Opinión

Epílogo para una huelga educativa

LETRAS, CEROS Y UNOS

David Fueyo | Viernes 13 de junio de 2025

Se firmó el preacuerdo. La huelga educativa en Asturias se da por concluida. Fue un cierre extraño, sin comparecencias claras, en horario vespertino y rodeado de advertencias casi absurdas sobre filtraciones y denuncias investigando “metadatos”. Las pancartas se van a guardar, por si acaso, porque entre el profesorado se palpa una sensación ambigua, difícil de definir. Un amargo sabor a oportunidad perdida. Porque, aunque la huelga está suspendida, la incomodidad permanece.

Durante tres semanas, la escuela pública asturiana habló alto y claro. Las calles de Oviedo llenaron de docentes decididos a defender algo más que una hora lectiva: defendían una manera de entender la educación, una dignidad profesional hecha pedazos por siglas de leyes educativas kafkianas, nomenclaturas que impiden llamar a las cosas por su nombre y decisiones tomadas en una quinta planta de un edificio gubernamental que afectan de forma directa el día a día de miles de docentes. El profesorado gritó basta, pero lo que podría haber sido un punto de inflexión quedó reducido a lo de siempre: refuerzos parciales, con personal especialista decimal inferior a uno por centro, promesas futuras y tablas salariales que siguen dejando a Asturias a la cola del país.

El acuerdo, aseguran algunos, no es menor. Se logró una subida económica. Se anunciaron medidas complementarias, apoyos, reconocimientos, cosas que caen de cajón y que es impensable que no se hayan tenido en cuenta antes. Pero, entre las aulas, el escepticismo crece, porque con cada promesa hay una realidad cada vez más compleja, una menor autonomía docente en cuanto a la toma de decisiones y una letra pequeña; pero lo más preocupante es que el profesorado siente que no fue escuchado. Ni por la administración con su propuesta “inamovible”, ojo, “inamovible”, ni por quienes supuestamente los representan.

El papel de los sindicatos ha resultado controvertido. Al inicio del conflicto seguían el pulso de la calle. Poco a poco fueron sumándose al clamor. Luego, se adelantaron a ese mismo pulso para negociar en jornadas de ocho horas con miles de docentes concentrados frente al centro de reuniones con sus pancartas, sus bocinas y sus silbatos. Al final parece que ante una administración enrocada hubo que cerrar un acuerdo apresurado. En algunos claustros se habla de traición; en otros, de una rendición disfrazada de logro. Las consultas internas llegaron después, con tintes automáticos, aprobadas “a la búlgara” sin verdadero debate. Como si el acuerdo ya estuviera pactado desde el inicio, como si quien acababa sus intervenciones con “hasta la victoria siempre” ya tuviera su bitácora predefinida; no en vano él mismo me explicó a mi, hace muchos muchos años, cuando aspiraba a vivir de levantar el puño con otras siglas, lo que era un “frente de masas”. Gracias por abrirme los ojos. Con ellos, muy abiertos, sigo.

El profesorado que secundó la huelga no lo hizo por rutina, sino por convicción. Y, sin embargo, cuando llegó la firma, muchas de las demandas quedaron fuera: la tutoría sigue sin reconocimiento real, la burocracia aumenta cada vez que dicen que va a disminuir. Papelotes por todos los lados, papelotes que no dicen nada y que nadie lee. Las direcciones están desbordadas, los centros siguen sin personal administrativo, l y las aulas siguen estando repletas pero con más pantallas que soluciones reales para quienes las necesitan.

Los sindicatos justificaron su decisión apelando a la oportunidad. Ahora o nunca. Tal vez. Pero en los pasillos de los centros se repite una idea: el acuerdo se firmó por encontrarse frente a un muro. Se cree que no se hizo lo suficiente por parte de los sindicatos. En las redes hay decenas de fotografías de publicidad suya tirada a la basura como símbolo de desafección. La sensación es que han ganado los de siempre, y el grupo de Telegram que canalizaba todo el sentimiento del profesorado asturiano, con más de tres mil miembros, ha desaparecido tras una tarde parecida a un episodio de Scooby Doo en la que se desenmascaraba a su fundadora como si fuera una infiltrada de extrema derecha; y ahí me quedé porque o bien el grupo se disolvió o me expulsaron del mismo. Los genes mineros, que son fuertes, ya saben.

Al final volverán las excursiones a la nieve, los festivales decorados con papel que las profes han recortado durante semanas, uno a uno, y que nadie mira. El comedor es prioritario a la tarea docente, —pienso en el meme magistral de “¡Que me quedo sin comer!”— . Poco a poco volverán las tareas invisibles que los docentes siempre han hecho por vocación. Pero la confianza —tan frágil, tan valiosa—dudo que regrese con la misma facilidad. Algo se rompió. Y esa grieta, aunque pequeña, es difícil de cerrar.

Ahora, con la nueva normalidad de fin de curso queda por ver si todo volverá a ser como antes. Habrá de nuevo decoración minuciosa, manual, analógica , hecha con amor por los y las profes O si, esta vez, la memoria ha sido corrosiva y duradera, porque la verdadera conquista no está en el papel acordado o en un puñado de euros que se han llevado ya los días de huelga y la inflación, sino en no olvidar lo que se gritó cuando todo el mundo escuchaba.

Lo que está en juego es la educación. Pocas cosas hay más importantes.