y politiquillos. Y sus engaños han durado muy poco. Más bien vienen aquí como anillo al dedo las sabias y perennes palabras de San Agustín: Nos hiciste, Señor, para Ti y nuestro corazón está inquieto hasta que descanse en Ti.
Aparte del absurdo de una supuesta liberación de la humanidad de todas las injusticias, que por eso mismo produjese la enorme injusticia de dividirla en dos: los infelices antes y los dichosos después de la paradójica hazaña de Super-Alejandro Magno. Este absurdo invalida de raíz la llamada Teología de la Liberación.
Digamos lo mismo de otro modo.
Se atribuye a Romero Robledo la frase: esto no tiene arreglo; ni hay quien lo arregle; ni conviene que se arregle. Especialmente cínica suena la tercera afirmación. Y sin embargo no conviene que se arregle es una profundísima verdad teológica. Estamos en este mundo de paso y en estado de prueba. Está a nuestro alcance la opción de ganarnos la felicidad eterna junto a Dios en el Cielo. Y eso exige que el mal esté presente en este mundo, para que tengamos delante el compromiso de elegir entre el bien y el mal, en uso de nuestra libertad en sentido positivo. Estamos a prueba, es cierto, pero podemos superarla.
El máximo regalo divino es la libertad positiva, la capacidad de crear ex nihilo el valor o antivalor de nuestras acciones, como decía Nicolai Hartmann (ein Schöpfer im kleinen). Nada menos que ésa es la envergadura que tiene el aparentemente cínico
aserto no conviene que se arregle. Si se arreglasen todos los problemas de la Tierra, se nos cerrarían automáticamente las puertas del Cielo. Gracias precisamente a que no se arreglan, es posible alcanzar la felicidad eterna junto a Dios. Volvamos a San Agustín. Aquí abajo estamos in via. Los que han llegado al Cielo están in patria.
Estar de paso y a prueba en este mundo es la mayor generosidad que podemos esperar de Dios. Y el seductor ideal de la paz perpetua y la felicidad total en este mundo es la mayor mentira que podemos esperar de los abundantes falsos profetas. Digamos lo mismo de una tercera manera.
Las catorce obras de misericordia son un medio, pero no un fin. Lo mismo las siete corporales: visitar a los enfermos, dar de comer al hambriento.... , que las siete espirituales: enseñar al que no sabe, dar buen consejo al que lo ha de menester....
Sin duda, el que las practica hace algo valioso en sí mismo. Crea el bien ex nihilo. Es el único responsable de su conducta. El mérito es exclusivamente suyo. Se trata del benéfico fruto de su libertad positiva.
Pero queda en el aire una capital pregunta. ¿Cuál era la intención de esos eminentes benefactores de la humanidad? ¿Por qué razón última se guiaban? ¿Qué buscaban en el fondo?
Si alguien tiene buen corazón, siente lástima por los desfavorecidos y se esfuerza en mitigar su sufrimiento -pero no va más alla en sus intenciones-, será un ejemplo del más elevado humanismo y merecedor de toda alabanza. Sentirá su conciencia tranquila. Gustará la satisfacción de haber hecho lo mejor. Añadamos incluso que gozase de un aplauso unánime y constante.
Pero ahí acaba la historia de los que así actúan. Si han hecho del amor a los hombres el fin último de su conducta, en vez del amor a Dios, ya han recibido su recompensa. Las obras de misericordia eran para ellos el fin y no un medio. Aunque de modo limitado, corrigieron injusticias efectivas en este mundo. Con eso ya han sido premiados. Han conseguido toda la gloria que deseaban.
Espero no ser malentendido. No es que yo tenga algo que censurar a Albert Schweitzer, Florence Nightingale y compañía. Sólo afirmo que se quedaron cortos y podrían haber apuntado más alto. Podrían haber aspirado a más. Ver las obras de misericordia, no como un fin en sí mismas, sino sólo como un medio para alabar a Dios en cuanto verdadero fin último. Se quedaron en muy buenos, sin llegar a divinos. No entendieron en toda su profundidad la genial frase de Unamuno en su “Diario íntimo”: ser bueno es hacerse divino, porque sólo Dios es bueno.
Todavía hay una cuarta manera de decir lo mismo. La más breve y directa. En este mundo el bien y el mal están mezclados. Y eso es el triunfo provisional del mal, según el viejo aforismo bonum ex integra causa, malum ex quocumque defectu.
La victoria definitiva del bien sobre el mal sólo puede consistir en la absoluta y definitiva separación. Que haya un Cielo donde esté Dios, donde todo sea bueno y el mal no tenga entrada. Y un Infierno en que Dios no esté, todo sea malo y nada bueno.
Estamos de paso y a prueba en este mundo. Nuestro destino eterno es el Cielo o el Infierno. Y la elección está enteramente en nuestras manos. Sin duda nuestras pasiones nos arrastran. Pero la puerta del arrepentimiento sincero y el perdón divino siempre está abierta para nuestra libertad positiva. Esa fue la verdadera liberación.
Nuestro destino eterno no está en las manos de Dios, como pensaron Lutero y Calvino. Nunca entendieron la grandeza de ser libres en sentido positivo, o sea, que Dios nos crease a su imagen y semejanza.
En resumen, lo que espero del Papa León XIV es que me hable del Cielo, y no de la Tierra. De los conflictos de la Tierra ya nos ha hablado bastante el Papa Francisco. Y además inútilmente. Si se ha arreglado algún conflicto, ha surgido otro nuevo en su lugar. Por definición, no cabe arreglarlos todos a la vez, si es que de verdad estamos en este mundo de paso y en estado de prueba.
Saldremos de dudas el año que viene, al escuchar el Mensaje Pascual del nuevo Papa.