Se sumergía en el olor de la madera como cada día, con su reconocible chaquetón marrón y el trolófono de metal en la mano, que les daba forma a las miles de imágenes diferentes que tallaba cada día. Le encantaba, podía pasarsehoras embelesado entre astillas únicamente pendiente del frenético movimiento de sus manos, en busca de un resultado lo más perfecto que fuese posible.
Aquel gran hombre de pelo cano, era capaz de poner una parte de su corazón en cada figurilla, eso nos hacía únicas, especiales y diferentes, porque no podíamos existir sin él, y a la vez eramos la parte más importante de su vida, la que le daba sentido a despertar por la mañanas, ahora que sus hijos habían decidido centrarse en ellos mismos, con sus familias y hogares.
Cada una de nosotras lo vemos entrar al taller cada amanecer, cuando el sol nos ilumina con su incomparable calidez, con un bómbol de sentimientos e ideas listas para ser materializadas en un simple objeto, que para los demás no tiene importancia, pero que en las estanterías representamos historias que este anciano ha decido plasmar en nosotras, dejándose sus fuerzas en cada detalle, hasta que un día se le agoten y nos llenemos de polvo resultado del simple pasatiempo de un abuelo.
Hoy terminaba una pequeña niña tan menuda que parecía de unos seis años; sin embargo, era una diminuta adolescente de madera encogida sobre sí misma, con la cabeza escondida entre sus delgadas piernas y el pelo largo cayendo por sus esqueléticos hombros. Aparentemente estaba triste, pero las demás sabíamos que lo que realmente reflejaba con su postura era cansancio.
Lo sabíamos porque su historia era la nuestra, la de él... La de una chica con un talento innato por el grafito de las decenas de lápices que gastaba a diario en trazos sin fin. Una adolescente que sin siquiera darse cuenta fue poco a poco consumida por sombras que se instalaban en su pecho presionándole el corazón sin dejarla respirar.
Atrapada en las barreras que su cabeza había creado, el suyo era un cuerpo casi inerte. Vivía en su mente rodeada de monstruos que irrumpían en sus escasos minutos en silencio, atormentándola, recordándole que siempre estaban ahí para decirle que no era suficiente, hasta que ella misma se viera sumida en una desesperación tan grande llena de pesardillas, que dejarse llevar había sido lo más fácil, aunque también la única alternativa que tenía al alcance.
Cuando el abuelo había terminado de esculpir unos labios carnosos que tanto se parecían a los suyos, una fina capa de serrín cubría el suelo haciendo ver que había finalizado su labor. Miró expectante hacia arriba, y su profunda mirada nos repasó una a una. Entonces, se puso en pie con dificultad, para colocar la última en el hueco restante. Al alejarse, se le humedecieron los ojos al verse reflejado a sí mismo en nosotras: el miedo, la pasión, el recuerdo de un chico joven con un sueño sin cumplir, anhelando algo sin tener claro qué es, porque la vida misma es lo que se perdió en un cuerpo que todavía hoy no le pertenece.
De repente, una dulce risita apareció para romper la tensión que se respiraba en el ambiente de aquella cabaña. Emanaba de un pequeño niño con sus mismos ojos azules, que reía por ver al abuelo que tanto tiempo llevaba extrañando. En la puerta, una joven esbelta hacía un gesto con la mano, saludando a ese padre que por momentos olvidaba que existía. El anciano sonreía mientras cargaba al nieto que tan emocionado estaba por su reencuentro.
- Abuelo, ¿cómo eras de joven?- preguntó desvergonzadamente el niño de rizos de oro.
Instantáneamente, los ojos del hombre se desviaron en nuestra dirección, pues sabíamos perfectamente la respuesta a esa pregunta. Durante un segundo, se planteó contarle la verdad; no obstante optó por pensar otra historia, la de un chico que logró cumplir sus sueños, la de un anciano que llegada la hora, sería capaz de descansar en paz, aquella que tanto le hubiese gustado alcanzar.
- Cariño, ahora que he vivido lo suficiente, sé que fui valiente.