A lo largo de más de medio siglo, el articulista, dentro de su actividad profesional más absorbente, ha escrito centenares de páginas acerca del decisivo pontificado de León XIII (1878-1903) en la cristiandad contemporánea, de modo principal, claro es, en la muy tensionada española de la época. Por consiguiente, cabe imaginar fácilmente el interés con el que ha seguido la postura de la prensa nacional en punto a las primeras semanas del primer Papa norteamericano de la historia.
En general, su enfoque ha sido distorsionador sin que ello deba producir mayor asombro dadas las coordenadas en que se inscribe la carrera universitaria de Periodismo y con ella el tratamiento de las materias historiográficas en el Alma Mater hispana de inscripción boloñesa. Muy por el contrario de lo sostenido en los diarios y revistas españoles que abordaron el significado de la conducta del nuevo pontífice a la luz de la que presidiera la de su famoso predecesor, no fue su célebre Encíclica Rerum Novarum (1891) la que alcanzara mayor nombradía y provocara más extensas polémicas en los días finales de la centuria ochocentista. Su tema era, desde luego, de capital trascendencia en la sociedad europea finisecular, y menos de una década después de la muerte de C. Marx en su querido Londres (1883) se hacía de todo punto indispensable que Roma tomara actualizada y pertinente posición ante el muy crucial asunto de los principios inalienables que habían de regir los fundamentos de la justa distribución de la riqueza desde la óptica de la doctrina de Jesús, agitando y propagando así el ideario que informara ineluctablemente las pautas del comportamiento de los fieles católicos frente a la gran y escandalosa cuestión del vivir cuotidiano de los creyentes, en un ámbito tan plural como híspido por la incalificable atonía de las minorías dirigentes confesionales ante la suerte de los sectores más desfavorecidos de la colectividad.
Justamente por tal olvido cuando no criminal indiferencia de las sociedades cristianas finiseculares, la denuncia profética del Papa causó honda huella en la conciencia cristiana finisecular y, sobre todo, en los decenios ulteriores cuando la Revolución comunista había ya triunfado espectacularmente en la nación más dilatada del planeta. El más intelectual de los Papas de la centuria pasada, acaso con la excepción de Pablo VI, Pío XI (1918-39), así lo entendió plenamente al redactar en 1931 su encíclica quizás más célebre –Quadragesimo anno- con motivo del cuarenta aniversario de la Rerum Novarum. En esa fecha, otro conflicto planetario comenzaba a amenazar la Humanidad. El comunismo jugaría en él un papel decisivo; singular mente a su término. Si el flamante Papa, acogido a la sombra intelectualmente luminosa del Pontífice Pecci (1878-1903), logra dar cima a una respuesta exitosa al inmenso desafío tecnológico su nombre será tan recordado letíficamente como el de su predecesor.