Opinión

El puzle

TRIBUNA

Luis Bravo | Domingo 15 de junio de 2025

A pesar de lo que duele, ocurre igualmente y sin explicación. La buscamos después, pero se ha perdido la cuenta de los intentos y la valía de los mismos. En el momento en que nos sentimos enamorar de alguien, comienza una aspiración a algo que, en realidad, nunca podremos llegar a ser, y eso va soltando un sedimento trágico que irá copando nuestra atención y energías. Puede salir bien, pero son muy pocos los casos que resultan vencedores en esa gesta silenciosa que se produce entre los implicados. Lo habitual es la descompensación. Que una parte no lo sienta de igual modo, que ninguna de las dos se encuentren en la tesitura adecuada para que se dé la continuidad. Todo pende de hilos extremadamente sensibles y cualquier vibración se percibe como una debacle.

En su primera novela, Blanca Lacasa ha querido abordar esta situación que no exige originalidades. Es algo tocante a todos, pero requiere una seguridad narrativa mayor para no desperdiciar el tiro. El accidente es, en sí, un arranque; a su pareja protagonista, de sus respectivas realidades un tanto anonadadas, y a los lectores, una sensación literal por tener en nuestras manos por escrito algo tan repetido como vivido y frustrado, y volvemos a esa herida abierta que fue comprender y sentir esos días en los que creímos haber conocido a alguien, haber percibido algo distinto que más tarde salió volando como una pelusa soplada. Escrito así, reflexionado tras la lectura, suena con una gravedad demoledora, o quizás sea masculina. Pero en la nouvelle de Lacasa, uno de los aciertos para no reabrir llagas, o no innecesariamente, es la manera en que nos es contada la andanza, con frases breves y ciertas repeticiones que juegan con el tono irónico, despegado, ganando en ligereza según vamos presintiendo cómo terminará. Lo duro, la broma más doliente, es tomar conciencia de que eso entre él y ella nunca tuvo mayor importancia ni recorrido.

Al comienzo del libro, hay una descripción de cómo ella empieza a completar un puzle como entretenimiento frente al curso de un jueves cualquiera. Según va haciéndose al casero desafío juntando los lados, armándolo pacientemente, se esfuerza en no pensar. Mientras, rememora que él le ha dicho que ha estado escuchando las canciones que ella le recomendó. ‘Hay algo acogedor ahí’, escribe Lacasa. ‘Y ella mira el puzle. Y piensa que ella, que nunca hace puzles, va a ser capaz de acabar este puzle de mil piezas de pinceladas impresionistas. Claro’, remata al final del párrafo. Tras la aparentemente engañosa elección por detenerse en las acciones mecánicas, incluso fútiles, y la novela se compone de muchos instantes parecidos, está el verdadero tormento que no dejará daños, no superficiales, al menos, pero hará más difícil lo que haya de venir. ¿Y ellos? Me temo que no les queda sino asumir la inoportunidad de lo que les ha pasado. Lo inconcreto del amor o que sea el último reducto es lo peor de todo.