La de este último domingo fue una tarde de esas que amortizan el sillón casero. Tenis, toros y fútbol. Para qué más. Con tal de que no haya política de por medio, todo lo demás se convierte en necesario. A uno le interesa el sosiego, la privacidad del bienestar, las cosas sencillas, la libre disposición de sus propios actos. Así, doméstico y sin alardes. Tumbado como caído de un cocotero. Ni frío ni calor. En definitiva, uno de esos momentos reservados para descontaminar el cuerpo y mente.
Lo de Alcaraz es demasiado. Se puede ganar, pero después de 5 horas y 29 minutos dando raquetazos, te cambia el metabolismo. Un servidor guarda las formas, pero salen los miedos de la derrota después de tanto esfuerzo. Vengo de una generación de la cual el sacrificio te hace responsable. Por suerte me he criado en el fervor del compromiso, por eso aguanté la perseverancia de Alcaraz sobre la pista. Perder es una canallada, pero no es el final, aunque duela. Pero ganó, como ganan los que creen en la humildad del trabajo bien hecho como medida de fuerza, sin que nadie te regale nada por pensar que siempre es preferible el uno por ciento de tus posibilidades que el cien por cien de nada.
A veces los acontecimientos se suceden con el vértigo de una sola tarde. Incluso las emociones se solapan. Mitad tenis y mitad toros. Entre Alcaraz y Morante de la Puebla media una metamorfosis kafkiana y, sin embargo, las sinergias del triunfo se miden con idéntico nudo en la garganta. Se hace inevitable defender lo que te representa en la pista o en el ruedo. A mí me importa el valor de la gente y me da igual quién sea y dónde se celebre la contienda; simple cuestión de españolear porque son tiempos de falsa moneda en un país sobresaliente como el nuestro, pero contaminado por negativas e innecesarias deidades. A partir de ahí uno se busca a sus propios ídolos, aquellos que no exigen y que a cambio te regalan emociones y tardes de domingo. El esfuerzo, la templanza, la nobleza de quien pierde o la humildad de quien gana. Es la sencillez lo que nos enseña a no ir por el mundo dando lecciones de vida. De ahí el secreto de disfrutar.
No entiendo de tauromaquia. En mí no hay “toros sí o toros no”. Me fijo en las expresiones del artista. Decía Aristóteles: «El objetivo del arte no es representar la apariencia externa de las cosas, sino su significado interior». Esa tonalidad que te provoca y te despierta de letargos mentales te invita a observar. La fiesta de los toros no la veo como tal, ni siquiera como una tradición, pero es que yo soy muy raro. Es poner a partes iguales el valor del hombre o la mujer ante las sombras de un enigma cargado de peligro de muerte. A partir de ahí me aparto del sentido o el sinsentido y me refugio en el guiño del actor en el bis entre las carnes de luces y la desnudez del animal. Los gestos de ambos. El engaño y lo desigual. Con eso me quedo, como lo hicieran Goya, Picasso, Dalí, Sorolla o Roberto Domingo y tantas otras celebridades que supieron dejarnos el rictus de las naturalezas vivas y muertas de los ruedos.
Y Morante de la Puebla se fuma un puro en el callejón, saboreando el gesto de la vida en peligro como un peregrino que persigue la compostelana para la salvación de sus miedos e inseguridades. Y ahí, justo en ese instante, mientras el capote y la muleta expenden atardeceres de engaño, es cuando brota mi ignorancia ante lo bello. Es la plástica de quien cincela su obra para que alguien como yo, un advenedizo de la tauromaquia, contemple las formas de posar ante los pinceles de la épica y lo clásico. Morante es, para los que no somos aficionados, la mitad de una tarde de domingo, esta vez compartida en proindiviso con Carlos Alcaraz.
Después llega la tardía jornada cuando el fútbol se abre paso en medio de las gestas para ganar no sé bien qué título en juego. España y Portugal se postulan ante otro ejemplo de diversidad a base de patear un balón. Dudo entre verlo o socializar con mis seres más queridos. Tampoco conviene darlo todo en una sola tarde. Lo poco agrada y lo mucho cansa. Opto por enfrentarme a mí mismo con la intención de sorprender a mi adorada esposa. Una cena romántica a pesar de mi escasa destreza ante los fogones, pero la ocasión bien lo merece.
Hay domingos que da gusto quedarse en casa.